Feeds:
Posts
Comments

Posts Tagged ‘madre’

Desde pequeña odiaba las siestas. Recuerdo esa sensación de letargo que se producía el fin de semana después de almuerzo. Los adultos se iban a descansar y los niños nos quedábamos solos y aburridos esperando que los mayores se levantaran para seguir con los juegos. Al irse a dormir, los padres apagaban las luces del día y aún en pleno verano uno veía una nube que tapaba los rayos de sol. Fui creciendo y mi rechazo hacia las siestas se mantuvo. Aún en mis años universitarios cuando el peso de los estudios me gritaban a mares que cerrara por unos minutos los ojos, no estaba dispuesta a hacerlo. Sentía que me cortaba el día y que no podía simplemente dormir un rato… si dormía lo hacía como si fuese de noche por lo que no me volvía a levantar hasta el próximo día. ¡Qué pérdida de tiempo! ¿No?

Luego me casé y con mi marido se repitió la historia. Se iba a dormir siesta y yo le pedía que no se demorara mucho porque, al igual que cuando pequeña, sentía que me quedaba jugando sola. Impresionante el hombre, con 15 ó 20 minutos logra recargar sus baterías.

Pues bien, siguieron pasando los años y ahora tengo un hijo. Hace poco cumplió 7 meses. Ahora sí que la siesta ha tomado una nueva dimensión. Constantemente estaba poniendo a prueba la capacidad de aguante de mi bebé. Aunque poco a poco logra estar más tiempo despierto, lo cierto es que necesita descansar constantemente, cerrar sus ojitos y dormir. Ante tanta conmoción opté por no seguir dándole la batalla a las siestas. Decidí que si mi hijo duerme, yo también puedo hacerlo. Así, he ido practicando el arte de la siesta. Los primeros intentos fueron un desastre. Me ponía pijama y me metía bajo las sábanas, como si fuese de noche. Me daba vueltas y vueltas en la cama sin lograr entrar en sueño hasta que finalmente pasaban las horas y mi eficiente y pequeño hijo me avisaba que él ya estaba listo con el descanso. Nuevamente me vestía y lo iba a buscar. Finalmente hace unas semanas atrás la Siesta me abrió sus brazos. ¡O dulce refugio! Jamás pensé que algo se pudiera sentir tan bien. Me sumergí en el dormir con una profundidad difícil de alcanzar aún en las noches. Y el despertar, ¡oh! el despertar. ¡Qué delicia! 60 minutos y me encuentro más descansada que en las mañanas después de haber dormido 8 horas seguidas.

Ahora todo me hace sentido. Yo que me burlaba de mi marido diciéndole que sólo en provincia se duerme siesta. Con razón hay todo un movimiento dando vueltas que busca rescatar el derecho a la siesta. Estudios han comprobado que los empleados que tienen derecho a una siesta de 60 a 90 minutos son notablemente más eficientes que aquellos que no pueden descansar después de almuerzo. Especialistas en sueño también luchan para que los pequeños puedan tener al menos una siesta diaria hasta los 4 años (algo que claramente no se respeta ni en los colegios ni en los jardines infantiles). Lo anterior se suma al hecho biológico que después de comer comienza a funcionar el sistema digestivo. Este esfuerzo produce, inevitablemente, somnolencia.

A chicos y grandes, todos por igual, ¡necesitamos la siesta! Los mayores producen más y los pequeños reponen energías y les ayuda al crecimiento físico y neuronal. ¡QUÉ VIVA LA SIESTSA ¡Atrás todos los que se opongan a ella! De ahora en adelante soy una ardua defensora de esta maravillosa experiencia. En cuanto a mi hijo, dejaré que su sabio cuerpo me guíe y si quiere dormir, ¡qué duerma! ¡Dulces siestas a TODOS!

 

* Siempre he tenido mis reparos respecto a Wikipedia, sin embargo encontré estas palabras sobre el origen de la palabra siesta y quise compartirlo: “La siesta es una costumbre consistente en descansar algunos minutos (entre veinte y treinta, por lo general, aunque puede durar un par de horas) después de haber tomado el almuerzo, entablando un corto sueño con el propósito de reunir energías para el resto de la jornada. . Está presente en algunas partes de España y Latinoamérica, pero también en China, Taiwán, Filipinas, India, Grecia, Oriente Medio y África del Norte Esta palabra viene de la expresión latina hora sexta, que designa al lapso del día comprendido entre las 12 y las 15 horas, momento en el cual se hacía una pausa de las labores cotidianas para descansar y reponer fuerzas. La lengua española fue la que creó el término.”

Read Full Post »

Te miro a través de la ventana mientras le doy espacio al humo del cigarrillo que se escapa de mi boca y se enreda en mi pelo. Veo cuan delicado eres. Quiero romper ese vidrio y tenerte en mis brazos. Perderme en tus ojos que me recuerdan incansablemente al amor de mi vida. Quiero tenerte cerca. Sentir tu cuerpo junto al mío y que nuestros latidos se fundan en uno. Quiero tomarte y calmar tu mirada ansiosa. Pero esa maldita barrera de cristal me impide acercarme. Tengo que contemplarte de lejos. Mis temores son el gran impedimento para amarte libremente. Pero ahí estás tú. Silencioso, atento, esperando con paciencia infinita que supere los miedos y acuda a tu encuentro. Decido apagar el cigarrillo a medio camino y me levanto. Me acerco un poco más al ventanal. Estás tendido en la cama y estiras ambos brazos hacia arriba. Quieres agarrar algo o a alguien. No lo sé bien. ¿Me estarás buscando a mí? Me aterra tu necesidad y sin embargo necesito sentirla. Necesito saber que dependes de mí así como yo dependo de ti. Hay un lazo inquebrantable que me hace amarte con locura. Ya no eres parte de mi cuerpo pero sigues siendo parte de mí. Siento que no hay salida. Estás aquí para quedarte y esa es mi bendición. Necesito a mi madre. Sí, es a ella a quien busco para que tomando mi mano me guíe a tu encuentro. Cierro los ojos para no seguir buscándote. Me empapo de calor. No sé de dónde viene esa sensación cuando el otoño ya asoma sus primeros rayos. Pero me dejo llevar. Sigo con los ojos cerrados y lloro sin derramar lágrimas. Finalmente la veo… más bien, la siento. Me da ese abrazo que tanto necesito. Me susurra las palabras de amor que sólo una madre es capaz de dar. Emulando a una marioneta, ella va dirigiendo mis pasos. Me aleja de la ventana y me permite entrar. Me acerca a ti. Me sonríe y me dice que le recuerda a la primera vez que me tuvo en sus brazos. Me hace abrir los ojos y toparme contigo. Sigues ahí, indefenso, moviendo tus brazos y tus piernas tratando de alcanzar un cuerpo amigo. Aunque temo quebrarte, te tomo. Doy un gran respiro y te acerco a mi cuerpo. Estoy completamente perdida en ti. Tu pequeñez tiene una grandeza indescriptible. Ahora sí salen las lágrimas. Te abrazo con fuerza, beso tu cara y vuelvo a buscarla a ella. Quiero agradecerle. Pero ya se ha ido. Ha vuelto a desaparecer. No importa, ahora te tengo a ti. Sin estar aquí ella logró traerme a tu encuentro. Y ahora que te tengo no te vuelvo a soltar. Este abrazo que nos une aquí y ahora no se puede romper ni con la distancia más grande. Eres mi aliento, mi razón de ser, mi propósito y mi fin último.

Read Full Post »