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Posts Tagged ‘J.D. Salinger’

Hace unos días falleció J.D. Salinger. Entre tanta noticia sobre la misteriosa vida de este escritor, me dieron ganas de volver a leer su famoso libro “El guardián entre el centeno”. Debo admitir que no tenía la obra en mis manos desde mis años de adolescencia. Recuerdo que por ahí por II medio mi entonces profesor de literatura nos acercó a la obra de Salinger. La percepción que el libro dejó en mí esa primera vez que lo leí fue muy distinta a la que tuve ahora. La obra sigue siendo la misma, pero creo que, felizmente, yo he cambiado bastante a través de los años.

La primera impresión que tuve a mis 16 años frente al libro fue que Caulfield, el narrador y protagonista de la obra, era un engreído y un amargado. Nadie estaba a la altura intelectual para hablar con él y nada lo satisfacía. La vida se le presentaba como una tediosa rutina que él era incapaz de cambiar. Sumergido en medio de las comodidades de las clases más acomodadas, Caulfield parecía no valorar las oportunidades que la vida, sí, la misma que él tanto despreciaba, le estaba ofreciendo.

Tal como dije, ha pasado el tiempo. Y ahora puedo ver mejor al joven Caulfield, o al menos lo miro con otros ojos. Es cierto, su familia es bastante acomodada. Sus padres le han dado la oportunidad de estudiar en los mejores colegios. Sin embargo, ese no es el tema de fondo. El protagonista va conversando con el lector. Es más, toda la obra es una gran conversación que Caulfield va teniendo con nosotros. Salvo en ocasiones en que él nos los permite, no podemos entrar en su mente. Eso es lo que admite que nos vayamos enterando de su realidad de manera paulatina.

Caulfield está desencantado de la vida y tiene razón para estarlo. Ya en las primeras páginas nos enteramos que su hermano, D.B., es un escritor frustrado que, en su desesperación, emigra a Hollywood. Aquí no sólo renuncia a su obra literaria, ya que se pone a escribir obras que se venderán con facilidad, sino que también opta por prostituirse y así tener una vida de lujo.

Aunque demora un poco más, Caulfield luego nos cuenta que su hermano, Allie, falleció de cáncer. Este hermano es quien representa la pureza del ser humano que ha muerto junto con su cuerpo. Caulfield siente que está rodeado de farsantes. La hipocresía y el cinismo son lo único constante. Incluso las amistades que entabla en los varios colegios por los que pasa son relaciones vacías que sólo se sustentan en el aprovechamiento de uno por el otro.

Gracias al gran monólogo que Caulfield tiene con el lector, sin decirlo directamente, el protagonista nos muestra que sus padres tampoco son de gran ayuda. El padre es un abogado trabajólico y aunque Caulfield siente respeto por él, también sabe que se ha vendido al sistema. El abogado no está para servir a la justicia y a los más necesitados, simplemente está para ganar las causas, hacerse famoso y recibir buenas sumas de dinero. Por otro lado, la madre es una mujer histérica que pasa sus días fumando. Aún no logra superar la muerte de su hijo y todo la espanta.

Caulfield no tiene una imagen a quien admirar. Todos los adultos están tanto o más perdidos que él. Incluso cuando se reúne con un ex profesor de literatura, éste da indicios de querer aprovecharse sexualmente de él. Cuando los pilares de confianza de un joven se derrumban, entonces ya no tiene en qué apoyarse. Ahí es cuando viene la apatía y la falta de fe. No hay nada en que creer porque todo lo que alguna vez Caulfield pudo haber tenido como cierto terminó siendo una farsa. Por eso viene su disgusto hacia el mundo. Por eso lo vemos deambular por las calles de Nueva York pensando en trivialidades como qué pasa con los patos de Central Park cuando emigran. Quizás sean esos detalles que al lector le pueden parecer absurdos los que mantienen a Caulfield vivo. Ahí, en las minucias que nadie ve, parece que está lo más importante y Caulfield se apoya en ellos para seguir luchando.

Finalmente, la única que queda es Phoebe, la pequeña hermana de Caulfield. El protagonista se da cuenta que la niña está creciendo. Sin embargo, aún mantiene rasgos de la inocencia propia de los niños y eso es lo que hace que Caulfield necesite tanto de Phoebe. En ella ve la última gota de esperanza y es gracias a ella por quien decide enfrentar la vida. Quizás el optimismo jamás será una de sus características, pero al menos vemos que Caulfield aún no se resigna a perderse ni a sí mismo ni al mundo. Las mismas quejas que alguna vez me saturaron, hoy se me aparecen como las pruebas de que el protagonista no está dispuesto a dejar que sus ideales se vayan por la borda.

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