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Posts Tagged ‘Luna’

Para Kenzo Agustín: mi carita de luna llena.

Desde hace tres mil años y más que la  Luna y el Ocaso están perdidamente enamorados. Durante numerosas décadas intentaron opacar sus sentimientos ya que en el fondo de sus corazones sabían que, de amarse, el Tiempo siempre les impediría compartir la eternidad. De esa forma, pasaban y pasaban los años. En ese tiempo, tanto la Luna como el Ocaso experimentaron hermosas maravillas de este mundo y del de más allá. A pesar de los cambios que se manifestaban en torno a ellos, algo se mantenía constante e inquebrantable: el amor que se tenían. Cuando cumplieron mil años de amor silencioso, el Ocaso aprovechó los escasos minutos que tenía para hablar con la Luna. En pocas y sinceras palabras le dijo que la amaba y que durante mil años había tratado de sacarla de su mente, pero todo había sido en vano. La Luna, respondiendo con alegría, también confesó su amor por el Ocaso y admitió que de nada servía no estar juntos ya que jamás podría estar con nadie más. Y así, resignados a no tener más tiempo que lo que dura el Ocaso, manifestaron su amor ante Dios pidiéndole al Padre que bendijera su unión.  De esta forma, su amor quedó consagrado.

Durante dos mil años, marido y mujer se veían por algunos minutos antes de la muerte diaria del Ocaso. Luego, la Luna se quedaba sumergida en la noche llorando y transformando cada una de sus lágrimas en estrellas que iban iluminándola por doquier. Esperaba con ansias el próximo día para volver a encontrarse con su amado. El Ocaso, por su parte, entraba en un sueño profundo y recordaba a la Luna en sueños. Habían sido tantas las lágrimas de la Luna que la noche carecía de oscuridad y una estela de estrellas se desprendía del corazón de la Luna. Al ver tan bello y sincero amor, Dios decidió premiar a la Luna y al Ocaso. Cuál sería la sorpresa de ambos al ver que la Luna, que siempre había sido esbelta y alta, repentinamente comenzaba a tener una barriga. Cada día que pasaba la Luna se iba poniendo más redonda. Veinte y ocho días más tarde, la Luna besó a su esposo y esperó que éste entrara en sueño para pedirle a las estrellas que la ayudaran a parir. Ahí estaba la Luna, redonda, rebosante, blanca y brillante. Entre gritos de alegría vio nacer a su hijo, una pequeña estrella fugaz. Pequeña, redondita y ansiosa por ir a recorrer los cielos. Al otro día, cuando el Ocaso apareció, vio a su hijo nadando en los cielos. La pequeña estrella fugaz le confirmaba lo que él sabía: su corazón era y siempre sería de la Luna. Desde ese día la Luna dejó de llorar estrellas. Su hijo le recordaba a diario que el amor que sentía por el Ocaso era una bendición. Y aunque siempre dejaba que el pequeño corriera libremente, cada cierto tiempo la pequeña estrella se acurrucaba con su madre y la Luna se volvía a ver llena.

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