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Posts Tagged ‘J.T.K.B.’

Today my husband asked my 14 month old what they were getting me for mother’s day. I’ll be honest, I don’t need anything. Just having my family is a gift that is far better than anything you could buy in a store. But I still felt an urge of proudness by the fact that here I am, happily married, with a little boy that smiles at me daily and a 32-week-old baby in uterus. Seriously, could I be any happier? Not even in my best invented fairy tales could I have imagined myself having such a fulfilling life. And yet, reality checks on me every day to wake me up and tell me this is not a fantasy. Life can actually become better than our greatest dreams.

I won’t get into the fact that unfortunately mother’s day (just like father’s day, children’s day, valentine’s day, etc.) has become a filthy commercial event in were the market massages it’s hands viciously as the money gets out of people’s pockets and enters the stores. All of the above is true. Yet, if we try to go past that nasty fact, having a day that commemorates mothers, fathers, children or love is quite noble. I love mother’s day. Always have loved it. When I was little I would eagerly expect the day to arrive because it was one of the few moments where I felt like I could make my mother feel special and loved in every possible way. Sometimes I would cut her a flower of our garden, write her a letter or scribble my first intents of poetry. I know they weren’t great monetary gifts, but they were genuine and all my heart was put into making my mother feel like she was the best mother in the world and beautiful inside out. The best part? My mother understood that and even if I gave her a white piece of paper with a couple of lines written down in a sloppy handwriting, I was giving her the most valuable gift a mother could ever get. That was all I needed. That was all she needed.

Now I think of all the precious things that make me the mother I am. I love the fact that I don’t need an alarm clock because it’s the sweet voice of my son the one that wakes me up every day. I love when I’m still not able to open my eyes and I turn in bed trying to sleep five more minutes and I feel the body of my husband lying next to me. I love going into my son’s room every morning and seeing him smile and dance in excitement as I sing him some absurd invented song. I love when I’m overwhelmed and my husband hugs me and tells me what a terrific mother I am. I love the feeling of knowing that my son can rely on his mother and his father no matter what. I love seeing my husband so happy with the family we are creating that he can picture us surrounded by children enjoying the blessing God has given us with the possibility of having kids. I love the fact that even when I’m having a terrible day I know it’s just that: a terrible day; because I have the certainty it’s something temporary. I love going to bed every night feeling my second son kicking and punching inside me. Even though sometimes I’m scared to death by the fact that soon two babies will be running around, I’m absolutely eager to meet the new boy that will join our family. For all this and much more, I’m grateful to God, to my family and to life.

To finish, you might be wondering why I’m writing all this in my blog. Well, first of all, because I’m a mother and very to proud of it. Second, because today I received the best gift my son could’ve given me. For the first time, he went to his bookshelf and, like always, started tossing all the books around. The difference was that this time he selected a Dr. Seuss book and went crawling towards me. He put it in my hand and danced and laughed by my side as I read it to him. I couldn’t have been more delighted, but he didn’t stop there. Some hours later, he repeated the same procedure and handed me another Dr. Seuss book. There it is. What greater gift could a mother like me expect? My son has proven to me that he loves books and that all those times in which I read to him doubting if he paid any attention to my words, he was actually listening to the point that he is now able to identify the two books I’ve read him more frequently. I’ll never forget that before my first son was born, I read a review about children’s books written by a mother in where she said that the greatest day was when her son handed her a book for her to read. Those words got printed in my head… and now I’m experiencing it. All I can do is thank God, my husband and sons for making me a mother. And to end it all up: Happy Mother’s Day to every single mother in the world!

*Image: Painting by Pablo Picasso, Mother and Child.

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A J.T.K.B: por darme dos hermosos años de vuelos, juegos y amor.

Esta historia parte con un muchacho que llamaremos J. El joven vivía en un pueblo normal, con una familia normal y con una vida normal. Sin embargo, lo que él más amaba en la vida eran los libros. Sólo ellos lograban transportarlo a todas las realidades y mundos que él osara imaginar. J era un muchacho como cualquier otro, salvo, quizás, que había desarrollado una vida interior tan grande que no necesitaba de las personas. O al menos, eso parecía. Lo que nadie sabía, ni si quiera su padre y su madre, era que J era mucho más que un intelectual. Todo lo que había aprendido leyendo lo usaba como parte de un gran juego imaginario al que sólo él tenía acceso. Así, entre hojas de sabiduría, había aprendido a entretenerse solo y en silencio pues sus amigos jamás tuvieron la capacidad de entrar en sus mundos.

Un día que se parecía a cualquier otro día de invierno, J despertó sintiéndose extraño. La espalda le pesaba. Le costaba moverse y más aún levantarse de la cama. Sus manos intentaban tocar aquellas pesas que llevaba su cuerpo pero sus brazos no eran lo suficientemente largos. Luego de mucho batallar consigo mismo, tomó un espejo y se lo llevó al baño. Cuando vio su reflejo fue tal su asombro que todo su cuerpo se emblanqueció y se sintió mareado. ¡Tenía dos alas pegadas! ¿Habré muerto? ¿Seré un ángel? Se preguntaba J asustado. Pero ninguna de las dos opciones le hacían sentido. Cuando iba camino al baño su madre lo había saludado, por lo que muerto no podía estar. En cuanto a ser un ángel, bien sabía que un ser humano jamás puede transformarse en ángel porque son de naturaleza distinta. Además, sus alas eran demasiado pequeñas, creía imposible volar con ellas. Decidió vestirse rápidamente. Como de costumbre, no le dijo nada a sus padres y salió. Necesitaba caminar sin rumbo. Fue así como sus pies lo llevaron hasta la playa.

Era un día helado, nublado y sin sol. La luz era imperceptible y parecía ser de noche cuando en realidad aún no era medio día. Las olas azotaban con furia las rocas y la orilla de la playa. A J no le gustaba estar con mucha gente, por lo que no solía visitar el mar. Sin embargo, el clima amenazante se había encargado de transformar la playa en un refugio solitario ideal. Se sentó en la arena y trató vanamente de comprender qué le estaba sucediendo. Miró al cielo buscando alguna respuesta, pero no supo descifrar lo que le decían las nubes. Sus ojos, cansados, ya no querían ver nada. Su mente estaba agotada de tanto correr. Cerró los ojos y su mente se apagó entrando en un sueño profundo.

No pasó mucho tiempo cuando las primeras gotas de lluvia sobre su rostro lo despertaron. Aún medio dormido, sintió su cuerpo helado. A lo lejos escuchaba un llanto suave que se mezclaba con el retumbar del mar. Con esfuerzo abrió los ojos y vio, más cerca de lo que creía tener, la silueta de una muchacha con la mirada perdida en el horizonte. J se sentó a su lado y ambos se perdieron en las olas.

-¿Qué te sucede? – preguntó J después de un rato.

-Estoy atrapada. – respondió ella sin voltear la cabeza, como si estuviera hablando sola.

-Yo no te veo atrapada.

-Eso es porque no estás mirando bien. Las rejas que me apresan se hacen cada vez más insoportables. Ya no me queda mucha vida. Pronto moriré.

J no entendía. La miraba ahí, sentada frente al mar, sin ninguna amarra. Su cuerpo no se veía deteriorado. ¿Cómo podía estar muriendo?

-¿Hay algo que te pueda salvar? – se atrevió a preguntar J.

-La libertad. Liberar mi mente de toda amarra y dejarla volar.

-¿Volar?

-Sí, volar Que conozca otros mundos. Que lo inimaginable cobre realidad. Desprenderme del cuerpo y que mi alma me guie.

Volar…volar… sólo en esa palabra podía pensar J. Lo que S, la muchacha, necesitaba, él lo tenía. S le ayudó a entender que gracias a la libertad de su mente había obtenido un par de alas. Hasta ese momento no sabía qué hacer con ellas. Ahora podría ayudar a S y salvarla de la muerte que la acechaba. S, por su parte, podría ser parte de los mundos que J no había sido capaz de compartir con nadie más.

-Dame tu mano.

Ella obedeció sin decir nada.

-Ahora cierra los ojos y deja que te guie.

Lentamente se fueron elevando. S estaba volando. No necesitaba abrir los ojos para comprobarlo. Su alma se encargaba de hacérselo saber. Una a una fueron cayendo las costras de su corazón y su mente dejó de vagabundear por las calles del terror. ¡Finalmente entraba en nuevos y alegres horizontes! Abrió los ojos y lo miró.

-¿Cómo lo hiciste? – le preguntó S.

-Lo hicimos, querrás decir. Yo sólo tenía las alas. Fuiste tú la que supo qué hacer con ellas.

-¡Vámonos!

-¿Volando?

-Para siempre…

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