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Ella

Siempre he sentido fascinación por los aeropuertos. Estar en tierra de nadie, en un “no-lugar” con personas sin identidad. Aquí todos nos perdemos, todos somos una especie de alma en pena esperando llegar a su lugar de destino. Sí, estoy en Chile, pero a la vez el país se hace lejano mientras espero el boarding que nos llevará a California. Mi marido está sentado a mi lado, absorto en la revista “Harvard Business Review”.

–       ¿No crees que hace calor? – le pregunto tratando de interrumpirlo.

–       Mhm… – responde sin sacar los ojos de la lectura.

Sí, lo amo, pero a veces simplemente se me hace excesivamente tedioso. 15 años de matrimonio, despertando todos los días con ese mismo cuerpo a mi lado. ¿Cómo me fui a meter con un gringo? Es tan rubio, tan rosado, tan grande. Sin embargo, siempre me encantó su voz, su risa abundante que llena los espacios más vacíos. Generalmente no viajamos juntos, o él se queda en Santiago o yo lo hago. Ahora se dio la coincidencia de que tanto su empresa como la mía nos tenían que enviar a Estados Unidos, por lo que hicimos coincidir los días. A Eniun le costó un poco modificar el viaje, al parecer su jefe quería que se fuera unos días antes, pero finalmente lo convencí para que insistiera. Ahora estamos los dos aquí… y yo que pensaba que su compañía haría el viaje más corto. Quizás debería concentrarme en mis presentaciones. En dos días más tengo reunión con los viñateros de California y debo negociar los precios; si el vino llega demasiado caro a Chile nadie lo comprará. Es cosa de ver los índices de consumo, aunque el vino se ha puesto de moda, sigue teniendo un consumo muy inferior a otros países viñateros como Argentina o el mismo Estados Unidos. Pero bueno, no tengo ganas de pensar ahora. Queda una hora para abordar el avión, quizás me iré a dar una vuelta. Siento un hechizo por el Duty Free.

–       Eniun, voy a dar unas vueltas por las tiendas y vuelvo.

–       Ok.

Quiero darle un beso pero la revista le ha comido el rostro. Recuerdo cuando recién comenzamos a conocernos, él vino de intercambio a la universidad y lo que comenzó como un coqueteo terminó en un matrimonio. Ha pasado mucho tiempo, pero creo que en esa época habría dejado la revista de lado y me habría acompañado. Mejor voy andando antes que se me venga el tiempo encima.

Que delicia los perfumes. Poder dar vueltas oliendo los aromas de las distintas botellas. Me recuerda al vino, cada botella tiene su propia historia que contar, sus infinitos aromas revoloteando y queriendo ser descubiertos por las narices humanas.

–       Qué buen perfume tienes en la mano. – me dice una mujer.

Me recuerda a la forma de hablar de Eniun cuando recién llegó a Chile. Con razón, si tiene toda la cara de gringa. Colorina hasta las pecas, con su pelo largo y ondulado. Su tez es tan blanca que parece hecha de leche.

–       Sí, a mí también me gusta mucho. Y ¿qué te ha parecido Chile?– le respondo con una sonrisa.

–       Mmmmm, una delicia. Amo el vino, la buena mesa, el mar, los mariscos y pescados. Simplemente divino.

No puedo evitar reír. Me hizo recordarme a mí misma hace unos años atrás. Cuando comencé trabajando en el mundo vitivinícola. Sigo amando la buena mesa, pero ahora las obligaciones se han sobrepuesto a mi amor por el buen mantel. Mis días se van entre la oficina y el gimnasio. Los años no pasan en vano, ya no puedo darme el lujo de deleitarme con la gastronomía, tengo que tratar con clientes… clientes que incluso antes de escucharme se fijan en cómo me veo.

–       Disculpa, soy Calista Gordon. – me dice sacándome de mis pensamientos.

–       Ohhh, sí, yo soy Domitila, Domitila Mirras.

–       ¿Aceptas una café? Aún me quedan dos horas de espera para abordar el avión y me vendría bien un poca de compañía.

Miro mi reloj y aún me quedan 45 minutos. Trato de ver dónde está Eniun, hacerle alguna seña con los ojos, pero sigue absorto en su revista.

–       No tengo mucho tiempo, pero vamos.

Nos sentamos en el Gatsby. Al parecer Calista tiene hambre, se pide un cheesecake y un capuchino. Yo me contento con un espresso grande. Cuando llega su pastel se me hace agua la boca. No recuerdo la última vez que saboree algo tan dulce.

–       ¿Qué te trajo a Chile? – le pregunto tratando de desviar mi mente del pastel.

–       El amor. Un hombre.

–       ¿Un hombre? ¿Estás muy enamorada?

–       Ohhh, sí, sí. Han sido muchos años. Vine a este país a darle un finiquito.

–       ¿Te quieres casar?

–       No es eso lo que le pido.

–       ¿Y entonces?

–       Que deje a su esposa.

–       Ohhhh, cuánto lo siento. Y ¿qué te ha dicho?

–       Que necesita unos días para pensarlo. Según él hace muchos años que ya no ama a su mujer, entonces yo no entiendo porque sigue en su matrimonio.

–       A veces es por rutina, costumbre, miedo.

–       Sí, pero yo no puedo seguir esperando para siempre. Mi cuerpo es infértil y quiero tener un hijo. Le dije que se fuera conmigo a New York y que adoptemos a un pequeño.

No sé qué responderle. Aquí tengo a una completa extraña frente a mí y se ha abierto contándome su dolor más íntimo. Casi por reflejo, le doy la mano y le entrego una sonrisa compasiva. Tantas veces me tocó escuchar en la oficina mujeres a quienes los maridos engañaban. Siempre eran las otras las arpías, ahora me toca escuchar el otro lado de la historia.

–       Espero que decida bien. Creo que se perderá a una gran mujer si te deja ir… lo siento, pero tengo que marcharme, mi vuelo sale luego.

–       Sí, y gracias. Disculpa si te incomodé.

–       No, para nada. ¡Suerte!

No puedo esperar a llegar donde Eniun y contarle. Pobre mujer. A veces uno no sabe lo que tiene. Tantos años con mi marido, incondicionalmente a mi lado. Ahí está, aún absorto en su lectura. Le quiero contar todo, pero sus ojos parecen estar en otro lado. Lo dejo pasar, ya habrá ocasión para hablar. Cierro los ojos y apoyo mi cabeza en su hombro.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

Finalmente, nos vamos de aquí.

*********************************

Él

Siempre hace lo mismo. De alguna forma, consigue lo que quiere. Le dije que no podía viajar con ella. Pero insistió tanto, ¿qué más podía hacer? Ya no tenía más excusas, tuve que decirle que el jefe me había permitido cambiar los días. Por suerte compré esta revista, así no tengo que mirarla. Odio la espera, detesto los aeropuertos. Siento que no estoy en ningún lado. Lo único que quiero es llegar a mi destino final. Para colmo tendré que estar con ella todo el vuelo. Mi familia me dijo que no íbamos a encajar, que éramos demasiado distintos. Pero en algún momento la amé. Estuvimos juntos, compartimos, soñamos con una vida en común. ¿Dónde se fue todo eso? ¿Dónde quedó la latina chispeante que iluminaba mis días y que se deleitaba con los pequeños detalles de la vida? ¿Dónde quedó esa niña que me seducía con sus vinos mientras yo le cocinaba? No importaba qué tan cansados llegáramos del trabajo, siempre había tiempo para nosotros. Ahora sólo hay tiempo para el computador, el televisor y la comida congelada. Ni si quiera eso compartimos. Ella llega cansada del gimnasio, se mete a la ducha y directo a la cama. Y yo me quedo trabajando frente al computador con un plato de comida que bien podría ser escarcha de restos podridos.

Algo me dice del clima. ¿Será que tiene calor? No quiero hablar. Que me deje tranquilo. Ahora se para ¿dónde irá? Probablemente de compras, siempre hace lo mismo. No puede estar en un lugar sin salir con algo de ahí. Miro cómo se aleja. Aún conserva su cuerpo joven y moldeado. Su cabellera negra, aunque con rastros de las canas vanamente tapadas con tintura. Sus brazos se mueven silenciosos al compás de sus caderas. Miro sus manos mientras se menean y ya comienzan a verse las arrugas. Miro las mías y veo que van por el mismo camino. Un anillo, una argolla que se supone es el símbolo de la eternidad que vamos, o mejor, íbamos, a compartir.

Finalmente desaparece. Ha entrado al Duty Free. Tengo que decirle. No puedo seguir con esta farsa. No sé qué pasó, pero claramente lo que fue ya no está. No quise engañarla, pero jamás he sentido que ella ponga de su parte. Siempre está ida, más metida en sus negocios que en nuestro matrimonio. Años atrás le pedí que tuviéramos hijos, pero me convenció de que no lo hiciéramos. Ambos estábamos comenzando a despegar en nuestras carreras y un niño se habría puesto en nuestro camino. Ahora somos dos extraños que comparten el mismo espacio. Nada nos une, no tenemos nada en común. Nuestras escasas conversaciones se basan en frivolidades y nimiedades.

Cuando ya me había resignado a vivir con una mujer que se me hace completamente desconocida, aparece Calista. Con su cabellera salvaje y sus pecas suavemente posadas en sus mejillas me dejó sin aliento. Luego escuché su voz, su risa de fuego. Todo en ella me cautivó. Ver su pasión por los niños, saber que incluso en sus tiempos libres se dedica a escribir cuentos para los pequeños. Todo lo que me separó de Domitila me une a Calista. Ambos dejamos de creer en el matrimonio, pero aún creemos en la felicidad. Sí, debo decirle a Domitila. Calista me ha dicho que elija. Debí haberlo echo hace mucho tiempo atrás. La elección ya era clara de antes. ¿Qué estoy esperando? Acaso ¿creo que puedo salvar un matrimonio que ya no tiene pilares en los que sustentarse? Lo único bueno que he sacado de las exportaciones de salmón son los viajes a New York que me han permitido encontrarme con Calista. En medio de esa ciudad que no duerme ni conoce el descanso, en medio de la multitud de gente que vive ahí, nos topamos en uno de los tantos Starbucks. ¿Cuáles eran las probabilidades? Pero ahí estábamos. Ella, escribiendo, yo, sumergido en mis informes. El lugar estaba lleno, por lo que le pedí si podía compartir una mesa con ella. Ahí comenzó todo. El intercambio de teléfonos, de confidencialidades, de vidas.

Ahí viene de vuelta Domitila. Su presencia me revuelve el estómago y siento escalofríos. La revista, sí, mi querida aliada. Vuelvo a posar mis ojos en las letras ininteligibles. Qué extraño, se sienta en silencio y apoya su cabeza en mi hombro. Trato de sentirla, pero no la encuentro. Finalmente nos podemos parar.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

Llegando a Los Ángeles le digo todo. Quizás me convenga quedarme en Estados  Unidos con mi familia unos días… tal vez sea mejor no volver a Chile.

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La Otra

Hmmm, interesante, un lector. Ya no se encuentra mucha gente que lea en los aeropuertos y quienes sí leen generalmente están con algún best seller, una revista o un diario. Pero ¿leer a Thomas Mann mientras se espera para abordar? Eso no lo veía hace tiempo. Quizás deba hablarle, así paso más rápido mis horas y aprovecho de tocar un tema que disfruto: la literatura. Aunque su tez morena me revela que es latino, está leyendo en inglés. Mejor aún, si se me olvida alguna palabra en español se la diré en inglés.

–       Hola. – No termino de decir la palabra y ya tiene sus ojos puestos en mí.

–       ¿Sí? ¿Te puedo ayudar en algo?

–       No pude evitar notar que estás leyendo a Thomas Mann. Yo soy escritora, me llamo Calista.

Y me lanza un  “ahhh” rodeado de silencio. No sé qué más decirle. Finalmente vuelve a hablar.

–       Lo siento, no quiero ser grosero, pero…. – sin otra palabra me muestra su anillo de compromiso.

–       Oh, comprendo… – maldito cretino. Mejor me voy.

Extraña cosa. Resulta que ahora no puedo hablar con un hombre, porque inmediatamente cree que lo estoy seduciendo. ¿Estaré tan desesperada? ¿Se verá en mi cara mi dolor? No sé por qué he insistido en buscar el amor. Con la historia de mis padres tuve que haber aprendido que las relaciones no funcionan. Pero no, tuve que ir y dar vuelta las cosas, creyendo que el problema no era el amor sino que el matrimonio. Y ahora estoy aquí, en el confín del mundo, buscando al hombre que amo.

Quiero olvidarlo. Simplemente borrar este último par de años. Partir de cero. Seguir creyendo. Tal vez lo que quiero es precisamente lo que he evadido toda mi vida. Veo a esa mujer, una extraña. De cuerpo delgado, graciosa. Con su cabellera negra. Sí, ya tiene sus años, pero se mantiene en forma. Huele un perfume tras otro y con cada olor parece viajar a otros universos. Y en sus manos, esas que me muestran las arrugas que comienzan a ser irreversibles, brilla esa maldita argolla que tanto he querido evitar.

–       Qué buen perfume tienes en la mano. – le digo tratando de entablar conversación.

No pensé que esa simple oración nos llevaría a un café… y en el café mi vida al descubierto. No suelo quebrarme, ni menos aún mostrar mi intimidad a desconocidos. Pero algo en ella me ha hecho verla como mi confidente. Domitila… necesito simplemente sacarme este peso de encima. Poder hablar finalmente con alguien. Decirle cuánto tiempo llevo esperando que un hombre se decida por mí. Mostrarle mis temores, mis dudas, mis incomprensiones.

–       Según él hace muchos años que ya no ama a su mujer, entonces yo no entiendo porque sigue en su matrimonio. – le digo mientras como un insípido cheesecake.

Ella lo trata de justificar, diciéndome que a veces la rutina y la monotonía de la vida hace que las personas tengan miedo a cambiar y vivir la vida como realmente quieren. Quizás no quiera justificarlo, tal vez sólo busque entregarme una respuesta que me deje tranquila. Pero necesito creer que le interesa mi historia y que sus palabras realmente son de preocupación. Por eso le digo toda la verdad. Tengo 34 años y soy infértil. Amo a los niños, por eso dedico gran parte de mi vida a escribirles cuentos. No ando en busca del matrimonio, pero sí quiero tener una familia. Ya no puedo seguir esperando. Necesito que él se decida y que lo haga ahora.

–       Espero que decida bien. Creo que se perderá a una gran mujer si te deja ir… lo siento, pero tengo que marcharme, mi vuelo sale luego.

La miro mientras se aleja. Una extraña que ha calado más hondo que cualquier conocido. Mis ojos no pueden dejar de posarse sobre ella. Mueve sus caderas silenciosas con delicadeza. Cuesta creer que sus pies estén realmente pisando el suelo. Quiero ir tras ella, tirarme al vacío. Ya es demasiado tarde para seguir creyendo. No vine a Chile en busca de Eniun. Vine a Chile para despedirme de él. Es hora de dejarlo ir. No sé si realmente será tan infeliz en su matrimonio como él dice… o si en realidad ama con locura a su mujer y yo no soy más que una aventura pasajera. Pero esa verdad ya no es relevante. Si quiero seguir creyendo en la felicidad, entonces debo cerrarle las puertas. Llegando a New York lo llamo por teléfono y le pongo fin a esta historia.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

El vuelo de Domitila. Espero que algún día nos volvamos a encontrar.

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Una de las tantas cosas que amo de mi marido es su equilibrio entre las letras y lo lúdico. Puede pasarse un día entero metido entre libros y al día siguiente es como ver a un niño de cinco años jugando y disfrutando la vida.

Recuerdo la noche en que me dio la gran noticia. Abatida por las patadas que me daba mi hijo en mi vientre y por el calor de Santiago comenzaba a quedarme dormida.

–       Oye… – me dijo de repente.

–       ¿Sí? – le pregunté.

–       Nada.

No le respondí. Pero miré su cara e intuí que ese “oye” no era por nada. Traté de convencerlo de que me dijera qué estaba pasando por su mente, pero no tuve mucho éxito. Era ver a un niño, ansioso por contar su última travesura pero incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar todo lo que ese evento en particular le provocaba. Finalmente decidí dejarlo pasar y volver a sumergirme en el mundo de los sueños.

–       Nos regalé el Kindle. – Dijo finalmente cuando comenzaba a soñar.

–       ¿Qué? – le pregunté aún dormida.

–       Sí, nos regalé el Kindle.

Ahora ya no sólo era él quien parecía un niño de cinco años. Mágicamente los dos retrocedimos en el tiempo y comenzamos a hablar con ansias sobre el nuevo juguete que se aproximaba. Él había leído reseñas, artículos y noticias sobre el aparato que nos desveló por unas cuantas horas. Me cautivó con la opción de almacenar 1.500 libros en un solo dispositivo. Este pequeño componente además tiene tinta electrónica que permite leer un e-book en pantalla y verlo como un libro de papel. Como las emociones no paraban, me hizo volar cuando me explicó sobre páginas Web como www.gutenberg.org que se han dedicado por años a pasar libros a formato electrónico con la intención de que éstos sean descargados gratuitamente. Siendo tanto mi esposo como yo amantes de sitios como Amazon.com y Abebooks.com, alucinamos pensando que no sólo podríamos pagar menos por los libros, sino que también nos ahorraríamos el despacho (tema no menor pensando que los libros deben viajar desde el norte hacia el sur) y decirle ¡adiós! a los impuestos. Y como nunca faltan otros inconvenientes, más de una vez el libro encargado simplemente jamás llegó a su destino a pesar de las rabietas en el correo. También de este “pequeño” malestar nos podíamos olvidar.

Al próximo día seguimos “estudiando” nuestro nuevo juguete. Averiguamos que la velocidad para descargar libros es de 1 minuto (al menos con la red norteamericana) y que la batería dura 1 semana si no tiene la conexión a Internet activada.

Tampoco pudimos dejar de pensar en el gran dilema que muchos se han cuestionado con los avances de la tecnología digital: ¿son los e-books asesinos del libro? Digamos las cosas como son, cada vez que se ha “digitalizado” algo, ya sea música, películas e incluso los diarios, ha entrado el pánico sobre la muerte de dichos rubros. Ha pasado el tiempo y ¿qué vemos? Que el supuesto deceso y fin de los tiempos no es real. Lo que sí encontramos es un cambio en la forma de percibir y de adquirir dichos bienes. Aún hay personas que gozan comprando un CD, pero también vemos que muchos se han aburrido de los pirateos (y todo lo que éstos acarrean: desde material de baja calidad hasta viruses que terminan aniquilando computadores) y que optan por comprar música en MP3. En Chile nos queda mucho por avanzar. Es insólito que tiendas como la Feria del Disco aún no hagan nada al respecto. Sin embargo ya han salido nuevas páginas Web dedicadas a la venta de música MP3 como lo son www.mimix.cl e incluso en sitios como www.bazuca.com. Es probable que lo mismo ocurra con los libros digitales. El papel impreso no morirá, siempre existiremos los románticos que si bien podemos llegar a tener libros electrónicos, cuando realmente nos apasionamos por algún tema preferimos ir a las librerías de antaño y tener el libro en nuestras manos. Ojearlo, olerlo, posar los ojos sobre sus letras y finalmente llevárselo al hogar y almacenarlo junto a los demás invitados de honor en las repisas.

El trabajo ahora depende en gran parte de las editoriales. Kindle ha llegado a Chile o, para quienes lo prefieran, se puede comprar directamente desde Amazon. Es cierto que aún no hay muchos libros digitales en español, pero eso no es problema de la tecnología, sino que de los editores. Es necesario invertir recursos para seguir los pasos de los avances. Esto no es un asesinato del libro, al contrario, es una expansión de tan preciado bien.

Imaginemos el futuro: eliminación de las fronteras geográficas. El mundo editorial unido con el afán de entregar sus productos a todos los rincones del mundo. Más aún, que las bibliotecas realicen la misma maravilla. Quienes necesiten acceder a información especializada ya no tendrán que viajar a otros continentes. Pagando una módica suma (mensual, anual o como los ingenieros estimen conveniente) un estudiante realizando un doctorado o un profesor podrá acceder a material exclusivo. Si eso es matar al libro, soy la primera en apuntar mi arma. Pero la verdad, es que esto es un renacer de la cultura.

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Llevaba meses esperando aquel día. Sin embargo, no podía escapar de los sentimientos. Por un lado dejaba a Maura en Santiago y emprendía el viaje solo a Berlín. Serían seis largos meses separados de su novia. Lo único que lo tranquilizaba era que a su regreso los esperaba toda una vida juntos. Por ahora debía concentrarse en su doctorado. Había ganado una mísera beca que con suerte le permitía pagar los pasajes. Trabajando y gastando gran parte de sus ahorros, había logrado reunir el dinero para costearse la estadía en Berlín. No hablaba alemán, pero el inglés lo manejaba a la perfección, por lo que le permitieron hacer sus investigaciones en dicho idioma. Desde su adolescencia le había atraído Thomas Mann y ahora tenía la oportunidad de hacer una pasantía para recaudar información.

El avión de Swiss Air que lo había trasladado desde Santiago a Rio de Janeiro, finalmente estaba llegando a Zurich. Tenía que hacer la última escala hasta Berlín. En las pantallas del avión le explicaban a los pasajeros las posibles conexiones. Se le comenzaron a mezclar los olores del desayuno con el calor emanado por los demás pasajeros. Su estómago empezó a dar vueltas. Cerró los ojos y respiró profundo. Uno, dos y tres segundos inhalando aire para luego botarlo lentamente. La pantalla con las explicaciones se le hizo borrosa y comenzó a sudar helado. Quedaban menos de 15 minutos, pero su cuerpo parecía estar a punto de reventar. Sus ojos estaban fijos en el bolsillo del asiento delantero. Finalmente agarró la bolsa que tenía delante suyo y sintió cómo el desayuno se le devolvía raudamente por la boca. Avergonzado, Evodio no se atrevió a mirar a los demás pasajeros y decidió esperar hasta el aterrizaje para acercarse a un baño.

Pasaron los 10 minutos más largos de su vida. Apresurado se bajó del avión e intentó buscar un baño. A pesar de ser un aeropuerto internacional, el ambiente se le hizo desconocido. A su alrededor intentó escuchar la voz de algún idioma amigo, pero todo fue en vano. Decidió acercarse a su gate y luego buscar el anhelado baño. Trató de recordar las instrucciones que aparecieron en la pantalla del avión, pero no había procesado la información. ¿Hacia dónde me dirijo? Vio que una gran masa de personas bajaba por unas escaleras y esperaba frente a un muro de cristal. ¿Tendré que hacer lo mismo? Optó por seguir a los demás. Al poco rato se abrieron las puertas de vidrio y todos se subieron a un tren. Cansado, se sentó donde pudo y echó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y escuchó un mugido. ¿Una vaca? pensó y abrió los ojos. Miró para todos lados pero nadie parecía sorprendido. Sin embargo, en el muro contiguo al tren había una animación de una típica niña suiza, con su pelo rubio y trencitas a ambos lados. Quiso reír, pero el silencio al interior del tren lo contuvo. Llegando a su único destino, todos se bajaron del tren. Sólo se escuchaban los tacos de las mujeres caminando por el aeropuerto. Mirando en una pantalla de información, encontró la puerta de embarque que debía tomar. Un mapa le indicó que aún le quedaba mucho por andar. Sin perder tiempo se dirigió a la salida que le permitiría tomar el avión a Berlín. Mietras miraba cómo los demás pasajeros se deleitaban en tiendas como Gucci y Hugo Boss, él andaba a paso rápido. Todos lo superaban en altura y estaban vestidos como modelos de revistas de moda. El resto del viaje lo hizo en trance. Los vómitos volvieron y estuvo gran parte del vuelo en el baño tratando de sentirse mejor.

Si el silencio de Zurich lo había cohibido, el de Berlín lo hizo sentir que su cuerpo desaparecía. A pesar del frío, había sol, pero era una luz tan opaca que no lograba alumbrar. El viento se le metía entre la ropa y hacía que sus ojos vieran borroso. Tomó un taxi y le mostró en un papel la dirección a la que iba. Dejó que el calor del vehículo lo reconfortara y se quedó dormido escuchando música clásica.

–       Hallo? HALLO?! – le gritó el taxista para despertarlo.

–       Danke! Danke! – fue lo único que supo decir y se bajó del taxi con su maleta.

Por suerte el dueño del departamento sabía hablar inglés, luego de darle unas pocas instrucciones, el hombre se largó y Evodio se quedó solo. Se dio una larga ducha y luego se tendió en la cama. El departamento tenía una cocina, un baño y el dormitorio. Este último era amplio. Junto con tener una cama y televisor, tenía un sillón y un muro con repisas llenas de libros. Si este lugar fuera mío, ni cagando me atrevo a dejar mis libros con un arrendatario. Sin darse cuenta el sueño lo batió y durmió hasta el próximo día.

Se despertó con frío. Aunque la calefacción estaba prendida al máximo, había pasado toda la noche destapado. Desde aquel día, su vida pasó a ser una rutina. Todas las mañanas se levantaba antes de las 8:00 a.m. y emprendía rumbo a la biblioteca. Su nuevo hogar quedaba a pocas cuadras de la universidad, así que aunque estuviera nevando, se iba caminando y ahorraba varios euros de locomoción. Luego de hablar un par de palabras con su profesor guía, se iba a la biblioteca y se quedaba ahí hasta las 4:00 ó 5:00 de la tarde. En el camino de vuelta, se comía una bratwurst comprada en la calle. Cuando llegaba al departamento ya había oscurecido.

En el departamento le escribía un correo a Maura y prendía la televisión. No entendía nada de lo que hablaban, pero le ayudaba a despejarse. Si le daba hambre, se comía un pedazo de pan de molde o un poco de cereales. El frío, la oscuridad y el silencio hacían que se quedara dormido temprano. Fueron escasas las veces en que estaba despierto después de las 10:00 de la noche.

No había pasado un mes en Berlín. Evodio estaba a pocas cuadras de su residencia y decidió apresurar el paso. El frío de esa tarde parecía estar aún más fuerte que los días anteriores. Le quemaba la piel por dentro y su cuerpo se iba secando y poniendo tieso. Las ansias, el frío y la oscuridad no le permitieron ver una lonja de hielo pegada al piso y pasó por encima casi corriendo. Sus zapatos no dieron aguante a la superficie. Con la mochila en su espalda cargada de libros sintió todo su cuerpo irse hacia atrás. El peso de su cuerpo se centró en el coxis. Tratando de afirmarse de algún lado, apoyó sus manos en la vereda sin darse cuenta que habían pesados de vidrio en el suelo. Reponiéndose del impacto, se levantó y recogió sus cosas. Al poco rato se dio cuenta que su mano sangraba y que aún tenía trozos de vidrio incrustados.

En cuanto llegó se lavó las manos con agua tibia. Al descongelarse, comenzó a sentir el ardor de las heridas. Trató de detener la sangre, pero todo intento fue en vano. En ese instante escuchó que se abría la puerta de entrada del edificio. Tomó sus llaves y rápidamente fue tras los pasos que venían llegando. Tocó el timbre en un par de departamentos pero nadie contestó. Estaba a punto de darse por vencido cuando una mujer alta, de pelos canos y sombrero le abrió la puerta. Con recelo lo quedó mirando.

–       Sorry, do you speak english?

–       No. – le contestó secamente la mujer.

–       Please, I need medication. – desesperado Evodio le mostró su herida y trató de hacerle entender que necesitaba encontrar una farmacia.

Aterrada con la sangre que emanaba de sus manos y asqueada al ver cómo iban cayendo las gotas en el piso, la alemana le cerró la puerta. Incrédulo, Evodio volvió a tocar el timbre. La puerta se abrió de golpe y la alemana le gritó:

–       You can’t be in Deutschland if you don’t know germany! Go home! – y nuevamente el portazo.

Evodio se quedó paralizado. Vieja de mierda, sí sabe hablar inglés. Bajó a su departamento y dio un portazo. Cerró los ojos con fuerza y le comenzaron a caer lágrimas que ardían al rodar por sus mejillas dificultándole la respiración. Sus labios tiritaban y anheló volver a su país. Envolvió su cuerpo con sus brazos y comenzó a oscilar de un lado para el otro. Reponiéndose un poco más, tomó una camiseta e hizo de ella una venda. Aún le ardían las heridas, pero notó que la sangre comenzaba a disminuir. Apretando los dientes se quedó dormido. No volvió a despertar hasta el próximo día, pero sintió que no había descansado nada. La fatiga lo hicieron desistir de ir a la biblioteca y decidió quedarse un día en cama. Hace tiempo que no experimentaba ese goce de revolcarse entre las sábanas sin sentir la presión de tener que estar en algún lugar a una hora determinada.

Luego de tomar un desayuno ligero se volvió a meter a la cama. Había traído desde Chile un par de novelas para leer pero no había tenido tiempo para disfrutarlas. Finalmente podía ojear sus libros y olvidarse por unas horas de su tesis. Retomó el libro “Putas asesinas” de Bolaño. Ya conocía sus cuentos de memoria, pero le gustaba repasarlos una y otra vez. Decidió leer “Prefiguración de Lalo Cura” “…Un sendero tembloroso. Siempre crudo. El sendero de llegada o de salida del infierno. A eso se reduce todo. Acercarse o alejarse del infierno. Yo, por ejemplo…” No alcanzó a terminar la frase cuando sintió un estruendo. Un golpe rápido, seco. El edificio había dado un gran respiro. No estaba seguro, pero le pareció que venía del piso de arriba. ¿Qué le pasará ahora a esa vieja? se preguntó. Sin darle más importancia comenzó a retomar su lectura, pero nuevamente fue interrumpido. Sintió un rasguño, más bien varias rasguños. Unas uñas se clavaban en la madera y trataban de rascar algo. Era un ruido leve, pero el silencio ensordecedor permitía escuchar hasta el sonido más suave. Luego los puños o las patadas, no lo pudo saber. Comenzaron a golpear una y otra vez contra el piso. ¿Ah sí? Vamos a ver quién mete más bulla. Evodio tomó la escoba y comenzó a pegarle al techo con el mango.

–       Hilfe! Help me! Please! Call an ambulance! – escuchó la voz de su vecina susurrando en desesperación.

Pescó el teléfono pero no alcanzó a marcar. Luego de dudarlo un par de minutos, colgó el auricular y se fue a tender a su cama. Sólo iban quedando los gemidos. Cada vez más leves. Evodio miró su mano. Aún tenía las cicatrices pero el dolor había desaparecido. Había una en particular que le picaba. Se la rascó y comenzó a sangrar. Un poco de agua solucionó su problema. Algo cayó en el piso de arriba. ¿Una silla, una mesa? Y luego el silencio absoluto.

Evodio aprovechó la tranquilidad para dormir. Unas horas más tarde se despertó y luego de ducharse decidió ir al supermercado a comprar un par de cosas. No sabía qué era exactamente, pero tenía ganas de celebrar. En la salida del edificio se encontró con una ambulancia. Estaban sacando un cuerpo tapado. Uno de los propietarios había visto un pequeño riachuelo de sangre escaparse por la puerta de entrada del departamento de arriba y decidió dar aviso a carabineros. Luego de forzar la puerta se habían encontrado con el cuerpo muerto de la mujer. Al parecer se había caído cambiando una ampolleta y al tratar de levantarse, se apoyó en una repisa. El peso de su cuerpo tumbó el mueblo y le aplastó la cabeza. De ahí la sangre.

El joven escuchó la historia con atención. Sin decir nada, salió al exterior. Comenzaba a nevar suavemente. Dio un gran respiro, prendió un cigarrillo y sonriendo pensó, sí, una botella de vino y unos quesitos. El brindis perfecto.

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Hace años que no pasaba por esas calles. Ya había olvidado el olor a lavanda y las veredas amplias que albergaban en sus costados casas que aún conservaban rasgos de la grandiosidad que alguna vez tuvieron. Eran igual a esas mujeres ancianas, que pasando por alto las arrugas, uno puede percibir la belleza que guardaron sus ojos en su juventud. Y cómo olvidar los plátanos orientales, putos árboles que tienen a medio Santiago con alergia. Pero ellos siguen ahí, enormes, dando sombra en los días en que el sol no parece cansarse e inundando las veredas de ese polvillo amarillo que se mete en las narices.

No quería volver a ese barrio, menos aún a esa esquina. Ahí estaba la antigua casa que me sostuvo durante 5 años. Aún mostraba su belleza exterior. Pero no podía engañarme, no a mí. Ya sabía que por dentro las maderas se estaban pudriendo, las cañerías estaban corroídas y tras el follaje de las plantas reinaban las ratas. Sí, esos asquerosos animales. Maldita plaga que jamás se pudo exterminar. Al final se hicieron inmune al veneno, las desgraciadas incluso se lo comían frente a cualquiera. Se paseaban entre las personas como si fueran unos más de la casa. En medio del silencio de la noche uno escuchaba sus patitas recorriendo de un lugar a otro, ávidas por comida. Y cuando encontraban lo deseado, lanzaban ese chillido agudo que ensordecía los sueños.

Definitivamente no pensaba que volvería a ver ese lugar. Por demasiado tiempo guardé los años vividos ahí como una historia de fantasía. Mi mente quería creer en la imposibilidad de que una pesadilla de esa índole fuese realidad. Cuando recién llegué a las puertas de esa casa tenía cerca de trece años. En mi mente de niña, me imaginaba entrando al ceno de la podredumbre. A medida que me fui aclimatando al ambiente, quise convencerme que ese sentimiento era sólo un mal presentimiento y que las cosas no eran tan oscuras como yo creía. Hizo falta que me fuera para que me diera cuenta que mi mente inexperta se había equivocado, pero no porque el lugar no estuviese podrido, sino que mi error fue creer que todo había sido parte de mi imaginación.

Recuerdo el primer día en ese lugar. Mis padres habían fallecido hace poco en un accidente automovilístico. Tampoco tenía hermanos, así que me fui a vivir con una hermana de mi padre y su familia. Vi las caras de mis tíos y quise salir corriendo… pero ¿dónde? Guardé silencio y agaché la cabeza. No había que ser muy inteligente para darse cuenta que mi presencia era un estorbo. Aquí venía la pequeña intrusa a sacarlos de su rutina, a invadir a su familia y usurpar de sus preciados bienes. Agradecí, y hasta el día de hoy sigo agradeciendo, que me dieran un dormitorio para mí sola. Creo que ellos lo hicieron para que yo no fuera a importunar a prima, o al menos eso pensé en un principio. Pero para mí ese fue mi refugio. Ahí pasaba gran parte de mis días soñando con otra realidad, inventando cuentos en los que se me permitía tener otra vida y leyendo historias que me dejaban olvidar la vida.

Mi prima tampoco fue de gran ayuda. Cuando mis padres estaban vivos siempre tuvo una sonrisa para ofrecer. Pero ahora todo era distinto. Yo estaba sola y no tenía dinero ni edad para valerme por mí misma. Ellos no me querían en su hogar pero tampoco podían tirarme a la calle… ¿qué pensaría la gente si hubiesen hecho eso? Así que estábamos todos atrapados. Yo no tenía los medios para huir y ellos eran presa del qué dirán. “Haz esto,” “haz esto otro,” “limpia aquí,” o “mueve esto para allá”. No eran personas de escasos recursos, al contrario, siempre tuvieron dos empleadas, o “nanas” como se les llamaba en ese entonces. Sin embargo gozaban dándome órdenes. Les gustaba sentir que me dominaban y que yo estaba para servirles. Al principio traté de revelarme, pero pronto aprendí que era mejor callar.

– Aquí nadie está atrapado, pero las reglas de la casa son estas. Al que no le gusta, que recuerde que la puerta es ancha. – Me recordaban una y otra vez mis tíos.

Sólo en las noches me sentía realmente libre. Le ponía seguro a la puerta, abría la ventana y fumaba cigarrillos. Uno tras otro, escuchando música, escribiendo o leyendo. Sin embargo una noche comencé a percibir algo que no había notado antes. Estaba tendida en mi cama, a punto de quedarme dormida, cuando sentí que alguien trataba de abrir la puerta. Me hice la dormida y luego de un par de intentos, escuché el crujido de la puerta del dormitorio de mi prima. El parqué del piso se sentía retumbar, suavemente, pero de manera constante. Al poco tiempo, se volvió a escuchar el crujido de la puerta. Después de ese incidente, puse atención y todas las noches era lo mismo: primero la manilla de mi dormitorio que se movía sin éxito y luego el crujido de la puerta de mi prima. No me atreví a decir nada, pero decidí que mi puerta seguiría siempre con llave. Finalmente una noche sentí los pasos de mí tía. Parecía que iba saliendo del baño. “Al fin,” pensé, “ya era hora de que esto parara.” Cuál sería mi espanto cuando escuché a mi tía abrir la puerta del dormitorio de mi prima y simplemente decir, “Vístanse los dos y deja que la niña duerma, vente al dormitorio”.

Me quedé inmóvil, helada, en blanco. No pude pensar nada. Mis ojos se abrieron y no se volvieron a cerrar en toda la noche. Quise ir corriendo donde mi prima, abrazarla, hablarle. Pero la cobardía fue más fuerte. ¿Qué pasaba si me tomaban a mí también? Ni si quiera me atreví a prender otro cigarrillo. Decidí esperar hasta el próximo día y tratar de hablar con mi prima.

–       Ana – le dije a la mañana siguiente cuando estuvimos a solas.

–       ¿Qué?

–       Ya sé lo que está pasando.

–       ¿De qué hablas?

Nunca olvidaré su mirada cuando me respondió. El vacío de sus ojos me hizo perderme por unos minutos.

–       Ya pues, ¿de qué hablas? ¡O crees que tengo todo el día!

–       No, lo siento… sólo digo que sé que tu padre va a tu habitación por las noches y que tu mamá también lo sabe.

–       Ya… ¿y?

–       Sólo que, bueno, que sepas que puedes confiar en mí.

–       ¿En ti? ¡Y para qué querría confiar en ti! ¿¡Qué te pasa!? ¿Me quieres decir algo?

Cuando pensaba que ya no podía seguir sorprendiéndome, mi prima lograba simplemente desquiciarme. Decidí finalizar la conversación excusándome y diciéndole que el cansancio me tenía loca. Aún pienso en su reacción. ¿Habrá tenido miedo? Quizás la vergüenza de que sus padres la estuvieran utilizando de esa forma había bloqueado su sentido de la realidad y simplemente había dejado de cuestionarse sobre las atrocidades que se cometían contra ella todas las noches. Me fui al jardín y encendí un cigarrillo. Fue esa misma tarde cuando me topé con la primera rata. Dí un grito de espanto pero luego agradecí su presencia. Al menos había logrado desviar mis pensamientos hacia otros lugares.

– ¡Señorita! ¡SEÑORITA! ¡Córrase de ahí por favor!

Un albañil me trajo de vuelta. Tras mi espalda se venía acercando una retroexcavadora. Dando unos pasos hacia el lado, observé cómo la máquina entraba en la casa y comenzaba a remover la tierra.

–       ¿Qué está pasando? – le pregunté al trabajador que me había gritado.

–       Lo mismo que en muchos terrenos de por aquí. Van a construir un edificio.

El hombre no alcanzó a terminar de hablar cuando vimos una tropa de ratas corriendo en dirección nuestra. Los dos saltamos hacia la vereda dándole espacio a los infestos animales para que escaparan.

–       ¿Y los dueños de la casa? – me atreví a preguntar.

–       No se sabe bien. Según se rumorea que tenían una hija que simplemente enloqueció de la noche a la mañana. Luego de matar a sus padres se habría suicidado. Pero no es seguro, quizás sólo sean rumores.

–       Sí, quizás.

Hasta las ratas habían dejado su guarida para darle una oportunidad al futuro. Decidí seguir mi camino con la condición de pasar de vez en cuando por esa esquina. El pasado ya no se podía borrar, tampoco quería hacerlo. Simplemente quería tener la certeza de que seguiría siendo parte de una etapa que jamás se volvería a repetir. En palabras más simples, que el pasado no fuera más que pasado.

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