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Posts Tagged ‘maternidad’

Bajo mar

Eres tú quien está en mi mente día y noche. Quiero desprenderme. Quiero volver a crear en libertad. Me cuesta aceptar que tú eres mi creatividad. Sí, eres parte de mí. Somos uno… aunque en dos cuerpos. ¿Compartimos el alma? No, creo que simplemente mi etereidad te pertenece. Debo sumergirme en ti. En toda la grandeza que tu pequeñez me da y dejar que aflore todo lo que llevo dentro gracias a tu presencia. Has marcado mi vida. No te puedo borrar. No quiero borrarte. Quiero llevarte siempre a mi lado. Darte felicidad infinita. Verte sonreír cada día con más ansias.

Cerremos los ojos. Bajemos, lentamente. Sintamos el roce de la arena en nuestras pieles. Estiremos los brazos para que nuestras manos alcancen las corrientes. Sigamos hundiéndonos. Lleguemos a las rocas. Que nuestros labios descubran el frío y la aspereza de las piedras. Sintamos el sabor a óxido, a mineral. Que el agua se cuele por nuestras narices hasta transformarnos en peces. Luego podremos nadar. Ni todos los océanos nos bastarán. Recorreremos cada rincón del mar. Conoceremos cada criatura. Sentiremos en la punta de los dedos la suavidad de los escamosos. Pronto, muy pronto volveremos a tierra. Pero por ahora, sólo dejemos que sea agua. Agua pura como tu espíritu. Permíteme sostenerte, acercar tu corazón al mío. Deja que nuestros latidos se fundan en una especie de taquicardia maternal.

Ya crecerás. Ya emprenderás tu propio camino. Pero por ahora algo en mí me grita que te cuide, que te sostenga, que calme tus llantos. Que me pierda en tus ojos para ver el mundo a través de ellos. Eres lo más sincero y auténtico que jamás podrás llegar a ser. No puedes esconder tus emociones aunque lo intentes. No hay cinismos ni máscaras. Eres transparente. Quizás por eso ames tanto el agua. De ahí vienes y en ella ves el reflejo de tu interior. ¡Bailemos! Moviendo los brazos como a ti te gusta. ¡Cantemos! Así descubrirás las palabras que nos permitirán comunicarnos de una manera nueva. ¡Querámonos! No dejemos que el mundo o la vida enturbie nuestros corazones.¡Durmamos! Que sólo así tu cuerpo recobrará la energía que necesita para seguir creciendo.

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Hay algo inexplicablemente solitario en la maternidad. No es sólo el hecho de verse en el día a día sumergida en una rutina en donde no hay otro adulto con quien compartir. Generalmente la persona con la que estamos tiene que hacer de sustento económico por lo que sus días se van en el trabajo fuera de casa. Pero ese sentirse solo no es el dilema. Más bien estoy hablando de la Soledad con mayúscula. Esa que entra sin avisar y sin ser bienvenida. Sin que nos demos cuenta se sumerge en cada rincón de nuestra existencia. Y entramos en un período de incomprensión, de sentirnos apartadas o, en palabras más simples, en un planeta totalmente distante a este. Tratamos de volver, de aterrizar de alguna forma, pero ese bebé que llora incansablemente y que muchas veces no parece tener causa aparente para su llanto tiene más fuerza que nosotras y no nos permite salir de esa tierra de nadie. Nos quedamos metidas ahí, sin poder ni querer escapar realmente. Porque es cierto, el sólo pensar en dejar al bebé abandonado en su mundo sin nosotras nos destroza y preferimos tragarnos el llanto con tal de sentir su cuerpo apaciblemente durmiendo sobre el nuestro. Se nos escapa la vida. No hay tiempo para nada. Ducharnos, sentarnos a disfrutar un plato de comida o, para que hablar, arreglarnos un poco junto a esa vanidad tan propia de las mujeres, pasa a ser un lujo inalcanzable. De alguna forma, de eso hablan tanto el libro “La maternidad y el encuentro con la propia sombra” de Laura Gutman y “Mother Reader: Essential Writings on Motherhood” editado por Moyra Davey.

La doula argentina Laura Gutman trata en su libro sobre la necesidad de la mujer de darle espacio a su sombra. Y ¿qué es su sombra? Es todo aquello que ocultamos, que no queremos admitir, que nos duele al punto de decir basta. Es nuestro pasado mezclado con los temores que él acarrea para el futuro. Es el desprendernos de nuestra esencia de mujer porque el mundo en el que vivimos anula la verdadera femineidad y junto a ella todo instinto maternal. Inconscientemente se nos presiona para que rápidamente nos recuperemos del parto: que bajemos de peso, que dejemos de lado la ropa de embarazada, que nos arreglemos, que recuperemos la sensualidad y la libido, que la casa esté en orden, que los niños estén aseados y acostados a una hora prudente y, por si fuera poco, que no dejemos de lado nuestras pasiones intelectuales. Muchas veces nos vemos obligadas a volver a nuestros trabajos cuando el bebé no tiene más de tres meses de edad. Me pregunto si quienes hacen las leyes han visto realmente lo débil que es un ser humano a esa edad. Creo que no tienen noción de cuan necesitada está una persona de tres meses y cuánto necesita su madre tenerlo cerca. Ahí viene el corte del apego. Generalmente el bebé queda en manos de alguna cuidadora quien, en el mejor de los casos, pasa a ser la figura materna del recién nacido (mejor no mencionar los casos de abusos que muchas veces se cometen contra los pequeños).

En ese sentido “Mother Reader…” contrasta con “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”. En el libro inglés nos encontramos con una serie de artículos escritos por importantes mujeres que entraron fuerte en el mundo intelectual. Así, vemos la pluma de personajes que van desde Virginia Woolf hasta Doris Lessing. Estas reconocidas mujeres muestran la realidad que muchas veces acarrea la maternidad: por un lado está el amor incondicional hacia el hijo y por otro esa desesperación de ver que el pequeño nos arrebata nuestro mundo. Dejamos de ser quienes éramos para transformarnos en una sola palabra: madre. Si no se tiene eso claro, sucede lo que a muchas de estas famosas mujeres les sucedió. Se sintieron anuladas y atrapadas por sus hijos. Tenemos que estar dispuestas a desprendernos. Debemos ser capaces de entender que el “yo” pasa a ser un “nosotros” con el bebé. Laura Gutman define este concepto como “mamá-bebé” ya que ambas personas pasan a ser una. Cualquiera que sea madre sabe que el pequeño que tiene en sus brazos es capaz de absorber sus emociones y de comprenderla aún cuando no sea capaz de entender las palabras que le dice su madre. Así también, cualquier sentimiento o sensación que tenga el bebé también es vivida por la madre.

Jamás he oído a una madre decir que se arrepiente de haber emprendido el viaje de la maternidad. Lo mismo puedo decir de los padres (incluso esos casos en que ya sea la madre o el padre dejan mucho que desear). Si el sacrificio es tan grande, ¿cómo se explica la gratificación y el deseo casi innato del ser humano por tener familia? La pregunta se responde con una sola palabra: trascendencia. Los hijos nos dan esa continuidad que tanto busca el ser humano. Son un regalo milagroso que llega a nuestras vidas y nos llenan de amor. Quizás los sentimientos más puros que pueda albergar una persona sea hacia un hijo. Por eso nos impacta tanto cuando nos enteramos de padres que maltratan a sus hijos. Inmediatamente pensamos que son anti-natura.

Para terminar, miremos el caso de la familia por excelencia: la sagrada familia. María es ejemplo de madre para toda mujer. Se entregó por entero a su Hijo y cuando  llegó el momento indicado, supo desprenderse y dejar que se hiciera Su voluntad. José, por su parte, fue el sustento, el educador, el traedor de paz y tranquilidad. Aún las personas no creyentes deben ser capaces de observar que ahí está el núcleo de la familia, de la sociedad y uno de los pilares de la trascendencia del hombre. Todo aquello me hace pensar que quizás tanto libro de psicología y auto-ayuda para la crianza de los hijos está de más. Sólo basta mirar la historia y darnos cuenta que ya todo se ha dicho.

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Te miro a través de la ventana mientras le doy espacio al humo del cigarrillo que se escapa de mi boca y se enreda en mi pelo. Veo cuan delicado eres. Quiero romper ese vidrio y tenerte en mis brazos. Perderme en tus ojos que me recuerdan incansablemente al amor de mi vida. Quiero tenerte cerca. Sentir tu cuerpo junto al mío y que nuestros latidos se fundan en uno. Quiero tomarte y calmar tu mirada ansiosa. Pero esa maldita barrera de cristal me impide acercarme. Tengo que contemplarte de lejos. Mis temores son el gran impedimento para amarte libremente. Pero ahí estás tú. Silencioso, atento, esperando con paciencia infinita que supere los miedos y acuda a tu encuentro. Decido apagar el cigarrillo a medio camino y me levanto. Me acerco un poco más al ventanal. Estás tendido en la cama y estiras ambos brazos hacia arriba. Quieres agarrar algo o a alguien. No lo sé bien. ¿Me estarás buscando a mí? Me aterra tu necesidad y sin embargo necesito sentirla. Necesito saber que dependes de mí así como yo dependo de ti. Hay un lazo inquebrantable que me hace amarte con locura. Ya no eres parte de mi cuerpo pero sigues siendo parte de mí. Siento que no hay salida. Estás aquí para quedarte y esa es mi bendición. Necesito a mi madre. Sí, es a ella a quien busco para que tomando mi mano me guíe a tu encuentro. Cierro los ojos para no seguir buscándote. Me empapo de calor. No sé de dónde viene esa sensación cuando el otoño ya asoma sus primeros rayos. Pero me dejo llevar. Sigo con los ojos cerrados y lloro sin derramar lágrimas. Finalmente la veo… más bien, la siento. Me da ese abrazo que tanto necesito. Me susurra las palabras de amor que sólo una madre es capaz de dar. Emulando a una marioneta, ella va dirigiendo mis pasos. Me aleja de la ventana y me permite entrar. Me acerca a ti. Me sonríe y me dice que le recuerda a la primera vez que me tuvo en sus brazos. Me hace abrir los ojos y toparme contigo. Sigues ahí, indefenso, moviendo tus brazos y tus piernas tratando de alcanzar un cuerpo amigo. Aunque temo quebrarte, te tomo. Doy un gran respiro y te acerco a mi cuerpo. Estoy completamente perdida en ti. Tu pequeñez tiene una grandeza indescriptible. Ahora sí salen las lágrimas. Te abrazo con fuerza, beso tu cara y vuelvo a buscarla a ella. Quiero agradecerle. Pero ya se ha ido. Ha vuelto a desaparecer. No importa, ahora te tengo a ti. Sin estar aquí ella logró traerme a tu encuentro. Y ahora que te tengo no te vuelvo a soltar. Este abrazo que nos une aquí y ahora no se puede romper ni con la distancia más grande. Eres mi aliento, mi razón de ser, mi propósito y mi fin último.

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