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Posts Tagged ‘Amor’

Para Kenzo Agustín: mi carita de luna llena.

Desde hace tres mil años y más que la  Luna y el Ocaso están perdidamente enamorados. Durante numerosas décadas intentaron opacar sus sentimientos ya que en el fondo de sus corazones sabían que, de amarse, el Tiempo siempre les impediría compartir la eternidad. De esa forma, pasaban y pasaban los años. En ese tiempo, tanto la Luna como el Ocaso experimentaron hermosas maravillas de este mundo y del de más allá. A pesar de los cambios que se manifestaban en torno a ellos, algo se mantenía constante e inquebrantable: el amor que se tenían. Cuando cumplieron mil años de amor silencioso, el Ocaso aprovechó los escasos minutos que tenía para hablar con la Luna. En pocas y sinceras palabras le dijo que la amaba y que durante mil años había tratado de sacarla de su mente, pero todo había sido en vano. La Luna, respondiendo con alegría, también confesó su amor por el Ocaso y admitió que de nada servía no estar juntos ya que jamás podría estar con nadie más. Y así, resignados a no tener más tiempo que lo que dura el Ocaso, manifestaron su amor ante Dios pidiéndole al Padre que bendijera su unión.  De esta forma, su amor quedó consagrado.

Durante dos mil años, marido y mujer se veían por algunos minutos antes de la muerte diaria del Ocaso. Luego, la Luna se quedaba sumergida en la noche llorando y transformando cada una de sus lágrimas en estrellas que iban iluminándola por doquier. Esperaba con ansias el próximo día para volver a encontrarse con su amado. El Ocaso, por su parte, entraba en un sueño profundo y recordaba a la Luna en sueños. Habían sido tantas las lágrimas de la Luna que la noche carecía de oscuridad y una estela de estrellas se desprendía del corazón de la Luna. Al ver tan bello y sincero amor, Dios decidió premiar a la Luna y al Ocaso. Cuál sería la sorpresa de ambos al ver que la Luna, que siempre había sido esbelta y alta, repentinamente comenzaba a tener una barriga. Cada día que pasaba la Luna se iba poniendo más redonda. Veinte y ocho días más tarde, la Luna besó a su esposo y esperó que éste entrara en sueño para pedirle a las estrellas que la ayudaran a parir. Ahí estaba la Luna, redonda, rebosante, blanca y brillante. Entre gritos de alegría vio nacer a su hijo, una pequeña estrella fugaz. Pequeña, redondita y ansiosa por ir a recorrer los cielos. Al otro día, cuando el Ocaso apareció, vio a su hijo nadando en los cielos. La pequeña estrella fugaz le confirmaba lo que él sabía: su corazón era y siempre sería de la Luna. Desde ese día la Luna dejó de llorar estrellas. Su hijo le recordaba a diario que el amor que sentía por el Ocaso era una bendición. Y aunque siempre dejaba que el pequeño corriera libremente, cada cierto tiempo la pequeña estrella se acurrucaba con su madre y la Luna se volvía a ver llena.

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Estuve buscando en mis libros de cocina una receta para hacerle a mi familia. Me encontré con ésta, que es de esas recetas antiguas que siempre logran sorprender creando una explosión de buenos sabores para el alma.

 

Ingredientes:

Amor: a gusto, si no hay problema, en este caso, entre más, mejor.

Oración: una buena dosis diaria.

Confesión: depende de cada individuo. Algunos lo necesitan más que otros.

Arrepentimiento y Penitencia: lo más importante aquí es fijarse que no sea de esas imitaciones que se ven bien por fuera pero están podridas por dentro.

 

Preparación:

En esta receta, el orden con que se preparan y mezclan los ingredientes depende del gusto de cada uno. Pero les daremos un cronograma tentativo.

1.     Tome el Amor y haga maravillas. Deje que realmente entre en su interior. No se limite a darlo a sus seres queridos. Salga de su círculo e irrádielo en todo aquel que lo necesite. A veces hasta su peor enemigo se puede ver beneficiado con esto. Si permite que el amor crezca y florezca como es debido los frutos serán infinitos. Sólo así accederá a la verdadera libertad y no a esa mentira camuflada de libertad pero que en realidad es libertinaje.

2.     Si ya tiene dominado el Amor, proceda a la Oración. Es de vital importancia la concentración. No se deje turbar por lo mundano. Entable una verdadera comunicación con el Padre Celestial y no tema dejarse al descubierto. Reccuerde, no hay nada que el Señor no sepa de usted.

3.     A lo anterior, agréguele la Confesión. Aquí conviene hacer una observaciónn. Lamentablemente en nuestros días éste es un bien escaso. Antaño se encontraba fácilmente en las parroquias, iglesias, etc. Ahora no es llegar y acceder a este bien. ¡Pero es irremplazable e importante! Por lo que le aconsejamos que se esfuerce por acceder a esta gracia. En algunos sectores aún existen algunas picadas que siempre tienen Confesión: ¡encuéntrelas!

4.     Para finalizar, el Arrepentimiento y la Penitencia. No se trata de auto atormentarse, pero sí de reconocerse como ser humano proclive a los errores y querer enmendar la caída por el dolor que causa el pecado en usted y en nuestro Padre. Es probable que vuelva a cometer las mismas fallas. ¿Cuál es la magia de esta receta entonces? Pues que se puede repetir una y otra vez.

Los dejamos para que degusten por su cuenta esta deliciosa mezcla. Si alguien quiere aportar algo a esta receta, no dude en dejarnos sus comentarios. ¡Bon appétit! ¡Sahtein! ¡ Itadakimasu !

 

*Imagen: serigrafía de Dorit Levi, “Feastive Feast”.

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Sólo un personaje

Con mi cabeza agachada y mi dignidad por los suelos comencé a revivir todas aquellas veces en que me habían rechazado. Las mujeres son una especie muy inusual. Cuesta comprenderlas. Cuando uno se ríe le dicen inmaduro y cuando uno está serio le dicen aburrido.

No, no, no… ¿quién puede ser tan cretino cómo par decir eso? ¿A dónde quiere llegar este tipo? ¿Busca un encuentro casual, transformarse en un Don Juan o realmente está buscando algo más noble? Digamos, ¿la felicidad? ¿El bien? ¿El amor? Hace años que lleva dando vueltas en las mismas burradas. Y yo soy aún más burra porque lo sigo escuchando. Sus palabras son zapateos en mi cabeza que no me dan tranquilidad ni en mis sueños. Anoche soñé con él. Estaba parado frente a mí con su cabeza de pánfilo. ¿Bailamos señorita invierno? Eso fue lo único que dijo el muy imbécil y yo comencé a darle pinchazos con mi lápiz mina. Sus gritos amanerados me hicieron despertar. Para alivio mio todo había sido una pesadilla.

A ver, intentémoslo una vez más. ¡Comunícate idiota! Dí de una vez aquello que tanto deseas expresar. Este baile de incertidumbre ya me tiene agotada. Me saturaron tus boludeces y tus mentiras.

Tal vez no sería tan difícil encontrar a la mujer de mi vida. Quizás seguiría cometiendo los mismos errores que me habían llevado hasta donde estaba pero tenía la esperanza de que en algún lugar estaba ella esperando por mí.

¿Te estás escuchando? ¿Qué ser con el más mínimo de racionalidad diría una estupidez de esa índole? Eres realmente increíble. Quieres encontrar el amor pero no estás dispuesto a cambiar. Si ya te conoces tus errores de memoria, pero sigues intentando la misma receta que sólo te ha llevado a la soledad. ¡Qué triste!

El sol golpeaba la nieve hasta endurecerla. Ese era mi momento para sorprenderla. Sin perderla de vista le di fuerza a mis skis para que me llevaran a ella. Ya estaba cerca cuando se me ocurrió mirar hacia delante. Encima de mis ojos se apareció la fila del andarivel. En vano traté de frentar. Hice una cortina tratando de esquivar a una pareja que se encontraba hablando pero todo intento fue en vano. El tipo, tratando de proteger a su mujer, me tiró su ski en la cabeza. Lo vi volar en mi dirección y de alguna forma sabía que era el final. Siempre pensé que cuando llegara el momento de mi muerte vería mi vida pasar frente a mis ojos y que minutos después se me aparecería el famoso túnel con la luz al final. Pero no, esas no son más fantasías. Quizás no me merecía un final clásico. Quizás mi vida siempre había sido un desencuentro entre la realidad y mi brutalidad. A lo lejos escuché las sirenas y casi como murmuros las voces de los paramédicos diciendo que no había vuelta atrás. El desangramiento de la cabeza era demasiado para que mi cuerpo pudiera resisitir. Y luego, una última imagen, el sol, quemándome el craneo abierto.

¡Finalmente! Muerto estás porque jamás debiste haber nacido. En mis sueños no tuve que haber perdido el tiempo pinchándote con mi lápiz, más bien debí haberte borrado a la primera oportunidad. Pero ahora estamos aquí. Yo leyendo tus últimas palabras y tú como una mera ilusión desangrada en la nieva. Ahora sí, vamos a lo importante.

 

*Imagen obtenida de: http://www.gamefilia.com/

 

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Te miro a través de la ventana mientras le doy espacio al humo del cigarrillo que se escapa de mi boca y se enreda en mi pelo. Veo cuan delicado eres. Quiero romper ese vidrio y tenerte en mis brazos. Perderme en tus ojos que me recuerdan incansablemente al amor de mi vida. Quiero tenerte cerca. Sentir tu cuerpo junto al mío y que nuestros latidos se fundan en uno. Quiero tomarte y calmar tu mirada ansiosa. Pero esa maldita barrera de cristal me impide acercarme. Tengo que contemplarte de lejos. Mis temores son el gran impedimento para amarte libremente. Pero ahí estás tú. Silencioso, atento, esperando con paciencia infinita que supere los miedos y acuda a tu encuentro. Decido apagar el cigarrillo a medio camino y me levanto. Me acerco un poco más al ventanal. Estás tendido en la cama y estiras ambos brazos hacia arriba. Quieres agarrar algo o a alguien. No lo sé bien. ¿Me estarás buscando a mí? Me aterra tu necesidad y sin embargo necesito sentirla. Necesito saber que dependes de mí así como yo dependo de ti. Hay un lazo inquebrantable que me hace amarte con locura. Ya no eres parte de mi cuerpo pero sigues siendo parte de mí. Siento que no hay salida. Estás aquí para quedarte y esa es mi bendición. Necesito a mi madre. Sí, es a ella a quien busco para que tomando mi mano me guíe a tu encuentro. Cierro los ojos para no seguir buscándote. Me empapo de calor. No sé de dónde viene esa sensación cuando el otoño ya asoma sus primeros rayos. Pero me dejo llevar. Sigo con los ojos cerrados y lloro sin derramar lágrimas. Finalmente la veo… más bien, la siento. Me da ese abrazo que tanto necesito. Me susurra las palabras de amor que sólo una madre es capaz de dar. Emulando a una marioneta, ella va dirigiendo mis pasos. Me aleja de la ventana y me permite entrar. Me acerca a ti. Me sonríe y me dice que le recuerda a la primera vez que me tuvo en sus brazos. Me hace abrir los ojos y toparme contigo. Sigues ahí, indefenso, moviendo tus brazos y tus piernas tratando de alcanzar un cuerpo amigo. Aunque temo quebrarte, te tomo. Doy un gran respiro y te acerco a mi cuerpo. Estoy completamente perdida en ti. Tu pequeñez tiene una grandeza indescriptible. Ahora sí salen las lágrimas. Te abrazo con fuerza, beso tu cara y vuelvo a buscarla a ella. Quiero agradecerle. Pero ya se ha ido. Ha vuelto a desaparecer. No importa, ahora te tengo a ti. Sin estar aquí ella logró traerme a tu encuentro. Y ahora que te tengo no te vuelvo a soltar. Este abrazo que nos une aquí y ahora no se puede romper ni con la distancia más grande. Eres mi aliento, mi razón de ser, mi propósito y mi fin último.

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Humo y café

Te sientas frente a mí y prendes un cigarrillo. La mesa es estrecha y con suerte cabe el cenicero. Das la primera inhalada y queda la huella de tus labios impregnada en el filtro. No alcanzas a jugar con el humo y me lo tiras directo a los ojos. No te das cuenta, o eso creo. Cruzas las piernas, miras dentro de tu cartera, sacas un espejo y lo vuelves a guardar sin abrirlo. Me observas con atención pero tus ojos se escapan cuando se topan con los míos.

–       Un cortado doble.

–       Lo mismo para mí.

Siempre he disfrutado estudiarte. Desde que nos conocimos, no recuerdo un solo día en que no te haya amado. No tenías más de 20 ó 22 años, ya no lo recuerdo bien. Estabas absorta en la contratapa de algún libro. Te pregunté si te podía ayudar a escoger algo bueno para leer. Sin mirarme me dijiste que ya sabías lo que andabas buscando. No quise que nuestra conversación terminara así. Te seguí. Mi ausencia me costó el empleo. Pero no me importó, porque logré llegar a tu casa. Entramos y me ofreciste un café. Al igual que ahora, prendiste un cigarrillo. Pero esa vez pude sentir cómo disfrutabas cada aspirada. Tus movimientos eran más pensados. La rutina ha hecho desvanecer esa lentitud. Sí, luego vendrían otras. Tú siempre supiste de ellas. Jamás te las oculté. A veces hasta te reías de mis amoríos. En el fondo, sabías que sólo tú importabas. En ti encontré la inspiración para seguir creando y para seguir viviendo. Nuestro acuerdo había andado bien. Nunca te quejaste. No era necesario decir “te amo”, ambos sabíamos lo que sentíamos por el otro. Hasta que un día te fuiste. Seguías a mi lado, pero no estabas conmigo. Te busqué incansablemente sin encontrarte. Traté de recuperarte, pero estabas demasiado lejos.

–       Bueno, ¿cuándo planeas pasar por la casa?

–       Mañana al medio día.

–       Bien, no estaré. Ya están todas tus cosas empacadas, así que no deberías tardar mucho.

–       Perfecto.

Llega el café y te lo tomas de un sorbo. Apagas el segundo cigarrillo de la jornada con la suela del zapato. Rozas tu mejilla contra la mía emulando un beso y te vas golpeando los tacos contra la vereda. Te quedo mirando esperando a ver si volteas. Pienso en repetir la historia y seguirte. Mis ojos están cansados y no puedo seguir la carrera de tus piernas.

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Ella

Siempre he sentido fascinación por los aeropuertos. Estar en tierra de nadie, en un “no-lugar” con personas sin identidad. Aquí todos nos perdemos, todos somos una especie de alma en pena esperando llegar a su lugar de destino. Sí, estoy en Chile, pero a la vez el país se hace lejano mientras espero el boarding que nos llevará a California. Mi marido está sentado a mi lado, absorto en la revista “Harvard Business Review”.

–       ¿No crees que hace calor? – le pregunto tratando de interrumpirlo.

–       Mhm… – responde sin sacar los ojos de la lectura.

Sí, lo amo, pero a veces simplemente se me hace excesivamente tedioso. 15 años de matrimonio, despertando todos los días con ese mismo cuerpo a mi lado. ¿Cómo me fui a meter con un gringo? Es tan rubio, tan rosado, tan grande. Sin embargo, siempre me encantó su voz, su risa abundante que llena los espacios más vacíos. Generalmente no viajamos juntos, o él se queda en Santiago o yo lo hago. Ahora se dio la coincidencia de que tanto su empresa como la mía nos tenían que enviar a Estados Unidos, por lo que hicimos coincidir los días. A Eniun le costó un poco modificar el viaje, al parecer su jefe quería que se fuera unos días antes, pero finalmente lo convencí para que insistiera. Ahora estamos los dos aquí… y yo que pensaba que su compañía haría el viaje más corto. Quizás debería concentrarme en mis presentaciones. En dos días más tengo reunión con los viñateros de California y debo negociar los precios; si el vino llega demasiado caro a Chile nadie lo comprará. Es cosa de ver los índices de consumo, aunque el vino se ha puesto de moda, sigue teniendo un consumo muy inferior a otros países viñateros como Argentina o el mismo Estados Unidos. Pero bueno, no tengo ganas de pensar ahora. Queda una hora para abordar el avión, quizás me iré a dar una vuelta. Siento un hechizo por el Duty Free.

–       Eniun, voy a dar unas vueltas por las tiendas y vuelvo.

–       Ok.

Quiero darle un beso pero la revista le ha comido el rostro. Recuerdo cuando recién comenzamos a conocernos, él vino de intercambio a la universidad y lo que comenzó como un coqueteo terminó en un matrimonio. Ha pasado mucho tiempo, pero creo que en esa época habría dejado la revista de lado y me habría acompañado. Mejor voy andando antes que se me venga el tiempo encima.

Que delicia los perfumes. Poder dar vueltas oliendo los aromas de las distintas botellas. Me recuerda al vino, cada botella tiene su propia historia que contar, sus infinitos aromas revoloteando y queriendo ser descubiertos por las narices humanas.

–       Qué buen perfume tienes en la mano. – me dice una mujer.

Me recuerda a la forma de hablar de Eniun cuando recién llegó a Chile. Con razón, si tiene toda la cara de gringa. Colorina hasta las pecas, con su pelo largo y ondulado. Su tez es tan blanca que parece hecha de leche.

–       Sí, a mí también me gusta mucho. Y ¿qué te ha parecido Chile?– le respondo con una sonrisa.

–       Mmmmm, una delicia. Amo el vino, la buena mesa, el mar, los mariscos y pescados. Simplemente divino.

No puedo evitar reír. Me hizo recordarme a mí misma hace unos años atrás. Cuando comencé trabajando en el mundo vitivinícola. Sigo amando la buena mesa, pero ahora las obligaciones se han sobrepuesto a mi amor por el buen mantel. Mis días se van entre la oficina y el gimnasio. Los años no pasan en vano, ya no puedo darme el lujo de deleitarme con la gastronomía, tengo que tratar con clientes… clientes que incluso antes de escucharme se fijan en cómo me veo.

–       Disculpa, soy Calista Gordon. – me dice sacándome de mis pensamientos.

–       Ohhh, sí, yo soy Domitila, Domitila Mirras.

–       ¿Aceptas una café? Aún me quedan dos horas de espera para abordar el avión y me vendría bien un poca de compañía.

Miro mi reloj y aún me quedan 45 minutos. Trato de ver dónde está Eniun, hacerle alguna seña con los ojos, pero sigue absorto en su revista.

–       No tengo mucho tiempo, pero vamos.

Nos sentamos en el Gatsby. Al parecer Calista tiene hambre, se pide un cheesecake y un capuchino. Yo me contento con un espresso grande. Cuando llega su pastel se me hace agua la boca. No recuerdo la última vez que saboree algo tan dulce.

–       ¿Qué te trajo a Chile? – le pregunto tratando de desviar mi mente del pastel.

–       El amor. Un hombre.

–       ¿Un hombre? ¿Estás muy enamorada?

–       Ohhh, sí, sí. Han sido muchos años. Vine a este país a darle un finiquito.

–       ¿Te quieres casar?

–       No es eso lo que le pido.

–       ¿Y entonces?

–       Que deje a su esposa.

–       Ohhhh, cuánto lo siento. Y ¿qué te ha dicho?

–       Que necesita unos días para pensarlo. Según él hace muchos años que ya no ama a su mujer, entonces yo no entiendo porque sigue en su matrimonio.

–       A veces es por rutina, costumbre, miedo.

–       Sí, pero yo no puedo seguir esperando para siempre. Mi cuerpo es infértil y quiero tener un hijo. Le dije que se fuera conmigo a New York y que adoptemos a un pequeño.

No sé qué responderle. Aquí tengo a una completa extraña frente a mí y se ha abierto contándome su dolor más íntimo. Casi por reflejo, le doy la mano y le entrego una sonrisa compasiva. Tantas veces me tocó escuchar en la oficina mujeres a quienes los maridos engañaban. Siempre eran las otras las arpías, ahora me toca escuchar el otro lado de la historia.

–       Espero que decida bien. Creo que se perderá a una gran mujer si te deja ir… lo siento, pero tengo que marcharme, mi vuelo sale luego.

–       Sí, y gracias. Disculpa si te incomodé.

–       No, para nada. ¡Suerte!

No puedo esperar a llegar donde Eniun y contarle. Pobre mujer. A veces uno no sabe lo que tiene. Tantos años con mi marido, incondicionalmente a mi lado. Ahí está, aún absorto en su lectura. Le quiero contar todo, pero sus ojos parecen estar en otro lado. Lo dejo pasar, ya habrá ocasión para hablar. Cierro los ojos y apoyo mi cabeza en su hombro.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

Finalmente, nos vamos de aquí.

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Él

Siempre hace lo mismo. De alguna forma, consigue lo que quiere. Le dije que no podía viajar con ella. Pero insistió tanto, ¿qué más podía hacer? Ya no tenía más excusas, tuve que decirle que el jefe me había permitido cambiar los días. Por suerte compré esta revista, así no tengo que mirarla. Odio la espera, detesto los aeropuertos. Siento que no estoy en ningún lado. Lo único que quiero es llegar a mi destino final. Para colmo tendré que estar con ella todo el vuelo. Mi familia me dijo que no íbamos a encajar, que éramos demasiado distintos. Pero en algún momento la amé. Estuvimos juntos, compartimos, soñamos con una vida en común. ¿Dónde se fue todo eso? ¿Dónde quedó la latina chispeante que iluminaba mis días y que se deleitaba con los pequeños detalles de la vida? ¿Dónde quedó esa niña que me seducía con sus vinos mientras yo le cocinaba? No importaba qué tan cansados llegáramos del trabajo, siempre había tiempo para nosotros. Ahora sólo hay tiempo para el computador, el televisor y la comida congelada. Ni si quiera eso compartimos. Ella llega cansada del gimnasio, se mete a la ducha y directo a la cama. Y yo me quedo trabajando frente al computador con un plato de comida que bien podría ser escarcha de restos podridos.

Algo me dice del clima. ¿Será que tiene calor? No quiero hablar. Que me deje tranquilo. Ahora se para ¿dónde irá? Probablemente de compras, siempre hace lo mismo. No puede estar en un lugar sin salir con algo de ahí. Miro cómo se aleja. Aún conserva su cuerpo joven y moldeado. Su cabellera negra, aunque con rastros de las canas vanamente tapadas con tintura. Sus brazos se mueven silenciosos al compás de sus caderas. Miro sus manos mientras se menean y ya comienzan a verse las arrugas. Miro las mías y veo que van por el mismo camino. Un anillo, una argolla que se supone es el símbolo de la eternidad que vamos, o mejor, íbamos, a compartir.

Finalmente desaparece. Ha entrado al Duty Free. Tengo que decirle. No puedo seguir con esta farsa. No sé qué pasó, pero claramente lo que fue ya no está. No quise engañarla, pero jamás he sentido que ella ponga de su parte. Siempre está ida, más metida en sus negocios que en nuestro matrimonio. Años atrás le pedí que tuviéramos hijos, pero me convenció de que no lo hiciéramos. Ambos estábamos comenzando a despegar en nuestras carreras y un niño se habría puesto en nuestro camino. Ahora somos dos extraños que comparten el mismo espacio. Nada nos une, no tenemos nada en común. Nuestras escasas conversaciones se basan en frivolidades y nimiedades.

Cuando ya me había resignado a vivir con una mujer que se me hace completamente desconocida, aparece Calista. Con su cabellera salvaje y sus pecas suavemente posadas en sus mejillas me dejó sin aliento. Luego escuché su voz, su risa de fuego. Todo en ella me cautivó. Ver su pasión por los niños, saber que incluso en sus tiempos libres se dedica a escribir cuentos para los pequeños. Todo lo que me separó de Domitila me une a Calista. Ambos dejamos de creer en el matrimonio, pero aún creemos en la felicidad. Sí, debo decirle a Domitila. Calista me ha dicho que elija. Debí haberlo echo hace mucho tiempo atrás. La elección ya era clara de antes. ¿Qué estoy esperando? Acaso ¿creo que puedo salvar un matrimonio que ya no tiene pilares en los que sustentarse? Lo único bueno que he sacado de las exportaciones de salmón son los viajes a New York que me han permitido encontrarme con Calista. En medio de esa ciudad que no duerme ni conoce el descanso, en medio de la multitud de gente que vive ahí, nos topamos en uno de los tantos Starbucks. ¿Cuáles eran las probabilidades? Pero ahí estábamos. Ella, escribiendo, yo, sumergido en mis informes. El lugar estaba lleno, por lo que le pedí si podía compartir una mesa con ella. Ahí comenzó todo. El intercambio de teléfonos, de confidencialidades, de vidas.

Ahí viene de vuelta Domitila. Su presencia me revuelve el estómago y siento escalofríos. La revista, sí, mi querida aliada. Vuelvo a posar mis ojos en las letras ininteligibles. Qué extraño, se sienta en silencio y apoya su cabeza en mi hombro. Trato de sentirla, pero no la encuentro. Finalmente nos podemos parar.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

Llegando a Los Ángeles le digo todo. Quizás me convenga quedarme en Estados  Unidos con mi familia unos días… tal vez sea mejor no volver a Chile.

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La Otra

Hmmm, interesante, un lector. Ya no se encuentra mucha gente que lea en los aeropuertos y quienes sí leen generalmente están con algún best seller, una revista o un diario. Pero ¿leer a Thomas Mann mientras se espera para abordar? Eso no lo veía hace tiempo. Quizás deba hablarle, así paso más rápido mis horas y aprovecho de tocar un tema que disfruto: la literatura. Aunque su tez morena me revela que es latino, está leyendo en inglés. Mejor aún, si se me olvida alguna palabra en español se la diré en inglés.

–       Hola. – No termino de decir la palabra y ya tiene sus ojos puestos en mí.

–       ¿Sí? ¿Te puedo ayudar en algo?

–       No pude evitar notar que estás leyendo a Thomas Mann. Yo soy escritora, me llamo Calista.

Y me lanza un  “ahhh” rodeado de silencio. No sé qué más decirle. Finalmente vuelve a hablar.

–       Lo siento, no quiero ser grosero, pero…. – sin otra palabra me muestra su anillo de compromiso.

–       Oh, comprendo… – maldito cretino. Mejor me voy.

Extraña cosa. Resulta que ahora no puedo hablar con un hombre, porque inmediatamente cree que lo estoy seduciendo. ¿Estaré tan desesperada? ¿Se verá en mi cara mi dolor? No sé por qué he insistido en buscar el amor. Con la historia de mis padres tuve que haber aprendido que las relaciones no funcionan. Pero no, tuve que ir y dar vuelta las cosas, creyendo que el problema no era el amor sino que el matrimonio. Y ahora estoy aquí, en el confín del mundo, buscando al hombre que amo.

Quiero olvidarlo. Simplemente borrar este último par de años. Partir de cero. Seguir creyendo. Tal vez lo que quiero es precisamente lo que he evadido toda mi vida. Veo a esa mujer, una extraña. De cuerpo delgado, graciosa. Con su cabellera negra. Sí, ya tiene sus años, pero se mantiene en forma. Huele un perfume tras otro y con cada olor parece viajar a otros universos. Y en sus manos, esas que me muestran las arrugas que comienzan a ser irreversibles, brilla esa maldita argolla que tanto he querido evitar.

–       Qué buen perfume tienes en la mano. – le digo tratando de entablar conversación.

No pensé que esa simple oración nos llevaría a un café… y en el café mi vida al descubierto. No suelo quebrarme, ni menos aún mostrar mi intimidad a desconocidos. Pero algo en ella me ha hecho verla como mi confidente. Domitila… necesito simplemente sacarme este peso de encima. Poder hablar finalmente con alguien. Decirle cuánto tiempo llevo esperando que un hombre se decida por mí. Mostrarle mis temores, mis dudas, mis incomprensiones.

–       Según él hace muchos años que ya no ama a su mujer, entonces yo no entiendo porque sigue en su matrimonio. – le digo mientras como un insípido cheesecake.

Ella lo trata de justificar, diciéndome que a veces la rutina y la monotonía de la vida hace que las personas tengan miedo a cambiar y vivir la vida como realmente quieren. Quizás no quiera justificarlo, tal vez sólo busque entregarme una respuesta que me deje tranquila. Pero necesito creer que le interesa mi historia y que sus palabras realmente son de preocupación. Por eso le digo toda la verdad. Tengo 34 años y soy infértil. Amo a los niños, por eso dedico gran parte de mi vida a escribirles cuentos. No ando en busca del matrimonio, pero sí quiero tener una familia. Ya no puedo seguir esperando. Necesito que él se decida y que lo haga ahora.

–       Espero que decida bien. Creo que se perderá a una gran mujer si te deja ir… lo siento, pero tengo que marcharme, mi vuelo sale luego.

La miro mientras se aleja. Una extraña que ha calado más hondo que cualquier conocido. Mis ojos no pueden dejar de posarse sobre ella. Mueve sus caderas silenciosas con delicadeza. Cuesta creer que sus pies estén realmente pisando el suelo. Quiero ir tras ella, tirarme al vacío. Ya es demasiado tarde para seguir creyendo. No vine a Chile en busca de Eniun. Vine a Chile para despedirme de él. Es hora de dejarlo ir. No sé si realmente será tan infeliz en su matrimonio como él dice… o si en realidad ama con locura a su mujer y yo no soy más que una aventura pasajera. Pero esa verdad ya no es relevante. Si quiero seguir creyendo en la felicidad, entonces debo cerrarle las puertas. Llegando a New York lo llamo por teléfono y le pongo fin a esta historia.

–       Los pasajeros con destino a Los Ángeles en el vuelo LAN 602, por favor prepárense para abordar.

El vuelo de Domitila. Espero que algún día nos volvamos a encontrar.

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