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Posts Tagged ‘Padres’

Hay algo inexplicablemente solitario en la maternidad. No es sólo el hecho de verse en el día a día sumergida en una rutina en donde no hay otro adulto con quien compartir. Generalmente la persona con la que estamos tiene que hacer de sustento económico por lo que sus días se van en el trabajo fuera de casa. Pero ese sentirse solo no es el dilema. Más bien estoy hablando de la Soledad con mayúscula. Esa que entra sin avisar y sin ser bienvenida. Sin que nos demos cuenta se sumerge en cada rincón de nuestra existencia. Y entramos en un período de incomprensión, de sentirnos apartadas o, en palabras más simples, en un planeta totalmente distante a este. Tratamos de volver, de aterrizar de alguna forma, pero ese bebé que llora incansablemente y que muchas veces no parece tener causa aparente para su llanto tiene más fuerza que nosotras y no nos permite salir de esa tierra de nadie. Nos quedamos metidas ahí, sin poder ni querer escapar realmente. Porque es cierto, el sólo pensar en dejar al bebé abandonado en su mundo sin nosotras nos destroza y preferimos tragarnos el llanto con tal de sentir su cuerpo apaciblemente durmiendo sobre el nuestro. Se nos escapa la vida. No hay tiempo para nada. Ducharnos, sentarnos a disfrutar un plato de comida o, para que hablar, arreglarnos un poco junto a esa vanidad tan propia de las mujeres, pasa a ser un lujo inalcanzable. De alguna forma, de eso hablan tanto el libro “La maternidad y el encuentro con la propia sombra” de Laura Gutman y “Mother Reader: Essential Writings on Motherhood” editado por Moyra Davey.

La doula argentina Laura Gutman trata en su libro sobre la necesidad de la mujer de darle espacio a su sombra. Y ¿qué es su sombra? Es todo aquello que ocultamos, que no queremos admitir, que nos duele al punto de decir basta. Es nuestro pasado mezclado con los temores que él acarrea para el futuro. Es el desprendernos de nuestra esencia de mujer porque el mundo en el que vivimos anula la verdadera femineidad y junto a ella todo instinto maternal. Inconscientemente se nos presiona para que rápidamente nos recuperemos del parto: que bajemos de peso, que dejemos de lado la ropa de embarazada, que nos arreglemos, que recuperemos la sensualidad y la libido, que la casa esté en orden, que los niños estén aseados y acostados a una hora prudente y, por si fuera poco, que no dejemos de lado nuestras pasiones intelectuales. Muchas veces nos vemos obligadas a volver a nuestros trabajos cuando el bebé no tiene más de tres meses de edad. Me pregunto si quienes hacen las leyes han visto realmente lo débil que es un ser humano a esa edad. Creo que no tienen noción de cuan necesitada está una persona de tres meses y cuánto necesita su madre tenerlo cerca. Ahí viene el corte del apego. Generalmente el bebé queda en manos de alguna cuidadora quien, en el mejor de los casos, pasa a ser la figura materna del recién nacido (mejor no mencionar los casos de abusos que muchas veces se cometen contra los pequeños).

En ese sentido “Mother Reader…” contrasta con “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”. En el libro inglés nos encontramos con una serie de artículos escritos por importantes mujeres que entraron fuerte en el mundo intelectual. Así, vemos la pluma de personajes que van desde Virginia Woolf hasta Doris Lessing. Estas reconocidas mujeres muestran la realidad que muchas veces acarrea la maternidad: por un lado está el amor incondicional hacia el hijo y por otro esa desesperación de ver que el pequeño nos arrebata nuestro mundo. Dejamos de ser quienes éramos para transformarnos en una sola palabra: madre. Si no se tiene eso claro, sucede lo que a muchas de estas famosas mujeres les sucedió. Se sintieron anuladas y atrapadas por sus hijos. Tenemos que estar dispuestas a desprendernos. Debemos ser capaces de entender que el “yo” pasa a ser un “nosotros” con el bebé. Laura Gutman define este concepto como “mamá-bebé” ya que ambas personas pasan a ser una. Cualquiera que sea madre sabe que el pequeño que tiene en sus brazos es capaz de absorber sus emociones y de comprenderla aún cuando no sea capaz de entender las palabras que le dice su madre. Así también, cualquier sentimiento o sensación que tenga el bebé también es vivida por la madre.

Jamás he oído a una madre decir que se arrepiente de haber emprendido el viaje de la maternidad. Lo mismo puedo decir de los padres (incluso esos casos en que ya sea la madre o el padre dejan mucho que desear). Si el sacrificio es tan grande, ¿cómo se explica la gratificación y el deseo casi innato del ser humano por tener familia? La pregunta se responde con una sola palabra: trascendencia. Los hijos nos dan esa continuidad que tanto busca el ser humano. Son un regalo milagroso que llega a nuestras vidas y nos llenan de amor. Quizás los sentimientos más puros que pueda albergar una persona sea hacia un hijo. Por eso nos impacta tanto cuando nos enteramos de padres que maltratan a sus hijos. Inmediatamente pensamos que son anti-natura.

Para terminar, miremos el caso de la familia por excelencia: la sagrada familia. María es ejemplo de madre para toda mujer. Se entregó por entero a su Hijo y cuando  llegó el momento indicado, supo desprenderse y dejar que se hiciera Su voluntad. José, por su parte, fue el sustento, el educador, el traedor de paz y tranquilidad. Aún las personas no creyentes deben ser capaces de observar que ahí está el núcleo de la familia, de la sociedad y uno de los pilares de la trascendencia del hombre. Todo aquello me hace pensar que quizás tanto libro de psicología y auto-ayuda para la crianza de los hijos está de más. Sólo basta mirar la historia y darnos cuenta que ya todo se ha dicho.

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Es extraño recordar los primeros encuentros con las letras. Tuve la suerte de ir aprendiendo a leer en inglés y en español casi simultáneamente. No tengo noción de cómo fue que logré leer en mi idioma nativo. Sólo sé que mi nana se esmeraba en comprarme libros. Sobre todo tengo en mente los Papeluchos y los libros de Julio Verne. Disfrutaba metiéndome en esos mundos, viviendo vidas que no eran mías, haciéndome parte de historias que sólo podían ocurrir dentro de mi mente. Y luego vinieron los libros en inglés. Extrañamente no fue una profesora la que estuvo pacientemente a mi lado ayudándome a unir letras hasta formar palabras. Fue una niña, un año mayor que yo, pero que con una dedicación y paciencia infinita se sentaba a mi lado y leíamos. Perdíamos la noción del tiempo. A veces me parecía que estábamos días enteros leyendo aunque probablemente la “actividad” no durara más de media hora. Un libro era mucho más que un montón de hojas juntas: era un universo, una realidad, una  nueva creación que se me ofrecía sin reparos. Pasaron unos pocos años y mi afán por leer no hizo más que incrementar. Mi madre se preocupaba, no encontraba que fuera “normal” que su hija pidiera libros en vez de muñecas. En vacaciones de verano mis hermanos llenaban las maletas con juguetes mientras yo preparaba mi bolso lleno de libros. Así, se podría decir por casualidad, llegó Matilda de Roald Dahl a mis manos. Si me preguntaran cuántas veces he leído ese libro, tendría que admitir que he perdido la cuenta.

Inmediatamente me sentí identificada con esa niña que pasaba las tardes enteras leyendo a puerta cerrada. Siempre a escondida de sus padres porque éstos no podían tolerar que la pequeña disfrutara más con las novelas que con la televisión. Felizmente, a diferencia de Matilda, mis padres no me trataban de “tonta” ni jamás sentí que dejaran de quererme. Pero hay algo ahí, en la incomprensión de los padres, en el no ser capaz de darse cuenta que ser distinto no es necesariamente algo malo. Y eso sí lo logré captar desde niña. Con cariño, mis hermanos me decían que yo era la “Lisa Simpson” de la casa. Y yo me fui metiendo cada vez más en mi mundo interior. Dejé de compartir mis pensamientos. Fue en esa época cuando empecé a escribir. Mis padres miraban de lejos, pero no quisieron o no se atrevieron a preguntar qué había en esas páginas escritas con letra de niña. Matilda, la de Roald Dahl, también escribe. El autor no nos habla mucho del tema, pero sabemos que escribe poesía. ¿Qué busca esa niña en la literatura?

Matilda se ha criado sola. Antes de estar en edad para ir al colegio, pasa sus días en su deshabitado hogar. Ahí agarra el diario que sus padres han dejado tirado y comienza a leer. A medida que va creciendo siente ansias de ir aprendiendo cosas nuevas, de leer aún más. Por eso la vemos en la biblioteca, en donde se transforma en una máquina que absorbe conocimiento. Pero la gran pregunta es ¿cómo ocurre esto? ¿Estará Matilda escapando de la realidad? ¿Necesitará vivir vidas ajenas para tapar el vacío de la suya? ¿Verá en los libros las posibilidades que ella no puede tener?

Metafóricamente podríamos decir que junto con ir adquiriendo capacidades intelectuales, el cerebro de Matilda va creciendo. A tal punto que comienza a mover objetos con la mente. Este “fenómeno” le permite salvar a su profesora, Miss Honey, y, de alguna forma, salvarse a sí misma. Después que Miss Trunchbull se va del colegio, Matilda avanza al nivel académico que necesita y pierde sus poderes. Su mente está en paz, ya no necesita enviar señales de ayuda para ser alimentada adecuadamente.

Finalmente no sólo la mente de Matilda llega a buen término, también su vida es puesta a salvo. No sabemos qué pasará en el futuro, pero Matilda queda en brazos de la única persona que realmente la ha querido. Es probable que muy pronto, si es que no lo ha hecho ya, la pequeña logre superar intelectualmente a Miss Honey. Pero eso no es un problema. Al final, lo que Matilda o cualquier niño busca, es amor incondicional. Ojalá todos tuviéramos en algún momento una Miss Honey a nuestro lado. Sólo así, tal como Matilda, podríamos desarrollar todas nuestras aptitudes y acercarnos un poco más a la inalcanzable perfección.

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