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Posts Tagged ‘Children’s Literature’

Creo que ya es obvio que, a mi ignorante manera, soy fan de la cultura japonesa. En primer lugar, una parte de mi marido viene de esos confines. Para rematarla, mi hijo y el pequeño que está pronto a nacer llevan como primer nombre uno de descendencia nipona. Hay algo fascinante y a la vez inalcanzable para los occidentales en las costumbres de estos elegantes orientales. Vamos a ver si la vida me alcanza para descubrir un poco los deleites de ese mundo. Por ahora, tomo lo que tengo a mano. En eso, cuando aún no nacía Takashi (mi primogénito) con mi marido andábamos como padres chochos en busca de infinitas opciones literarias para que nuestro pequeño tuviera a su alcance desde el día cero. Fue así como nos encontramos con Satoshi Kitamura y su libro titulado “¿Yo y mi gato?”. Todo encajó desde el comienzo: autor japonés, escribiendo libros para niños y, para colmo, los dos personajes principales eran un niño y su gato (como buena fan de lo japonés, también siento una extraña fascinación por los pequeños felinos).

No contaré la historia tras el libro porque creo que es mejor que cada uno lo lea y simplemente disfrute de la astucia y belleza de la obra. Pero no puedo dejar de comentar un poco sobre los trazos de Kitamura y la originalidad de su pluma. La historia detrás de “¿Yo y mi gato?” quizás no radique en la trama en sí. La idea ya ha sido llevada al cine y por eso no nos extraña ver que los personajes se intercambian de cuerpos. Lo excepcional está en la simpleza con que Kitamura cuenta la historia y cómo con escasas palabras nos recrea el mundo del niño transformado en gato. Los dibujos, no está de más decirlo, juegan un rol preponderante. Con ellos vamos viviendo lo escrito y nos sentimos como un felino más. Las expresiones que logra dar Kitamura a sus personajes están llenas de emociones y sentimientos al punto de darle vida propia a los hermosos dibujos plasmados en el papel.

Hace poco me enteré que Kitamura fue descubierto al azar por la editorial Random House (¿cuántos de nosotros no quisiéramos tener una historia así para contar?). Al ver los dibujos de este artista sin educación formal en el tema, le pidieron que ilustrara el libro “Fernando Furioso” de Hiawyn Oram. De ahí, sólo era cosa de tiempo para que Kitamura comenzara a ganar premios y prestigio con sus ilustraciones. Hoy no sólo escribe e ilustra cuentos para niños, también trabaja para algunos diarios japoneses, haciendo señaléticas para hospitales de niños, etc. En fin, la vida del autor da para mucho. Sólo terminaré diciendo que después de radicarse durante 20 años en Londres, en 2008 decidió volver definitivamente a Japón.

Por supuesto, no puedo dejar de mencionar, algunas de sus obras publicadas en español: “¿Yo y mi gato?”, “Gato tiene sueño”, “Perro tiene sed”, “Pablo el artista”, “¿Qué le pasa a mi cabello”, “En el desván”, “Alex quiere un dinosaurio”, “Pato está sucio”, y “Ardilla tiene hambre”

Ahora bien, para quienes vivimos en Chile, ¡Satoshi Kitamura estará visitando Santiago a fines de mayo! El Fondo de Cultura Económico (FCE) y la Universidad Finis Terrae nos deleitarán trayendo a este reconocido autor infantil. Les copio el itinerario que me ha enviado el FCE:

Miércoles 25 de mayo:
19:30 hrs. Entrevista Pública
Auditorio Fundación Telefónica
Providencia 119, Primer piso, Providencia

Jueves 26 de mayo:
19:00 hrs. Conferencia en Universidad Finis Terrae
Teatro de Casa Central
Av. Pedro de Valdivia 1509, Providencia

Viernes 27 de mayo:
18:00 hrs. Firma en Librería Gonzalo Rojas (FCE)
Paseo Bulnes 152, Santiago

Sábado 28 de mayo:
12:30 hrs. Taller para niños “¿Qué le pasa a mi cabello?”
En 25ª Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil
Parque Bustamante, esquina Bilbao

18:00 hrs. Firma en Librería Contrapunto
Mall Parque Arauco, Piso Diseño, Local 577 B, Las Condes

Para más información, los invito a visitar la página Web de Satoshi Kitamura en Chile: http://www.kitamuraenchile.cl/home.html

Y para quienes quieran indagar aún más, aquí está el link para la página Web (no oficial pero que sí cuenta con el apoyo del autor) de Satoshi Kitamura: http://satoshiland.com/

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A J.T.K.B: por darme dos hermosos años de vuelos, juegos y amor.

Esta historia parte con un muchacho que llamaremos J. El joven vivía en un pueblo normal, con una familia normal y con una vida normal. Sin embargo, lo que él más amaba en la vida eran los libros. Sólo ellos lograban transportarlo a todas las realidades y mundos que él osara imaginar. J era un muchacho como cualquier otro, salvo, quizás, que había desarrollado una vida interior tan grande que no necesitaba de las personas. O al menos, eso parecía. Lo que nadie sabía, ni si quiera su padre y su madre, era que J era mucho más que un intelectual. Todo lo que había aprendido leyendo lo usaba como parte de un gran juego imaginario al que sólo él tenía acceso. Así, entre hojas de sabiduría, había aprendido a entretenerse solo y en silencio pues sus amigos jamás tuvieron la capacidad de entrar en sus mundos.

Un día que se parecía a cualquier otro día de invierno, J despertó sintiéndose extraño. La espalda le pesaba. Le costaba moverse y más aún levantarse de la cama. Sus manos intentaban tocar aquellas pesas que llevaba su cuerpo pero sus brazos no eran lo suficientemente largos. Luego de mucho batallar consigo mismo, tomó un espejo y se lo llevó al baño. Cuando vio su reflejo fue tal su asombro que todo su cuerpo se emblanqueció y se sintió mareado. ¡Tenía dos alas pegadas! ¿Habré muerto? ¿Seré un ángel? Se preguntaba J asustado. Pero ninguna de las dos opciones le hacían sentido. Cuando iba camino al baño su madre lo había saludado, por lo que muerto no podía estar. En cuanto a ser un ángel, bien sabía que un ser humano jamás puede transformarse en ángel porque son de naturaleza distinta. Además, sus alas eran demasiado pequeñas, creía imposible volar con ellas. Decidió vestirse rápidamente. Como de costumbre, no le dijo nada a sus padres y salió. Necesitaba caminar sin rumbo. Fue así como sus pies lo llevaron hasta la playa.

Era un día helado, nublado y sin sol. La luz era imperceptible y parecía ser de noche cuando en realidad aún no era medio día. Las olas azotaban con furia las rocas y la orilla de la playa. A J no le gustaba estar con mucha gente, por lo que no solía visitar el mar. Sin embargo, el clima amenazante se había encargado de transformar la playa en un refugio solitario ideal. Se sentó en la arena y trató vanamente de comprender qué le estaba sucediendo. Miró al cielo buscando alguna respuesta, pero no supo descifrar lo que le decían las nubes. Sus ojos, cansados, ya no querían ver nada. Su mente estaba agotada de tanto correr. Cerró los ojos y su mente se apagó entrando en un sueño profundo.

No pasó mucho tiempo cuando las primeras gotas de lluvia sobre su rostro lo despertaron. Aún medio dormido, sintió su cuerpo helado. A lo lejos escuchaba un llanto suave que se mezclaba con el retumbar del mar. Con esfuerzo abrió los ojos y vio, más cerca de lo que creía tener, la silueta de una muchacha con la mirada perdida en el horizonte. J se sentó a su lado y ambos se perdieron en las olas.

-¿Qué te sucede? – preguntó J después de un rato.

-Estoy atrapada. – respondió ella sin voltear la cabeza, como si estuviera hablando sola.

-Yo no te veo atrapada.

-Eso es porque no estás mirando bien. Las rejas que me apresan se hacen cada vez más insoportables. Ya no me queda mucha vida. Pronto moriré.

J no entendía. La miraba ahí, sentada frente al mar, sin ninguna amarra. Su cuerpo no se veía deteriorado. ¿Cómo podía estar muriendo?

-¿Hay algo que te pueda salvar? – se atrevió a preguntar J.

-La libertad. Liberar mi mente de toda amarra y dejarla volar.

-¿Volar?

-Sí, volar Que conozca otros mundos. Que lo inimaginable cobre realidad. Desprenderme del cuerpo y que mi alma me guie.

Volar…volar… sólo en esa palabra podía pensar J. Lo que S, la muchacha, necesitaba, él lo tenía. S le ayudó a entender que gracias a la libertad de su mente había obtenido un par de alas. Hasta ese momento no sabía qué hacer con ellas. Ahora podría ayudar a S y salvarla de la muerte que la acechaba. S, por su parte, podría ser parte de los mundos que J no había sido capaz de compartir con nadie más.

-Dame tu mano.

Ella obedeció sin decir nada.

-Ahora cierra los ojos y deja que te guie.

Lentamente se fueron elevando. S estaba volando. No necesitaba abrir los ojos para comprobarlo. Su alma se encargaba de hacérselo saber. Una a una fueron cayendo las costras de su corazón y su mente dejó de vagabundear por las calles del terror. ¡Finalmente entraba en nuevos y alegres horizontes! Abrió los ojos y lo miró.

-¿Cómo lo hiciste? – le preguntó S.

-Lo hicimos, querrás decir. Yo sólo tenía las alas. Fuiste tú la que supo qué hacer con ellas.

-¡Vámonos!

-¿Volando?

-Para siempre…

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