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Posts Tagged ‘Muerte’

Me ha entrado la curiosidad por conocer la vida de Roberto Bolaño. Quizás encontrar alguna biografía digna de ser leída para conocer un poco más de la vida de este grande latinoamericano. Digo latinoamericano y no chileno, porque, como algunos ya sabrán, me cuesta imaginarme a Bolaño siendo chileno. Más bien se me aparece como de habla hispana. Creo que hasta Sudamérica me quedó estrecho para este autor. En todo caso, mi impresión no es de extrañar si consideramos todo lo que viajó este hombre en vida.

Recién he terminado de leer la selección de cuentos y ensayos “El gaucho insufrible”. Antes de ponerme a escribir quise indagar un poco sobre el libro. Para mi sorpresa, éste fue el último libro que Bolaño mandó a publicar en vida. Poco tiempo después se internaría en una clínica en Barcelona en donde fallecería. Eso me hizo pensar en la muerte, tan constante en la obra de Bolaño. ¿Cómo será tener la muerte tan cerca que uno es capaz de saborearla? Me ha tocado sentarme a la mesa con la muerte un par de veces, pero jamás era yo la que comía de su plato. Me tocó ver cómo otros se iban apagando frente a mis ojos. No fue fácil, porque eran personas queridas y no pude, aunque en mi inmadurez lo intenté, ser indiferente al adiós de otro. En los momentos más duros grité con ira y desesperación queriendo ser yo la que se iba de este mundo y no a quien tanto amaba. El que sabe que va a morir, ¿gritará de la misma forma rogando que sea otro y no él el que se va? Dicen que hay estudios que muestran que cuando una persona está cercana a la muerte se elevan los niveles de endorfina en su cuerpo. Esta hormona, muy parecida en su efecto a la morfina, trabaja como analgésico y produce un fuerte sentimiento de bienestar (también se le asocia a actividades como el ejercicio, el consumo de comidas aliñadas, el amor y el orgasmo, entre otros). ¿Será la endorfina una de las tantas ayudas que nos da Dios para irnos en paz? ¿Le habrá ayudado la endorfina a Bolaño?

La muerte es un desprenderse. Es un darse cuenta que el aquí y el ahora no tiene valor porque lo que sigue es lo verdadero y lo eterno. Para quienes no saben bien en qué creer, lo más desgarrador debe ser la incertidumbre. Pero para el que tiene la certeza de no creer en nada, entonces lo más desgarrador es transformarse en nada. ¿Qué habrá pensado Bolaño sobre la muerte? ¿Habrá considerado la inmortalidad del alma a la hora de dejar este mundo? No me atrevo a emitir juicios, lo dejo a criterio de cada uno. Pero lo que sí sorprende es ver cómo los personajes y, finalmente, el propio autor, se van acercando a la muerte. La van buscando o, quizás, más que buscando, la van adaptando a sus necesidades. Y en es baile nos vamos topando con la crudeza del ser humano, con su bestialidad, con su falta de razón y de emoción. Sin embargo, un aliento de esperanza, porque el propio Bolaño dice que lo único que ayuda combatir la enfermedad (o la muerte) son el sexo, la literatura y viajar. Sabe que al final del día igual vencerá la muerte, pero también tiene la certeza de que es necesario, a fin de cuentas, vivir la vida.

Cuando leí estos relatos recordé que alguna vez alguien me preguntó cómo terminaban mis cuentos. Junto con responderle, quise saber el por qué de la pregunta. Ahí me enteré que muchas veces el final que uno le da a sus relatos están ligados a como uno percibe la vida. ¿Qué nos quiso decir Bolaño? Nos topamos con la incertidumbre, la falta de claridad y la muerte. Sin embargo, hay un tono de resignación. Ya no se busca la batalla, simplemente se quiere dejar constancia de lo que se es. Y en ese sentido hay un hilo conductor con los últimos dos relatos que, al parecer, no son ficción. El autor quiso plasmar la realidad de sus pensamientos sin trabas. A muchos les podrá molestar lo que escribió. Para cerrar la idea, rescato un pasaje de “Los mitos de Cthulhu”: “Estoy en contra de la censura y de la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.” No hay que decir más. No quería escribir para agradar. Escribía porque la literatura era su aire, su necesidad vital. Si le quitaba sinceridad a lo que lo mantenía con vida, entonces no podía seguir viviendo.

Desde mi atrevida ignorancia, dudo que estos sean los mejores cuentos de Bolaño. En ocasiones son enredados, se nos pierden las ideas o nos quedamos con un sabor amargo por la escasez de las conclusiones. Los finales son demasiado abiertos, al punto que al lector le cuesta cerrar la idea. Ahora bien, el autor se reiría en mi cara si leyera estas palabras. Claramente Bolaño siente un hastío por la literatura vacía, simplona, apta para todos. En resumen: los famosos bestsellers. Mejor lo dejo en palabras del propio Bolaño al preguntarse por qué hay ciertos autores que venden tanto: “¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos.” Pues bien, ahí está la belleza de esta obra: en su honestidad. Es el adiós del escritor al mundo y a sus hijos. Son sus últimos pensamientos. No tendrá que responder en vida por lo que escribió y ahí está lo liberador. Me quedo con la sensación que en medio de estas páginas está presente el último aliento de Bolaño. Con eso basta y sobra.


*Imagen obtenida de la página Web “Biografías y Vidas”.

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Sólo un personaje

Con mi cabeza agachada y mi dignidad por los suelos comencé a revivir todas aquellas veces en que me habían rechazado. Las mujeres son una especie muy inusual. Cuesta comprenderlas. Cuando uno se ríe le dicen inmaduro y cuando uno está serio le dicen aburrido.

No, no, no… ¿quién puede ser tan cretino cómo par decir eso? ¿A dónde quiere llegar este tipo? ¿Busca un encuentro casual, transformarse en un Don Juan o realmente está buscando algo más noble? Digamos, ¿la felicidad? ¿El bien? ¿El amor? Hace años que lleva dando vueltas en las mismas burradas. Y yo soy aún más burra porque lo sigo escuchando. Sus palabras son zapateos en mi cabeza que no me dan tranquilidad ni en mis sueños. Anoche soñé con él. Estaba parado frente a mí con su cabeza de pánfilo. ¿Bailamos señorita invierno? Eso fue lo único que dijo el muy imbécil y yo comencé a darle pinchazos con mi lápiz mina. Sus gritos amanerados me hicieron despertar. Para alivio mio todo había sido una pesadilla.

A ver, intentémoslo una vez más. ¡Comunícate idiota! Dí de una vez aquello que tanto deseas expresar. Este baile de incertidumbre ya me tiene agotada. Me saturaron tus boludeces y tus mentiras.

Tal vez no sería tan difícil encontrar a la mujer de mi vida. Quizás seguiría cometiendo los mismos errores que me habían llevado hasta donde estaba pero tenía la esperanza de que en algún lugar estaba ella esperando por mí.

¿Te estás escuchando? ¿Qué ser con el más mínimo de racionalidad diría una estupidez de esa índole? Eres realmente increíble. Quieres encontrar el amor pero no estás dispuesto a cambiar. Si ya te conoces tus errores de memoria, pero sigues intentando la misma receta que sólo te ha llevado a la soledad. ¡Qué triste!

El sol golpeaba la nieve hasta endurecerla. Ese era mi momento para sorprenderla. Sin perderla de vista le di fuerza a mis skis para que me llevaran a ella. Ya estaba cerca cuando se me ocurrió mirar hacia delante. Encima de mis ojos se apareció la fila del andarivel. En vano traté de frentar. Hice una cortina tratando de esquivar a una pareja que se encontraba hablando pero todo intento fue en vano. El tipo, tratando de proteger a su mujer, me tiró su ski en la cabeza. Lo vi volar en mi dirección y de alguna forma sabía que era el final. Siempre pensé que cuando llegara el momento de mi muerte vería mi vida pasar frente a mis ojos y que minutos después se me aparecería el famoso túnel con la luz al final. Pero no, esas no son más fantasías. Quizás no me merecía un final clásico. Quizás mi vida siempre había sido un desencuentro entre la realidad y mi brutalidad. A lo lejos escuché las sirenas y casi como murmuros las voces de los paramédicos diciendo que no había vuelta atrás. El desangramiento de la cabeza era demasiado para que mi cuerpo pudiera resisitir. Y luego, una última imagen, el sol, quemándome el craneo abierto.

¡Finalmente! Muerto estás porque jamás debiste haber nacido. En mis sueños no tuve que haber perdido el tiempo pinchándote con mi lápiz, más bien debí haberte borrado a la primera oportunidad. Pero ahora estamos aquí. Yo leyendo tus últimas palabras y tú como una mera ilusión desangrada en la nieva. Ahora sí, vamos a lo importante.

 

*Imagen obtenida de: http://www.gamefilia.com/

 

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Lamentablemente, a veces la vida supera a la ficción. Aquello que creíamos inimaginable se torna realidad. Entonces, lo ilógico reina por sobre todo sentido común y nos quedamos mirándonos las caras con signos de interrogación. Estaba leyendo El señor de las moscas de William Golding cuando se me vinieron estos pensamientos. Para quienes han tenido el libro en sus manos, es evidente que el autor hace una metáfora de cómo se va constituyendo lo que llamamos “sociedad” mediante un grupo de niños que quedan solos en una isla desértica luego que el avión en el que viajaban se estrellara. Al igual que en la obra literaria, muchos chilenos han quedado solos, lidiando con el dolor, la pérdida y la necesidad de reconstruirse socialmente. Comparando el libro con la realidad que azota a nuestro país, debo decir que la literatura ha quedado empequeñecida ante la brutalidad de muchos de nuestros compatriotas.

La bestialidad va alcanzando a estos niños que en un comienzo tratan de formar un orden social. Quieren construir refugios, protegerse mutuamente, cazar para alimentarse y, quizás lo más importante, mantener constantemente fuego (humo) en la cima de la montaña y así ser salvados y llevados de vuelta a Inglaterra. Piggy, quien es la voz racional, la astucia y la inteligencia del grupo, es rápidamente acallado. Ralph, el líder originalmente elegido por los niños, está lleno de dudas. A pesar de ser el más carismático, en ocasiones el cansancio lo hace dudar sobre cuál ese el camino correcto.

Jack Merridew es el encargado de los cazadores. Aunque Jack admira a Ralph, los celos lo hacen competir constantemente con él. Finalmente Jack les muestra el camino fácil a los demás: las fiestas, las comilonas y los juegos. ¿Para qué esforzarse por mantener el fuego si Jack los protege y los alimenta? ¿Para qué ayudar en reconstruir un país o una ciudad si es más fácil el robo, los saqueos y el aprovecharse de quienes están necesitados?

Tampoco podemos olvidar a Simon, el bien personalizado. Es un niño tímido que no se atreve a hablar. Sin embargo, cuando Golding nos permite entrar en su mente, este pequeño nos recuerda a Cristo. Su bondad es tan grande, que es capaz de arriesgar su vida por los demás. Así es como finalmente termina siendo brutalmente asesinado por sus compañeros. El ansia de sangre, de poder, de dominación sobre el otro transforma a estos niños en animales sin capacidad de discernimiento. Todo sentido de bien es aniquilado. Así también vemos cómo el sinsentido reina en muchos de nosotros. Al parecer nos hemos olvidado que el país está en lágrimas. Mejor será apresurarse a robar televisores, consolas de videojuegos o lavadoras.

En la isla, al igual que en Chile, comienza a aparecer una bestia. Algunos dicen que viene del mar y otros creen que viene del aire. Simon es el único que se da cuenta que el monstruo se genera de los propios niños. Es el mal que se está colando entre ellos y que no hace más que crecer. ¿Cómo no pensar en la realidad que está viviendo nuestro país? La mayor tragedia no ha sido el terremoto. Sí, el fenómeno natural arrasó con vidas inocentes y con hogares. Sin embargo, el dolor que puede llevar ese hecho (como también lo puede ser la caída del avión en El señor de las moscas) es mínimo si lo comparamos con el tormento que están causando los propios chilenos. Al igual que en el libro, la bestia está creciendo y la única forma de combatirla es controlándonos y dándonos cuenta que el sufrimiento no se cura causando más malestar.

Nuestro país tiene un largo trabajo por hacer. No sólo se necesitan reconstruir bienes materiales. Desgraciadamente está surgiendo una herida mucho más grande y profunda que es el daño que están haciendo los propios ciudadanos a muchos de sus pares. Esperemos que esta ceguera pase pronto y que juntos logremos ayudar a quienes más lo necesitan. Que la reconstrucción de nuestro país nos ayude a fortalecer los cimientos de nuestra sociedad y que el mal no termine arrasando a la bondad. No vaya a ser cosa que, al igual que los pequeños de El señor de las moscas, el dolor más grande no venga del terrible terremoto sino que de nosotros mismos.

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Hace años que no pasaba por esas calles. Ya había olvidado el olor a lavanda y las veredas amplias que albergaban en sus costados casas que aún conservaban rasgos de la grandiosidad que alguna vez tuvieron. Eran igual a esas mujeres ancianas, que pasando por alto las arrugas, uno puede percibir la belleza que guardaron sus ojos en su juventud. Y cómo olvidar los plátanos orientales, putos árboles que tienen a medio Santiago con alergia. Pero ellos siguen ahí, enormes, dando sombra en los días en que el sol no parece cansarse e inundando las veredas de ese polvillo amarillo que se mete en las narices.

No quería volver a ese barrio, menos aún a esa esquina. Ahí estaba la antigua casa que me sostuvo durante 5 años. Aún mostraba su belleza exterior. Pero no podía engañarme, no a mí. Ya sabía que por dentro las maderas se estaban pudriendo, las cañerías estaban corroídas y tras el follaje de las plantas reinaban las ratas. Sí, esos asquerosos animales. Maldita plaga que jamás se pudo exterminar. Al final se hicieron inmune al veneno, las desgraciadas incluso se lo comían frente a cualquiera. Se paseaban entre las personas como si fueran unos más de la casa. En medio del silencio de la noche uno escuchaba sus patitas recorriendo de un lugar a otro, ávidas por comida. Y cuando encontraban lo deseado, lanzaban ese chillido agudo que ensordecía los sueños.

Definitivamente no pensaba que volvería a ver ese lugar. Por demasiado tiempo guardé los años vividos ahí como una historia de fantasía. Mi mente quería creer en la imposibilidad de que una pesadilla de esa índole fuese realidad. Cuando recién llegué a las puertas de esa casa tenía cerca de trece años. En mi mente de niña, me imaginaba entrando al ceno de la podredumbre. A medida que me fui aclimatando al ambiente, quise convencerme que ese sentimiento era sólo un mal presentimiento y que las cosas no eran tan oscuras como yo creía. Hizo falta que me fuera para que me diera cuenta que mi mente inexperta se había equivocado, pero no porque el lugar no estuviese podrido, sino que mi error fue creer que todo había sido parte de mi imaginación.

Recuerdo el primer día en ese lugar. Mis padres habían fallecido hace poco en un accidente automovilístico. Tampoco tenía hermanos, así que me fui a vivir con una hermana de mi padre y su familia. Vi las caras de mis tíos y quise salir corriendo… pero ¿dónde? Guardé silencio y agaché la cabeza. No había que ser muy inteligente para darse cuenta que mi presencia era un estorbo. Aquí venía la pequeña intrusa a sacarlos de su rutina, a invadir a su familia y usurpar de sus preciados bienes. Agradecí, y hasta el día de hoy sigo agradeciendo, que me dieran un dormitorio para mí sola. Creo que ellos lo hicieron para que yo no fuera a importunar a prima, o al menos eso pensé en un principio. Pero para mí ese fue mi refugio. Ahí pasaba gran parte de mis días soñando con otra realidad, inventando cuentos en los que se me permitía tener otra vida y leyendo historias que me dejaban olvidar la vida.

Mi prima tampoco fue de gran ayuda. Cuando mis padres estaban vivos siempre tuvo una sonrisa para ofrecer. Pero ahora todo era distinto. Yo estaba sola y no tenía dinero ni edad para valerme por mí misma. Ellos no me querían en su hogar pero tampoco podían tirarme a la calle… ¿qué pensaría la gente si hubiesen hecho eso? Así que estábamos todos atrapados. Yo no tenía los medios para huir y ellos eran presa del qué dirán. “Haz esto,” “haz esto otro,” “limpia aquí,” o “mueve esto para allá”. No eran personas de escasos recursos, al contrario, siempre tuvieron dos empleadas, o “nanas” como se les llamaba en ese entonces. Sin embargo gozaban dándome órdenes. Les gustaba sentir que me dominaban y que yo estaba para servirles. Al principio traté de revelarme, pero pronto aprendí que era mejor callar.

– Aquí nadie está atrapado, pero las reglas de la casa son estas. Al que no le gusta, que recuerde que la puerta es ancha. – Me recordaban una y otra vez mis tíos.

Sólo en las noches me sentía realmente libre. Le ponía seguro a la puerta, abría la ventana y fumaba cigarrillos. Uno tras otro, escuchando música, escribiendo o leyendo. Sin embargo una noche comencé a percibir algo que no había notado antes. Estaba tendida en mi cama, a punto de quedarme dormida, cuando sentí que alguien trataba de abrir la puerta. Me hice la dormida y luego de un par de intentos, escuché el crujido de la puerta del dormitorio de mi prima. El parqué del piso se sentía retumbar, suavemente, pero de manera constante. Al poco tiempo, se volvió a escuchar el crujido de la puerta. Después de ese incidente, puse atención y todas las noches era lo mismo: primero la manilla de mi dormitorio que se movía sin éxito y luego el crujido de la puerta de mi prima. No me atreví a decir nada, pero decidí que mi puerta seguiría siempre con llave. Finalmente una noche sentí los pasos de mí tía. Parecía que iba saliendo del baño. “Al fin,” pensé, “ya era hora de que esto parara.” Cuál sería mi espanto cuando escuché a mi tía abrir la puerta del dormitorio de mi prima y simplemente decir, “Vístanse los dos y deja que la niña duerma, vente al dormitorio”.

Me quedé inmóvil, helada, en blanco. No pude pensar nada. Mis ojos se abrieron y no se volvieron a cerrar en toda la noche. Quise ir corriendo donde mi prima, abrazarla, hablarle. Pero la cobardía fue más fuerte. ¿Qué pasaba si me tomaban a mí también? Ni si quiera me atreví a prender otro cigarrillo. Decidí esperar hasta el próximo día y tratar de hablar con mi prima.

–       Ana – le dije a la mañana siguiente cuando estuvimos a solas.

–       ¿Qué?

–       Ya sé lo que está pasando.

–       ¿De qué hablas?

Nunca olvidaré su mirada cuando me respondió. El vacío de sus ojos me hizo perderme por unos minutos.

–       Ya pues, ¿de qué hablas? ¡O crees que tengo todo el día!

–       No, lo siento… sólo digo que sé que tu padre va a tu habitación por las noches y que tu mamá también lo sabe.

–       Ya… ¿y?

–       Sólo que, bueno, que sepas que puedes confiar en mí.

–       ¿En ti? ¡Y para qué querría confiar en ti! ¿¡Qué te pasa!? ¿Me quieres decir algo?

Cuando pensaba que ya no podía seguir sorprendiéndome, mi prima lograba simplemente desquiciarme. Decidí finalizar la conversación excusándome y diciéndole que el cansancio me tenía loca. Aún pienso en su reacción. ¿Habrá tenido miedo? Quizás la vergüenza de que sus padres la estuvieran utilizando de esa forma había bloqueado su sentido de la realidad y simplemente había dejado de cuestionarse sobre las atrocidades que se cometían contra ella todas las noches. Me fui al jardín y encendí un cigarrillo. Fue esa misma tarde cuando me topé con la primera rata. Dí un grito de espanto pero luego agradecí su presencia. Al menos había logrado desviar mis pensamientos hacia otros lugares.

– ¡Señorita! ¡SEÑORITA! ¡Córrase de ahí por favor!

Un albañil me trajo de vuelta. Tras mi espalda se venía acercando una retroexcavadora. Dando unos pasos hacia el lado, observé cómo la máquina entraba en la casa y comenzaba a remover la tierra.

–       ¿Qué está pasando? – le pregunté al trabajador que me había gritado.

–       Lo mismo que en muchos terrenos de por aquí. Van a construir un edificio.

El hombre no alcanzó a terminar de hablar cuando vimos una tropa de ratas corriendo en dirección nuestra. Los dos saltamos hacia la vereda dándole espacio a los infestos animales para que escaparan.

–       ¿Y los dueños de la casa? – me atreví a preguntar.

–       No se sabe bien. Según se rumorea que tenían una hija que simplemente enloqueció de la noche a la mañana. Luego de matar a sus padres se habría suicidado. Pero no es seguro, quizás sólo sean rumores.

–       Sí, quizás.

Hasta las ratas habían dejado su guarida para darle una oportunidad al futuro. Decidí seguir mi camino con la condición de pasar de vez en cuando por esa esquina. El pasado ya no se podía borrar, tampoco quería hacerlo. Simplemente quería tener la certeza de que seguiría siendo parte de una etapa que jamás se volvería a repetir. En palabras más simples, que el pasado no fuera más que pasado.

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