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Posts Tagged ‘Ratas’

Hace años que no pasaba por esas calles. Ya había olvidado el olor a lavanda y las veredas amplias que albergaban en sus costados casas que aún conservaban rasgos de la grandiosidad que alguna vez tuvieron. Eran igual a esas mujeres ancianas, que pasando por alto las arrugas, uno puede percibir la belleza que guardaron sus ojos en su juventud. Y cómo olvidar los plátanos orientales, putos árboles que tienen a medio Santiago con alergia. Pero ellos siguen ahí, enormes, dando sombra en los días en que el sol no parece cansarse e inundando las veredas de ese polvillo amarillo que se mete en las narices.

No quería volver a ese barrio, menos aún a esa esquina. Ahí estaba la antigua casa que me sostuvo durante 5 años. Aún mostraba su belleza exterior. Pero no podía engañarme, no a mí. Ya sabía que por dentro las maderas se estaban pudriendo, las cañerías estaban corroídas y tras el follaje de las plantas reinaban las ratas. Sí, esos asquerosos animales. Maldita plaga que jamás se pudo exterminar. Al final se hicieron inmune al veneno, las desgraciadas incluso se lo comían frente a cualquiera. Se paseaban entre las personas como si fueran unos más de la casa. En medio del silencio de la noche uno escuchaba sus patitas recorriendo de un lugar a otro, ávidas por comida. Y cuando encontraban lo deseado, lanzaban ese chillido agudo que ensordecía los sueños.

Definitivamente no pensaba que volvería a ver ese lugar. Por demasiado tiempo guardé los años vividos ahí como una historia de fantasía. Mi mente quería creer en la imposibilidad de que una pesadilla de esa índole fuese realidad. Cuando recién llegué a las puertas de esa casa tenía cerca de trece años. En mi mente de niña, me imaginaba entrando al ceno de la podredumbre. A medida que me fui aclimatando al ambiente, quise convencerme que ese sentimiento era sólo un mal presentimiento y que las cosas no eran tan oscuras como yo creía. Hizo falta que me fuera para que me diera cuenta que mi mente inexperta se había equivocado, pero no porque el lugar no estuviese podrido, sino que mi error fue creer que todo había sido parte de mi imaginación.

Recuerdo el primer día en ese lugar. Mis padres habían fallecido hace poco en un accidente automovilístico. Tampoco tenía hermanos, así que me fui a vivir con una hermana de mi padre y su familia. Vi las caras de mis tíos y quise salir corriendo… pero ¿dónde? Guardé silencio y agaché la cabeza. No había que ser muy inteligente para darse cuenta que mi presencia era un estorbo. Aquí venía la pequeña intrusa a sacarlos de su rutina, a invadir a su familia y usurpar de sus preciados bienes. Agradecí, y hasta el día de hoy sigo agradeciendo, que me dieran un dormitorio para mí sola. Creo que ellos lo hicieron para que yo no fuera a importunar a prima, o al menos eso pensé en un principio. Pero para mí ese fue mi refugio. Ahí pasaba gran parte de mis días soñando con otra realidad, inventando cuentos en los que se me permitía tener otra vida y leyendo historias que me dejaban olvidar la vida.

Mi prima tampoco fue de gran ayuda. Cuando mis padres estaban vivos siempre tuvo una sonrisa para ofrecer. Pero ahora todo era distinto. Yo estaba sola y no tenía dinero ni edad para valerme por mí misma. Ellos no me querían en su hogar pero tampoco podían tirarme a la calle… ¿qué pensaría la gente si hubiesen hecho eso? Así que estábamos todos atrapados. Yo no tenía los medios para huir y ellos eran presa del qué dirán. “Haz esto,” “haz esto otro,” “limpia aquí,” o “mueve esto para allá”. No eran personas de escasos recursos, al contrario, siempre tuvieron dos empleadas, o “nanas” como se les llamaba en ese entonces. Sin embargo gozaban dándome órdenes. Les gustaba sentir que me dominaban y que yo estaba para servirles. Al principio traté de revelarme, pero pronto aprendí que era mejor callar.

– Aquí nadie está atrapado, pero las reglas de la casa son estas. Al que no le gusta, que recuerde que la puerta es ancha. – Me recordaban una y otra vez mis tíos.

Sólo en las noches me sentía realmente libre. Le ponía seguro a la puerta, abría la ventana y fumaba cigarrillos. Uno tras otro, escuchando música, escribiendo o leyendo. Sin embargo una noche comencé a percibir algo que no había notado antes. Estaba tendida en mi cama, a punto de quedarme dormida, cuando sentí que alguien trataba de abrir la puerta. Me hice la dormida y luego de un par de intentos, escuché el crujido de la puerta del dormitorio de mi prima. El parqué del piso se sentía retumbar, suavemente, pero de manera constante. Al poco tiempo, se volvió a escuchar el crujido de la puerta. Después de ese incidente, puse atención y todas las noches era lo mismo: primero la manilla de mi dormitorio que se movía sin éxito y luego el crujido de la puerta de mi prima. No me atreví a decir nada, pero decidí que mi puerta seguiría siempre con llave. Finalmente una noche sentí los pasos de mí tía. Parecía que iba saliendo del baño. “Al fin,” pensé, “ya era hora de que esto parara.” Cuál sería mi espanto cuando escuché a mi tía abrir la puerta del dormitorio de mi prima y simplemente decir, “Vístanse los dos y deja que la niña duerma, vente al dormitorio”.

Me quedé inmóvil, helada, en blanco. No pude pensar nada. Mis ojos se abrieron y no se volvieron a cerrar en toda la noche. Quise ir corriendo donde mi prima, abrazarla, hablarle. Pero la cobardía fue más fuerte. ¿Qué pasaba si me tomaban a mí también? Ni si quiera me atreví a prender otro cigarrillo. Decidí esperar hasta el próximo día y tratar de hablar con mi prima.

–       Ana – le dije a la mañana siguiente cuando estuvimos a solas.

–       ¿Qué?

–       Ya sé lo que está pasando.

–       ¿De qué hablas?

Nunca olvidaré su mirada cuando me respondió. El vacío de sus ojos me hizo perderme por unos minutos.

–       Ya pues, ¿de qué hablas? ¡O crees que tengo todo el día!

–       No, lo siento… sólo digo que sé que tu padre va a tu habitación por las noches y que tu mamá también lo sabe.

–       Ya… ¿y?

–       Sólo que, bueno, que sepas que puedes confiar en mí.

–       ¿En ti? ¡Y para qué querría confiar en ti! ¿¡Qué te pasa!? ¿Me quieres decir algo?

Cuando pensaba que ya no podía seguir sorprendiéndome, mi prima lograba simplemente desquiciarme. Decidí finalizar la conversación excusándome y diciéndole que el cansancio me tenía loca. Aún pienso en su reacción. ¿Habrá tenido miedo? Quizás la vergüenza de que sus padres la estuvieran utilizando de esa forma había bloqueado su sentido de la realidad y simplemente había dejado de cuestionarse sobre las atrocidades que se cometían contra ella todas las noches. Me fui al jardín y encendí un cigarrillo. Fue esa misma tarde cuando me topé con la primera rata. Dí un grito de espanto pero luego agradecí su presencia. Al menos había logrado desviar mis pensamientos hacia otros lugares.

– ¡Señorita! ¡SEÑORITA! ¡Córrase de ahí por favor!

Un albañil me trajo de vuelta. Tras mi espalda se venía acercando una retroexcavadora. Dando unos pasos hacia el lado, observé cómo la máquina entraba en la casa y comenzaba a remover la tierra.

–       ¿Qué está pasando? – le pregunté al trabajador que me había gritado.

–       Lo mismo que en muchos terrenos de por aquí. Van a construir un edificio.

El hombre no alcanzó a terminar de hablar cuando vimos una tropa de ratas corriendo en dirección nuestra. Los dos saltamos hacia la vereda dándole espacio a los infestos animales para que escaparan.

–       ¿Y los dueños de la casa? – me atreví a preguntar.

–       No se sabe bien. Según se rumorea que tenían una hija que simplemente enloqueció de la noche a la mañana. Luego de matar a sus padres se habría suicidado. Pero no es seguro, quizás sólo sean rumores.

–       Sí, quizás.

Hasta las ratas habían dejado su guarida para darle una oportunidad al futuro. Decidí seguir mi camino con la condición de pasar de vez en cuando por esa esquina. El pasado ya no se podía borrar, tampoco quería hacerlo. Simplemente quería tener la certeza de que seguiría siendo parte de una etapa que jamás se volvería a repetir. En palabras más simples, que el pasado no fuera más que pasado.

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