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Bajo mar

Eres tú quien está en mi mente día y noche. Quiero desprenderme. Quiero volver a crear en libertad. Me cuesta aceptar que tú eres mi creatividad. Sí, eres parte de mí. Somos uno… aunque en dos cuerpos. ¿Compartimos el alma? No, creo que simplemente mi etereidad te pertenece. Debo sumergirme en ti. En toda la grandeza que tu pequeñez me da y dejar que aflore todo lo que llevo dentro gracias a tu presencia. Has marcado mi vida. No te puedo borrar. No quiero borrarte. Quiero llevarte siempre a mi lado. Darte felicidad infinita. Verte sonreír cada día con más ansias.

Cerremos los ojos. Bajemos, lentamente. Sintamos el roce de la arena en nuestras pieles. Estiremos los brazos para que nuestras manos alcancen las corrientes. Sigamos hundiéndonos. Lleguemos a las rocas. Que nuestros labios descubran el frío y la aspereza de las piedras. Sintamos el sabor a óxido, a mineral. Que el agua se cuele por nuestras narices hasta transformarnos en peces. Luego podremos nadar. Ni todos los océanos nos bastarán. Recorreremos cada rincón del mar. Conoceremos cada criatura. Sentiremos en la punta de los dedos la suavidad de los escamosos. Pronto, muy pronto volveremos a tierra. Pero por ahora, sólo dejemos que sea agua. Agua pura como tu espíritu. Permíteme sostenerte, acercar tu corazón al mío. Deja que nuestros latidos se fundan en una especie de taquicardia maternal.

Ya crecerás. Ya emprenderás tu propio camino. Pero por ahora algo en mí me grita que te cuide, que te sostenga, que calme tus llantos. Que me pierda en tus ojos para ver el mundo a través de ellos. Eres lo más sincero y auténtico que jamás podrás llegar a ser. No puedes esconder tus emociones aunque lo intentes. No hay cinismos ni máscaras. Eres transparente. Quizás por eso ames tanto el agua. De ahí vienes y en ella ves el reflejo de tu interior. ¡Bailemos! Moviendo los brazos como a ti te gusta. ¡Cantemos! Así descubrirás las palabras que nos permitirán comunicarnos de una manera nueva. ¡Querámonos! No dejemos que el mundo o la vida enturbie nuestros corazones.¡Durmamos! Que sólo así tu cuerpo recobrará la energía que necesita para seguir creciendo.

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Sonó una sirena. Miró en su dirección y vio una cascada de monedas cayendo de un aparato. El hombre sentado frente a la máquina salió de su estupor y se le dilataron las pupilas. Abriendo sus manos puso su nueva fortuna en una mochila. Quienes lo rodeaban no podían desprender los ojos del dinero que salía sin cesar del aparato estridente. Dejó de lado el espectáculo y se dirigió a la barra. Con la entrada venía de regalo un espumoso. Al acercar la copa, las burbujas le golpearon la cara. En su boca el baile del licor fue aún más fuerte. Cerró los ojos y sintió el frenesí de la espuma mezclándose en su estómago vacío. Pidió un vaso de agua y trató de refrescar su boca. Aún con el vino dando vueltas en su cabeza se dirigió al cajero y retiró $200.000 pesos. Se quedó mirando los billetes en sus manos. Sus dedos querían acariciar los pedazos de papel y dio una gran inhalada que le hizo sentir el aroma de las miles de manos que ya habían pasado por ahí.

–       Disculpe, ¿terminó?

Miró hacia atrás para ver quién le hablaba. Era una mujer de edad que andaba con una cartera de mimbre colgada de un brazo y su tarjeta de crédito en una mano. Detrás de ella habían 5 personas esperando. Rápidamente retiró su tarjeta del cajero y puso los billetes en su bolsillo. Caminó sin dirección por el casino. Sus manos sudadas frotaban una y otra vez los billetes que reposaban en su panatlón. Quería entender en qué situación se había metido, pero se daba cuenta que era demasiado tarde para entrar en divagaciones. Tenía que seguir adelante con la decisión pactada. Tanto los 200 mil pesos como su vida dependían del azar.

Finalmente volvió a la entrada del recinto. Las máquinas seguían lanzando sus gritos sectarios. Colores y luces salían de todas ellas. Sintió que estaba frente a una posesión. No había ninguna regla que seguir. Sólo se necesitaba insertar una moneda, girar una palanca, escuchar la música infernal y dejar la mirada fija en el tablero esperando que las piezas calzaran y que se lanzara el sirenazo que avisaba a todos que había un nuevo ganador. La ambición y el ruido causaba una leve sensación de adormecimiento. A pesar de perder una moneda tras otra, mantenían la esperanza de escuchar, aunque fuera una sola vez, el escalofriante ruido de las monedas chocando contra el metal. El tiempo estaba detenido en esa noche sin oscuridad. En medio del tumulto se volvió a escuchar una monótona melodía. Ya no era una sirena, sino un chasquido de circo de mala muerte. Una de las máquinas comenzó a lanzar destellos de luz que sobrepasaban al de sus compañeras. Tres camapanzos retumbaron en el oído de quienes idolatraban al aparato que escupía monedas. Ahora la ganadora era una mujer. Con taquicardia se acaparó de su ganancia y la puso raúdamente en su cartera de cuerina. Finalmente la máquina volvió a sus ruidos habituales y se acabaron los cinco minutos de fama de la afortunada.

Agobiado decidió tomar otro vaso de agua. En una esquina del bar una mujer jugaba con el humo de su cigarrillo mientras se acompañaba de un martini. El humo entraba por su boca, tocaba suavemente su garganta y salia por sus labios. Entre una fumada y otra revolvía la aceituna verde que flotaba en la copa. Se le acercó un par de sujetos y le contaron sobre sus triunfos. Ella no tenía interés en mirarlos, pero le llamó la atención la conversación. Finalmente se aburrió de las jactancias de los vejetes y se fue con su copa a sentarse a otro lado. Irritados, los individuos la siguieron y pusieron un paquete encima de sus piernas descalzas. Sin abrirlo, la muchacha guardó el regalo en su cartera. Dejó la copa de martini sobre la barra y se marchó entre los brazos de los desconocidos.

La escena le hizo dudar si quizás estaría presenciando una película de Hollywood. Junto con ir avanzando las horas aumentaba el humo y cada vez se hacía más difícil respirar. Ya no había espacio para pensar, el dinero reinaba. Al llegar la madrugada fue cambiando el ambiente. Ahora llegaban hombres de terno y corbata, con ojeras y un whisky en sus manos. Se sentaban en las mesas de juego y ponían sobre la mesa sus fajos de billetes. Él los miraba y sentía su cuerpo arder por dentro. Luego recordaba el maldito número 21 y se estremecía de frío.

No quería seguir esperando más. Se dirigió a paso rápido a una mesa que tenía una ruleta al final. Todos hacían sus apuestas mientras él compraba sus fichas. Un hombre en silla de ruedas manoseaba un habano mientras cargaba la mesa con sus piezas. Otro individuo con ropa añeja y barba de varios días discutía con su compañero de juego si apostaban $20.000 ó $50.000. Ambos tenían una libreta andrajosa en la cual iban haciendo cálculos matemáticos. Al parecer uno de ellos era profesorde matemáticas ya que conocía los estudios de probabilidades a la perfección. Comenzó a tiritar y recordó el mito de había tras ese juego que tantas veces lo había acompañado. Algunos creían que había sido Pascal quien, obsesionado con la idea del movimiento, había creado el concepto de la ruleta. Pero a él le gustaba creer en la versión de Blanc, quien se dice que formó una alianza con el diablo para entender aquel círculo que, al sumar todos sus números, daba como resultado 666. Tal como lo había hecho Blanc, ahora él se entregaba por completo a la ruleta y apostaba su vida al 21. Puso $10.000 sobre su preciado número. Primera jugada, número ganador, el 6. Miró al resto de los jugadores. Todos estaban absortos en sus propias apuestas y no notaron su fracaso.

Apostó otros $10.000 al 21. Número elegido, 13. La casa volvía a ganar. A la tercera, esperó hasta que el croupier arrojara las palabras “no va más” y realizó una apuesta más sin mayor éxito. Comenzó a sentir su rostro acalorado. Le iban quedando $170.000. Buscó la barra con sus ojos. Ahí estaba nuevamente la mujer del martini. Tenía la pintura de los ojos corrida y el pelo desordenado. El pronunciado escote de su vestido permitía ver la excitación de sus pechos. Palpó el calor de sus billetes dentro de su bolsillo. La mujer sintió sus ojos sobre ella. Mirándolo sonrió y humedeció sus labios con alcohol. Él apretó su toqueteado dinero y trató de concentrarse en la ruleta. Podía sentir los ojos de la extraña sobre él. Fue una larga espera hasta la próxima apuesta. Sin pensarlo, puso los $170.000 restantes sobre el 21. No tenía sentido seguir esperando. Era todo o nada. La ruleta dio su último giro y él movía sus ojos al compás de su danza. Finalmente se detuvo. Número ganador, el 20. Levantó la vista hacia la barra. La mujer ya no estaba. El calor se hizo insoportable. Trató de enfocar la vista. Los rostros se le aparecían largos y flacos. Las sonrisas flácidas y los labios gruesos que camuflaban ojos pequeños. Abrió y cerró sus ojos hasta que logró recuperarse. Notó que todos estaban esperándolo para ver si volvía a apostar. Al ver que se alejaba de la mesa, el croupier volvió a lanzar sus palabras y siguió el juego.

Al salir sintió la brisa húmeda en su rostro. De a poco volvía a la realidad. Se subió al auto y encendiendo un cigarrillo bajó la ventana. Se quedó sentado sin prender el motor. Escuchaba las olas mientras el cielo lo amenazaba con el alba.

Revisó su celular. Nadie había llamado, pero la pantalla del teléfono le recordó que ya era 21 de febrero. Tiró el teléfono en el asiento del copiloto y echó a andar el auto. En menos de dos horas estaría en la casa de sus padres. No sabía qué excusa daría para justificar su ausencia durante toda la noche. Esperaba que los preparativos del matrimonio los distrajera. Lanzó una última mirada al mar que se perdía en el espejo retrovisor. Apoyó su cabeza en el respaldo del asiento y suspiró.

Recordó al croupier. Las palabras “no va más” hicieron eco en sus pensamientos.

–       Sí va más… mucho más. – dijo en voz alta.

Pascal nuevamente en su mente. La teoría de la probabilidad, la ruleta dando vueltas, el movimiento, la vuelta a los orígenes y Dios. Mañana ya estaría casado y comenzando una nueva vida junto a Acacia.

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