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Posts Tagged ‘Identidad’

Un nombre

Yo que me creía tan original con mi nombre. Resulta que hay otras “yo” dando vuelta. No me molestó saber que existía otra en un continente lejano a este. Mi espanto se produjo cuando supe que existe otra yo aquí, en Chile. Y para colmo, compartimos el mismo padre. Ya se lo preguntó Julieta respecto a Romeo “¿Qué hay en un nombre?” El nombre no es sólo letras puestas juntas formando palabras. En él se esconde la sangre, la historia familiar y la identidad de una persona. Pensándolo así, mi otra yo nacional vendría a ser un reemplazo de mí. Una especie de copia mal elaborada. Porque tras mi nombre no están las raíces de mi padre, sino que las de mi madre. Sí, siempre sonrío cuando pienso que soy la IV. Casi suena a realeza. Pero no lo es y eso es lo hermoso. En la simpleza de una familia se fue propagando un nombre de la misma forma como se van transmitiendo los cuentos orales: de generación en generación. Tampoco es culpa de mi otra yo. Ella no tuvo opción, le dieron ese nombre. Nombre que carece de sentido porque no conoce sus orígenes. ¿Qué le dirán cuando pregunte por qué la han llamado así? Me cuesta creer que jamás se cuestione de dónde viene y quién es. Son preguntas intrínsecas al ser humano. Todos hemos deliberado en algún momento u otro sobre nuestra existencia.

Recuerdo la primera vez que supe el significado de mi nombre. Cuando pequeña lo odiaba. Lo exótico siempre es cuestión de burla entre los niños. Con el pasar de los años me di cuenta que no podría haberme llamado de ninguna otra forma. Ahí en mi nombre está todo lo que soy. También se me viene a la mente la imagen de mi abuelo. Sus ojos brillosos y empañados cuando me nombraba. No tenía que decirlo, yo sabía que a su mente venían las imágenes de mis antepasadas. Quizás por eso mismo me quería tanto. Veía en mí todo lo que algún día fue. De alguna forma yo seguía manteniendo vivos sus recuerdos. Y eso no me molestaba. Aunque a la mayoría de mis yo pasadas no las conocí, siempre supe que parte de mi sangre también era de ellas. En mi nombre está la trascendencia de esas mujeres que ya no viven en este mundo.

¡Qué difícil elegir un nombre! Tiene que ser algo que vaya más allá de cuan bello suene. El nombre es parte de la persona y, para los católicos, con él incluso se apela a los santos y se encomienda a la nueva criatura a dicho ser. ¿Qué habrá pensado mi padre? ¿A quién quería recordar? O, mejor aún, ¿a quién quería borrar? Sólo él lo sabrá.

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Ella

Siempre he sentido fascinación por los aeropuertos. Estar en tierra de nadie, en un “no-lugar” con personas sin identidad. Aquí todos nos perdemos, todos somos una especie de alma en pena esperando llegar a su lugar de destino. Sí, estoy en Chile, pero a la vez el país se hace lejano mientras espero el boarding que nos llevará a California. Mi marido está sentado a mi lado, absorto en la revista “Harvard Business Review”.

–       ¿No crees que hace calor? – le pregunto tratando de interrumpirlo.

–       Mhm… – responde sin sacar los ojos de la lectura.

Sí, lo amo, pero a veces simplemente se me hace excesivamente tedioso. 15 años de matrimonio, despertando todos los días con ese mismo cuerpo a mi lado. ¿Cómo me fui a meter con un gringo? Es tan rubio, tan rosado, tan grande. Sin embargo, siempre me encantó su voz, su risa abundante que llena los espacios más vacíos. Generalmente no viajamos juntos, o él se queda en Santiago o yo lo hago. Ahora se dio la coincidencia de que tanto su empresa como la mía nos tenían que enviar a Estados Unidos, por lo que hicimos coincidir los días. A Eniun le costó un poco modificar el viaje, al parecer su jefe quería que se fuera unos días antes, pero finalmente lo convencí para que insistiera. Ahora estamos los dos aquí… y yo que pensaba que su compañía haría el viaje más corto. Quizás debería concentrarme en mis presentaciones. En dos días más tengo reunión con los viñateros de California y debo negociar los precios; si el vino llega demasiado caro a Chile nadie lo comprará. Es cosa de ver los índices de consumo, aunque el vino se ha puesto de moda, sigue teniendo un consumo muy inferior a otros países viñateros como Argentina o el mismo Estados Unidos. Pero bueno, no tengo ganas de pensar ahora. Queda una hora para abordar el avión, quizás me iré a dar una vuelta. Siento un hechizo por el Duty Free.

–       Eniun, voy a dar unas vueltas por las tiendas y vuelvo.

–       Ok.

Quiero darle un beso pero la revista le ha comido el rostro. Recuerdo cuando recién comenzamos a conocernos, él vino de intercambio a la universidad y lo que comenzó como un coqueteo terminó en un matrimonio. Ha pasado mucho tiempo, pero creo que en esa época habría dejado la revista de lado y me habría acompañado. Mejor voy andando antes que se me venga el tiempo encima.

Que delicia los perfumes. Poder dar vueltas oliendo los aromas de las distintas botellas. Me recuerda al vino, cada botella tiene su propia historia que contar, sus infinitos aromas revoloteando y queriendo ser descubiertos por las narices humanas.

–       Qué buen perfume tienes en la mano. – me dice una mujer.

Me recuerda a la forma de hablar de Eniun cuando recién llegó a Chile. Con razón, si tiene toda la cara de gringa. Colorina hasta las pecas, con su pelo largo y ondulado. Su tez es tan blanca que parece hecha de leche.

–       Sí, a mí también me gusta mucho. Y ¿qué te ha parecido Chile?– le respondo con una sonrisa.

–       Mmmmm, una delicia. Amo el vino, la buena mesa, el mar, los mariscos y pescados. Simplemente divino.

No puedo evitar reír. Me hizo recordarme a mí misma hace unos años atrás. Cuando comencé trabajando en el mundo vitivinícola. Sigo amando la buena mesa, pero ahora las obligaciones se han sobrepuesto a mi amor por el buen mantel. Mis días se van entre la oficina y el gimnasio. Los años no pasan en vano, ya no puedo darme el lujo de deleitarme con la gastronomía, tengo que tratar con clientes… clientes que incluso antes de escucharme se fijan en cómo me veo.

–       Disculpa, soy Calista Gordon. – me dice sacándome de mis pensamientos.

–       Ohhh, sí, yo soy Domitila, Domitila Mirras.

–       ¿Aceptas una café? Aún me quedan dos horas de espera para abordar el avión y me vendría bien un poca de compañía.

Miro mi reloj y aún me quedan 45 minutos. Trato de ver dónde está Eniun, hacerle alguna seña con los ojos, pero sigue absorto en su revista.

–       No tengo mucho tiempo, pero vamos.

Nos sentamos en el Gatsby. Al parecer Calista tiene hambre, se pide un cheesecake y un capuchino. Yo me contento con un espresso grande. Cuando llega su pastel se me hace agua la boca. No recuerdo la última vez que saboree algo tan dulce.

–       ¿Qué te trajo a Chile? – le pregunto tratando de desviar mi mente del pastel.

–       El amor. Un hombre.

–       ¿Un hombre? ¿Estás muy enamorada?

–       Ohhh, sí, sí. Han sido muchos años. Vine a este país a darle un finiquito.

–       ¿Te quieres casar?

–       No es eso lo que le pido.

–       ¿Y entonces?

–       Que deje a su esposa.

–       Ohhhh, cuánto lo siento. Y ¿qué te ha dicho?

–       Que necesita unos días para pensarlo. Según él hace muchos años que ya no ama a su mujer, entonces yo no entiendo porque sigue en su matrimonio.

–       A veces es por rutina, costumbre, miedo.

–       Sí, pero yo no puedo seguir esperando para siempre. Mi cuerpo es infértil y quiero tener un hijo. Le dije que se fuera conmigo a New York y que adoptemos a un pequeño.

No sé qué responderle. Aquí tengo a una completa extraña frente a mí y se ha abierto contándome su dolor más íntimo. Casi por reflejo, le doy la mano y le entrego una sonrisa compasiva. Tantas veces me tocó escuchar en la oficina mujeres a quienes los maridos engañaban. Siempre eran las otras las arpías, ahora me toca escuchar el otro lado de la historia.

–       Espero que decida bien. Creo que se perderá a una gran mujer si te deja ir… lo siento, pero tengo que marcharme, mi vuelo sale luego.

–       Sí, y gracias. Disculpa si te incomodé.

–       No, para nada. ¡Suerte!

No puedo esperar a llegar donde Eniun y contarle. Pobre mujer. A veces uno no sabe lo que tiene. Tantos años con mi marido, incondicionalmente a mi lado. Ahí está, aún absorto en su lectura. Le quiero contar todo, pero sus ojos parecen estar en otro lado. Lo dejo pasar, ya habrá ocasión para hablar. Cierro los ojos y apoyo mi cabeza en su hombro.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

Finalmente, nos vamos de aquí.

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Él

Siempre hace lo mismo. De alguna forma, consigue lo que quiere. Le dije que no podía viajar con ella. Pero insistió tanto, ¿qué más podía hacer? Ya no tenía más excusas, tuve que decirle que el jefe me había permitido cambiar los días. Por suerte compré esta revista, así no tengo que mirarla. Odio la espera, detesto los aeropuertos. Siento que no estoy en ningún lado. Lo único que quiero es llegar a mi destino final. Para colmo tendré que estar con ella todo el vuelo. Mi familia me dijo que no íbamos a encajar, que éramos demasiado distintos. Pero en algún momento la amé. Estuvimos juntos, compartimos, soñamos con una vida en común. ¿Dónde se fue todo eso? ¿Dónde quedó la latina chispeante que iluminaba mis días y que se deleitaba con los pequeños detalles de la vida? ¿Dónde quedó esa niña que me seducía con sus vinos mientras yo le cocinaba? No importaba qué tan cansados llegáramos del trabajo, siempre había tiempo para nosotros. Ahora sólo hay tiempo para el computador, el televisor y la comida congelada. Ni si quiera eso compartimos. Ella llega cansada del gimnasio, se mete a la ducha y directo a la cama. Y yo me quedo trabajando frente al computador con un plato de comida que bien podría ser escarcha de restos podridos.

Algo me dice del clima. ¿Será que tiene calor? No quiero hablar. Que me deje tranquilo. Ahora se para ¿dónde irá? Probablemente de compras, siempre hace lo mismo. No puede estar en un lugar sin salir con algo de ahí. Miro cómo se aleja. Aún conserva su cuerpo joven y moldeado. Su cabellera negra, aunque con rastros de las canas vanamente tapadas con tintura. Sus brazos se mueven silenciosos al compás de sus caderas. Miro sus manos mientras se menean y ya comienzan a verse las arrugas. Miro las mías y veo que van por el mismo camino. Un anillo, una argolla que se supone es el símbolo de la eternidad que vamos, o mejor, íbamos, a compartir.

Finalmente desaparece. Ha entrado al Duty Free. Tengo que decirle. No puedo seguir con esta farsa. No sé qué pasó, pero claramente lo que fue ya no está. No quise engañarla, pero jamás he sentido que ella ponga de su parte. Siempre está ida, más metida en sus negocios que en nuestro matrimonio. Años atrás le pedí que tuviéramos hijos, pero me convenció de que no lo hiciéramos. Ambos estábamos comenzando a despegar en nuestras carreras y un niño se habría puesto en nuestro camino. Ahora somos dos extraños que comparten el mismo espacio. Nada nos une, no tenemos nada en común. Nuestras escasas conversaciones se basan en frivolidades y nimiedades.

Cuando ya me había resignado a vivir con una mujer que se me hace completamente desconocida, aparece Calista. Con su cabellera salvaje y sus pecas suavemente posadas en sus mejillas me dejó sin aliento. Luego escuché su voz, su risa de fuego. Todo en ella me cautivó. Ver su pasión por los niños, saber que incluso en sus tiempos libres se dedica a escribir cuentos para los pequeños. Todo lo que me separó de Domitila me une a Calista. Ambos dejamos de creer en el matrimonio, pero aún creemos en la felicidad. Sí, debo decirle a Domitila. Calista me ha dicho que elija. Debí haberlo echo hace mucho tiempo atrás. La elección ya era clara de antes. ¿Qué estoy esperando? Acaso ¿creo que puedo salvar un matrimonio que ya no tiene pilares en los que sustentarse? Lo único bueno que he sacado de las exportaciones de salmón son los viajes a New York que me han permitido encontrarme con Calista. En medio de esa ciudad que no duerme ni conoce el descanso, en medio de la multitud de gente que vive ahí, nos topamos en uno de los tantos Starbucks. ¿Cuáles eran las probabilidades? Pero ahí estábamos. Ella, escribiendo, yo, sumergido en mis informes. El lugar estaba lleno, por lo que le pedí si podía compartir una mesa con ella. Ahí comenzó todo. El intercambio de teléfonos, de confidencialidades, de vidas.

Ahí viene de vuelta Domitila. Su presencia me revuelve el estómago y siento escalofríos. La revista, sí, mi querida aliada. Vuelvo a posar mis ojos en las letras ininteligibles. Qué extraño, se sienta en silencio y apoya su cabeza en mi hombro. Trato de sentirla, pero no la encuentro. Finalmente nos podemos parar.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

Llegando a Los Ángeles le digo todo. Quizás me convenga quedarme en Estados  Unidos con mi familia unos días… tal vez sea mejor no volver a Chile.

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La Otra

Hmmm, interesante, un lector. Ya no se encuentra mucha gente que lea en los aeropuertos y quienes sí leen generalmente están con algún best seller, una revista o un diario. Pero ¿leer a Thomas Mann mientras se espera para abordar? Eso no lo veía hace tiempo. Quizás deba hablarle, así paso más rápido mis horas y aprovecho de tocar un tema que disfruto: la literatura. Aunque su tez morena me revela que es latino, está leyendo en inglés. Mejor aún, si se me olvida alguna palabra en español se la diré en inglés.

–       Hola. – No termino de decir la palabra y ya tiene sus ojos puestos en mí.

–       ¿Sí? ¿Te puedo ayudar en algo?

–       No pude evitar notar que estás leyendo a Thomas Mann. Yo soy escritora, me llamo Calista.

Y me lanza un  “ahhh” rodeado de silencio. No sé qué más decirle. Finalmente vuelve a hablar.

–       Lo siento, no quiero ser grosero, pero…. – sin otra palabra me muestra su anillo de compromiso.

–       Oh, comprendo… – maldito cretino. Mejor me voy.

Extraña cosa. Resulta que ahora no puedo hablar con un hombre, porque inmediatamente cree que lo estoy seduciendo. ¿Estaré tan desesperada? ¿Se verá en mi cara mi dolor? No sé por qué he insistido en buscar el amor. Con la historia de mis padres tuve que haber aprendido que las relaciones no funcionan. Pero no, tuve que ir y dar vuelta las cosas, creyendo que el problema no era el amor sino que el matrimonio. Y ahora estoy aquí, en el confín del mundo, buscando al hombre que amo.

Quiero olvidarlo. Simplemente borrar este último par de años. Partir de cero. Seguir creyendo. Tal vez lo que quiero es precisamente lo que he evadido toda mi vida. Veo a esa mujer, una extraña. De cuerpo delgado, graciosa. Con su cabellera negra. Sí, ya tiene sus años, pero se mantiene en forma. Huele un perfume tras otro y con cada olor parece viajar a otros universos. Y en sus manos, esas que me muestran las arrugas que comienzan a ser irreversibles, brilla esa maldita argolla que tanto he querido evitar.

–       Qué buen perfume tienes en la mano. – le digo tratando de entablar conversación.

No pensé que esa simple oración nos llevaría a un café… y en el café mi vida al descubierto. No suelo quebrarme, ni menos aún mostrar mi intimidad a desconocidos. Pero algo en ella me ha hecho verla como mi confidente. Domitila… necesito simplemente sacarme este peso de encima. Poder hablar finalmente con alguien. Decirle cuánto tiempo llevo esperando que un hombre se decida por mí. Mostrarle mis temores, mis dudas, mis incomprensiones.

–       Según él hace muchos años que ya no ama a su mujer, entonces yo no entiendo porque sigue en su matrimonio. – le digo mientras como un insípido cheesecake.

Ella lo trata de justificar, diciéndome que a veces la rutina y la monotonía de la vida hace que las personas tengan miedo a cambiar y vivir la vida como realmente quieren. Quizás no quiera justificarlo, tal vez sólo busque entregarme una respuesta que me deje tranquila. Pero necesito creer que le interesa mi historia y que sus palabras realmente son de preocupación. Por eso le digo toda la verdad. Tengo 34 años y soy infértil. Amo a los niños, por eso dedico gran parte de mi vida a escribirles cuentos. No ando en busca del matrimonio, pero sí quiero tener una familia. Ya no puedo seguir esperando. Necesito que él se decida y que lo haga ahora.

–       Espero que decida bien. Creo que se perderá a una gran mujer si te deja ir… lo siento, pero tengo que marcharme, mi vuelo sale luego.

La miro mientras se aleja. Una extraña que ha calado más hondo que cualquier conocido. Mis ojos no pueden dejar de posarse sobre ella. Mueve sus caderas silenciosas con delicadeza. Cuesta creer que sus pies estén realmente pisando el suelo. Quiero ir tras ella, tirarme al vacío. Ya es demasiado tarde para seguir creyendo. No vine a Chile en busca de Eniun. Vine a Chile para despedirme de él. Es hora de dejarlo ir. No sé si realmente será tan infeliz en su matrimonio como él dice… o si en realidad ama con locura a su mujer y yo no soy más que una aventura pasajera. Pero esa verdad ya no es relevante. Si quiero seguir creyendo en la felicidad, entonces debo cerrarle las puertas. Llegando a New York lo llamo por teléfono y le pongo fin a esta historia.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

El vuelo de Domitila. Espero que algún día nos volvamos a encontrar.

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