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Me ha entrado la curiosidad por conocer la vida de Roberto Bolaño. Quizás encontrar alguna biografía digna de ser leída para conocer un poco más de la vida de este grande latinoamericano. Digo latinoamericano y no chileno, porque, como algunos ya sabrán, me cuesta imaginarme a Bolaño siendo chileno. Más bien se me aparece como de habla hispana. Creo que hasta Sudamérica me quedó estrecho para este autor. En todo caso, mi impresión no es de extrañar si consideramos todo lo que viajó este hombre en vida.

Recién he terminado de leer la selección de cuentos y ensayos “El gaucho insufrible”. Antes de ponerme a escribir quise indagar un poco sobre el libro. Para mi sorpresa, éste fue el último libro que Bolaño mandó a publicar en vida. Poco tiempo después se internaría en una clínica en Barcelona en donde fallecería. Eso me hizo pensar en la muerte, tan constante en la obra de Bolaño. ¿Cómo será tener la muerte tan cerca que uno es capaz de saborearla? Me ha tocado sentarme a la mesa con la muerte un par de veces, pero jamás era yo la que comía de su plato. Me tocó ver cómo otros se iban apagando frente a mis ojos. No fue fácil, porque eran personas queridas y no pude, aunque en mi inmadurez lo intenté, ser indiferente al adiós de otro. En los momentos más duros grité con ira y desesperación queriendo ser yo la que se iba de este mundo y no a quien tanto amaba. El que sabe que va a morir, ¿gritará de la misma forma rogando que sea otro y no él el que se va? Dicen que hay estudios que muestran que cuando una persona está cercana a la muerte se elevan los niveles de endorfina en su cuerpo. Esta hormona, muy parecida en su efecto a la morfina, trabaja como analgésico y produce un fuerte sentimiento de bienestar (también se le asocia a actividades como el ejercicio, el consumo de comidas aliñadas, el amor y el orgasmo, entre otros). ¿Será la endorfina una de las tantas ayudas que nos da Dios para irnos en paz? ¿Le habrá ayudado la endorfina a Bolaño?

La muerte es un desprenderse. Es un darse cuenta que el aquí y el ahora no tiene valor porque lo que sigue es lo verdadero y lo eterno. Para quienes no saben bien en qué creer, lo más desgarrador debe ser la incertidumbre. Pero para el que tiene la certeza de no creer en nada, entonces lo más desgarrador es transformarse en nada. ¿Qué habrá pensado Bolaño sobre la muerte? ¿Habrá considerado la inmortalidad del alma a la hora de dejar este mundo? No me atrevo a emitir juicios, lo dejo a criterio de cada uno. Pero lo que sí sorprende es ver cómo los personajes y, finalmente, el propio autor, se van acercando a la muerte. La van buscando o, quizás, más que buscando, la van adaptando a sus necesidades. Y en es baile nos vamos topando con la crudeza del ser humano, con su bestialidad, con su falta de razón y de emoción. Sin embargo, un aliento de esperanza, porque el propio Bolaño dice que lo único que ayuda combatir la enfermedad (o la muerte) son el sexo, la literatura y viajar. Sabe que al final del día igual vencerá la muerte, pero también tiene la certeza de que es necesario, a fin de cuentas, vivir la vida.

Cuando leí estos relatos recordé que alguna vez alguien me preguntó cómo terminaban mis cuentos. Junto con responderle, quise saber el por qué de la pregunta. Ahí me enteré que muchas veces el final que uno le da a sus relatos están ligados a como uno percibe la vida. ¿Qué nos quiso decir Bolaño? Nos topamos con la incertidumbre, la falta de claridad y la muerte. Sin embargo, hay un tono de resignación. Ya no se busca la batalla, simplemente se quiere dejar constancia de lo que se es. Y en ese sentido hay un hilo conductor con los últimos dos relatos que, al parecer, no son ficción. El autor quiso plasmar la realidad de sus pensamientos sin trabas. A muchos les podrá molestar lo que escribió. Para cerrar la idea, rescato un pasaje de “Los mitos de Cthulhu”: “Estoy en contra de la censura y de la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.” No hay que decir más. No quería escribir para agradar. Escribía porque la literatura era su aire, su necesidad vital. Si le quitaba sinceridad a lo que lo mantenía con vida, entonces no podía seguir viviendo.

Desde mi atrevida ignorancia, dudo que estos sean los mejores cuentos de Bolaño. En ocasiones son enredados, se nos pierden las ideas o nos quedamos con un sabor amargo por la escasez de las conclusiones. Los finales son demasiado abiertos, al punto que al lector le cuesta cerrar la idea. Ahora bien, el autor se reiría en mi cara si leyera estas palabras. Claramente Bolaño siente un hastío por la literatura vacía, simplona, apta para todos. En resumen: los famosos bestsellers. Mejor lo dejo en palabras del propio Bolaño al preguntarse por qué hay ciertos autores que venden tanto: “¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos.” Pues bien, ahí está la belleza de esta obra: en su honestidad. Es el adiós del escritor al mundo y a sus hijos. Son sus últimos pensamientos. No tendrá que responder en vida por lo que escribió y ahí está lo liberador. Me quedo con la sensación que en medio de estas páginas está presente el último aliento de Bolaño. Con eso basta y sobra.


*Imagen obtenida de la página Web “Biografías y Vidas”.

Today my husband asked my 14 month old what they were getting me for mother’s day. I’ll be honest, I don’t need anything. Just having my family is a gift that is far better than anything you could buy in a store. But I still felt an urge of proudness by the fact that here I am, happily married, with a little boy that smiles at me daily and a 32-week-old baby in uterus. Seriously, could I be any happier? Not even in my best invented fairy tales could I have imagined myself having such a fulfilling life. And yet, reality checks on me every day to wake me up and tell me this is not a fantasy. Life can actually become better than our greatest dreams.

I won’t get into the fact that unfortunately mother’s day (just like father’s day, children’s day, valentine’s day, etc.) has become a filthy commercial event in were the market massages it’s hands viciously as the money gets out of people’s pockets and enters the stores. All of the above is true. Yet, if we try to go past that nasty fact, having a day that commemorates mothers, fathers, children or love is quite noble. I love mother’s day. Always have loved it. When I was little I would eagerly expect the day to arrive because it was one of the few moments where I felt like I could make my mother feel special and loved in every possible way. Sometimes I would cut her a flower of our garden, write her a letter or scribble my first intents of poetry. I know they weren’t great monetary gifts, but they were genuine and all my heart was put into making my mother feel like she was the best mother in the world and beautiful inside out. The best part? My mother understood that and even if I gave her a white piece of paper with a couple of lines written down in a sloppy handwriting, I was giving her the most valuable gift a mother could ever get. That was all I needed. That was all she needed.

Now I think of all the precious things that make me the mother I am. I love the fact that I don’t need an alarm clock because it’s the sweet voice of my son the one that wakes me up every day. I love when I’m still not able to open my eyes and I turn in bed trying to sleep five more minutes and I feel the body of my husband lying next to me. I love going into my son’s room every morning and seeing him smile and dance in excitement as I sing him some absurd invented song. I love when I’m overwhelmed and my husband hugs me and tells me what a terrific mother I am. I love the feeling of knowing that my son can rely on his mother and his father no matter what. I love seeing my husband so happy with the family we are creating that he can picture us surrounded by children enjoying the blessing God has given us with the possibility of having kids. I love the fact that even when I’m having a terrible day I know it’s just that: a terrible day; because I have the certainty it’s something temporary. I love going to bed every night feeling my second son kicking and punching inside me. Even though sometimes I’m scared to death by the fact that soon two babies will be running around, I’m absolutely eager to meet the new boy that will join our family. For all this and much more, I’m grateful to God, to my family and to life.

To finish, you might be wondering why I’m writing all this in my blog. Well, first of all, because I’m a mother and very to proud of it. Second, because today I received the best gift my son could’ve given me. For the first time, he went to his bookshelf and, like always, started tossing all the books around. The difference was that this time he selected a Dr. Seuss book and went crawling towards me. He put it in my hand and danced and laughed by my side as I read it to him. I couldn’t have been more delighted, but he didn’t stop there. Some hours later, he repeated the same procedure and handed me another Dr. Seuss book. There it is. What greater gift could a mother like me expect? My son has proven to me that he loves books and that all those times in which I read to him doubting if he paid any attention to my words, he was actually listening to the point that he is now able to identify the two books I’ve read him more frequently. I’ll never forget that before my first son was born, I read a review about children’s books written by a mother in where she said that the greatest day was when her son handed her a book for her to read. Those words got printed in my head… and now I’m experiencing it. All I can do is thank God, my husband and sons for making me a mother. And to end it all up: Happy Mother’s Day to every single mother in the world!

*Image: Painting by Pablo Picasso, Mother and Child.

Creo que ya es obvio que, a mi ignorante manera, soy fan de la cultura japonesa. En primer lugar, una parte de mi marido viene de esos confines. Para rematarla, mi hijo y el pequeño que está pronto a nacer llevan como primer nombre uno de descendencia nipona. Hay algo fascinante y a la vez inalcanzable para los occidentales en las costumbres de estos elegantes orientales. Vamos a ver si la vida me alcanza para descubrir un poco los deleites de ese mundo. Por ahora, tomo lo que tengo a mano. En eso, cuando aún no nacía Takashi (mi primogénito) con mi marido andábamos como padres chochos en busca de infinitas opciones literarias para que nuestro pequeño tuviera a su alcance desde el día cero. Fue así como nos encontramos con Satoshi Kitamura y su libro titulado “¿Yo y mi gato?”. Todo encajó desde el comienzo: autor japonés, escribiendo libros para niños y, para colmo, los dos personajes principales eran un niño y su gato (como buena fan de lo japonés, también siento una extraña fascinación por los pequeños felinos).

No contaré la historia tras el libro porque creo que es mejor que cada uno lo lea y simplemente disfrute de la astucia y belleza de la obra. Pero no puedo dejar de comentar un poco sobre los trazos de Kitamura y la originalidad de su pluma. La historia detrás de “¿Yo y mi gato?” quizás no radique en la trama en sí. La idea ya ha sido llevada al cine y por eso no nos extraña ver que los personajes se intercambian de cuerpos. Lo excepcional está en la simpleza con que Kitamura cuenta la historia y cómo con escasas palabras nos recrea el mundo del niño transformado en gato. Los dibujos, no está de más decirlo, juegan un rol preponderante. Con ellos vamos viviendo lo escrito y nos sentimos como un felino más. Las expresiones que logra dar Kitamura a sus personajes están llenas de emociones y sentimientos al punto de darle vida propia a los hermosos dibujos plasmados en el papel.

Hace poco me enteré que Kitamura fue descubierto al azar por la editorial Random House (¿cuántos de nosotros no quisiéramos tener una historia así para contar?). Al ver los dibujos de este artista sin educación formal en el tema, le pidieron que ilustrara el libro “Fernando Furioso” de Hiawyn Oram. De ahí, sólo era cosa de tiempo para que Kitamura comenzara a ganar premios y prestigio con sus ilustraciones. Hoy no sólo escribe e ilustra cuentos para niños, también trabaja para algunos diarios japoneses, haciendo señaléticas para hospitales de niños, etc. En fin, la vida del autor da para mucho. Sólo terminaré diciendo que después de radicarse durante 20 años en Londres, en 2008 decidió volver definitivamente a Japón.

Por supuesto, no puedo dejar de mencionar, algunas de sus obras publicadas en español: “¿Yo y mi gato?”, “Gato tiene sueño”, “Perro tiene sed”, “Pablo el artista”, “¿Qué le pasa a mi cabello”, “En el desván”, “Alex quiere un dinosaurio”, “Pato está sucio”, y “Ardilla tiene hambre”

Ahora bien, para quienes vivimos en Chile, ¡Satoshi Kitamura estará visitando Santiago a fines de mayo! El Fondo de Cultura Económico (FCE) y la Universidad Finis Terrae nos deleitarán trayendo a este reconocido autor infantil. Les copio el itinerario que me ha enviado el FCE:

Miércoles 25 de mayo:
19:30 hrs. Entrevista Pública
Auditorio Fundación Telefónica
Providencia 119, Primer piso, Providencia

Jueves 26 de mayo:
19:00 hrs. Conferencia en Universidad Finis Terrae
Teatro de Casa Central
Av. Pedro de Valdivia 1509, Providencia

Viernes 27 de mayo:
18:00 hrs. Firma en Librería Gonzalo Rojas (FCE)
Paseo Bulnes 152, Santiago

Sábado 28 de mayo:
12:30 hrs. Taller para niños “¿Qué le pasa a mi cabello?”
En 25ª Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil
Parque Bustamante, esquina Bilbao

18:00 hrs. Firma en Librería Contrapunto
Mall Parque Arauco, Piso Diseño, Local 577 B, Las Condes

Para más información, los invito a visitar la página Web de Satoshi Kitamura en Chile: http://www.kitamuraenchile.cl/home.html

Y para quienes quieran indagar aún más, aquí está el link para la página Web (no oficial pero que sí cuenta con el apoyo del autor) de Satoshi Kitamura: http://satoshiland.com/



A fallecido Gonzalo Rojas (Q.E.P.D.), uno de los pocos grandes poetas que nos van quedando en Chile. El Fondo de Cultura Económico (FCE) ha enviado unas palabras y un itinerario respecto a las actividades que se realizarán en honor a este gran escritor. A continuación, la reproducción de lo recibido por el FCE:

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DESOCUPADO LECTOR
Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida

Fondo de Cultura Económica lamenta el fallecimiento del gran poeta nacional Gonzalo Rojas, quien murió hoy (25 de abril de 2011), a los 93 años, luego de sufrir un accidente cerebro-vascular el pasado 22 de febrero.

El vate, galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Premio Cervantes y el Premio Nacional de Literatura, mostró siempre un fuerte compromiso con las letras, la cultura nacional y universal, y con vivir la vida intensamente en todas sus facetas. Su producción literaria discurrió incesante durante más de siete décadas, dejando tras de sí un verso arriesgado y veraz, que nunca conoció el miedo ni el cansancio de la edad, y que mostró siempre el asombro infantil ante la palabra que nombra, quiebra y crea el mundo donde habita.

Para Fondo de Cultura Económica, la muerte del autor significa una profunda pérdida, no sólo por ser quien aportara, según Eduardo Milán, “una de las poéticas más vivaces que interactúan por nuestra planicie lírica”, sino también porque fue un gran amigo de nuestra casa editorial. Despedimos con cariño a Don Gonzalo, a quien recordaremos siempre categórico en su hablar esdrújulo, siempre galante en su ternura, siempre ávido de nuevas y viejas letras, y siempre insaciable en su afán creativo. Estamos seguros también, que nuestro cariño y nuestra actual tristeza es compartida por innumerables lectores que siguieron sus poemas verso a verso durante tantos años, y que extrañarán junto a nosotros la entereza de quien hoy pasa a ser parte del panteón de los grandes, de aquéllos que nos han dado el orgullo de ser un país de poetas.

Por todas estas razones, y por aquéllas que resulta imposible expresar en palabras (porque las palabras fueron siempre de él, y no nuestras), el Fondo de Cultura Económica rendirá un homenaje durante una semana, en la librería que lleva con honor su nombre, con una muestra de fotografías y videos, y con la voz de Gonzalo Rojas leyendo sus más grandes poemas. Esperamos que este gesto dé cuenta del lugar que tiene el poeta en nuestros corazones, y represente un lugar de encuentro para quienes sienten con pesar su fallecimiento.

Itinerario:

– El Gobierno declara dos días de duelo nacional por el fallecimiento del poeta Gonzalo Rojas.

– Hoy, lunes 25 de abril, se velarán en Santiago los restos del poeta, en el Museo Nacional de Bellas Artes desde las 18:00 hrs. hasta el día martes.

– El miércoles 27 de abril a las 10:00 de la mañana se efectuará una Ceremonia Oficial del Gobierno, encabezada por el Presidente Sebastián Piñera y el Ex Presidente Ricardo Lagos, en el mismo Museo.

– El jueves 28 de abril a las 12:00 hrs. se efectuará el Responso en la Catedral de Chillán y será sepultado en el Cementerio Municipal de la misma ciudad.

Página Web oficial del poeta: http://www.fundaciongonzalorojas.cl

Los pasos del alma

A J.T.K.B: por darme dos hermosos años de vuelos, juegos y amor.

Esta historia parte con un muchacho que llamaremos J. El joven vivía en un pueblo normal, con una familia normal y con una vida normal. Sin embargo, lo que él más amaba en la vida eran los libros. Sólo ellos lograban transportarlo a todas las realidades y mundos que él osara imaginar. J era un muchacho como cualquier otro, salvo, quizás, que había desarrollado una vida interior tan grande que no necesitaba de las personas. O al menos, eso parecía. Lo que nadie sabía, ni si quiera su padre y su madre, era que J era mucho más que un intelectual. Todo lo que había aprendido leyendo lo usaba como parte de un gran juego imaginario al que sólo él tenía acceso. Así, entre hojas de sabiduría, había aprendido a entretenerse solo y en silencio pues sus amigos jamás tuvieron la capacidad de entrar en sus mundos.

Un día que se parecía a cualquier otro día de invierno, J despertó sintiéndose extraño. La espalda le pesaba. Le costaba moverse y más aún levantarse de la cama. Sus manos intentaban tocar aquellas pesas que llevaba su cuerpo pero sus brazos no eran lo suficientemente largos. Luego de mucho batallar consigo mismo, tomó un espejo y se lo llevó al baño. Cuando vio su reflejo fue tal su asombro que todo su cuerpo se emblanqueció y se sintió mareado. ¡Tenía dos alas pegadas! ¿Habré muerto? ¿Seré un ángel? Se preguntaba J asustado. Pero ninguna de las dos opciones le hacían sentido. Cuando iba camino al baño su madre lo había saludado, por lo que muerto no podía estar. En cuanto a ser un ángel, bien sabía que un ser humano jamás puede transformarse en ángel porque son de naturaleza distinta. Además, sus alas eran demasiado pequeñas, creía imposible volar con ellas. Decidió vestirse rápidamente. Como de costumbre, no le dijo nada a sus padres y salió. Necesitaba caminar sin rumbo. Fue así como sus pies lo llevaron hasta la playa.

Era un día helado, nublado y sin sol. La luz era imperceptible y parecía ser de noche cuando en realidad aún no era medio día. Las olas azotaban con furia las rocas y la orilla de la playa. A J no le gustaba estar con mucha gente, por lo que no solía visitar el mar. Sin embargo, el clima amenazante se había encargado de transformar la playa en un refugio solitario ideal. Se sentó en la arena y trató vanamente de comprender qué le estaba sucediendo. Miró al cielo buscando alguna respuesta, pero no supo descifrar lo que le decían las nubes. Sus ojos, cansados, ya no querían ver nada. Su mente estaba agotada de tanto correr. Cerró los ojos y su mente se apagó entrando en un sueño profundo.

No pasó mucho tiempo cuando las primeras gotas de lluvia sobre su rostro lo despertaron. Aún medio dormido, sintió su cuerpo helado. A lo lejos escuchaba un llanto suave que se mezclaba con el retumbar del mar. Con esfuerzo abrió los ojos y vio, más cerca de lo que creía tener, la silueta de una muchacha con la mirada perdida en el horizonte. J se sentó a su lado y ambos se perdieron en las olas.

-¿Qué te sucede? – preguntó J después de un rato.

-Estoy atrapada. – respondió ella sin voltear la cabeza, como si estuviera hablando sola.

-Yo no te veo atrapada.

-Eso es porque no estás mirando bien. Las rejas que me apresan se hacen cada vez más insoportables. Ya no me queda mucha vida. Pronto moriré.

J no entendía. La miraba ahí, sentada frente al mar, sin ninguna amarra. Su cuerpo no se veía deteriorado. ¿Cómo podía estar muriendo?

-¿Hay algo que te pueda salvar? – se atrevió a preguntar J.

-La libertad. Liberar mi mente de toda amarra y dejarla volar.

-¿Volar?

-Sí, volar Que conozca otros mundos. Que lo inimaginable cobre realidad. Desprenderme del cuerpo y que mi alma me guie.

Volar…volar… sólo en esa palabra podía pensar J. Lo que S, la muchacha, necesitaba, él lo tenía. S le ayudó a entender que gracias a la libertad de su mente había obtenido un par de alas. Hasta ese momento no sabía qué hacer con ellas. Ahora podría ayudar a S y salvarla de la muerte que la acechaba. S, por su parte, podría ser parte de los mundos que J no había sido capaz de compartir con nadie más.

-Dame tu mano.

Ella obedeció sin decir nada.

-Ahora cierra los ojos y deja que te guie.

Lentamente se fueron elevando. S estaba volando. No necesitaba abrir los ojos para comprobarlo. Su alma se encargaba de hacérselo saber. Una a una fueron cayendo las costras de su corazón y su mente dejó de vagabundear por las calles del terror. ¡Finalmente entraba en nuevos y alegres horizontes! Abrió los ojos y lo miró.

-¿Cómo lo hiciste? – le preguntó S.

-Lo hicimos, querrás decir. Yo sólo tenía las alas. Fuiste tú la que supo qué hacer con ellas.

-¡Vámonos!

-¿Volando?

-Para siempre…

A mis hijos: fuente eterna de inspiración.

Era Óscar un pez feliz,

tenía al gato Neko como aprendiz.

Todo el día charlaban de la vida,

las alegrías, las tristezas y sus dormidas.

El tiempo se había encargado

de que Óscar olvidara su cruel y triste pasado.

Ya no quedaban recuerdos de Tobías, Nofré y Jeremías,

los peces malvados que lo hacían nadar de puntillas.

Óscar se movía libremente por el acuario

sin que nadie le exigiera lo contrario.

Lo que Óscar más disfrutaba

era ver al hombre de barba que comida siempre le daba.

Pero un día algo extraño sucedió,

pues el hombre con Manzano apareció.

“¿Qué hace ese caracol color amarillo

entrando en mi acuario y haciendo ruido como un grillo?”

A Óscar no le agradó Manzano

ya que comía como marrano.


Manzano lentamente se arrastraba,

y los desperdicios de Óscar devoraba.

No quería molestar al pez,

aún así, Óscar no quería ver su tez.

“Caracol Manzano, sal de aquí.

Este espacio es todo para mí.

Llévate tu caparazón amarilla

que no quiero verte ni en la orilla.

Contigo no puedo vivir,” Óscar declaró

y el pobre Manzano del susto tiritó.


El gato Neko bien conocía la historia del pez

y por eso le dijo que no fuera soez.

“Amigo Óscar, ¿acaso ya olvidaste a Tobías, Nofré y Jeremías?

Entonces, ¿por qué actúas tan mal con Manzano en estos días?

Óscar decidió hacerse el dormido,

pero las palabras de Neko no dejaban de hacerle ruido.

El pez comenzó a nadar

buscando sus pensamientos desenredar.

Finalmente vio su error

y su alma se llenó de horror.

Óscar entendió la noble labor del caracol,

quien le ayudaba a limpiar su estiércol.

Para colmo, Óscar a Manzano maltrató

y la vida le complicó.

“¡Manzano, Manzano! ¡No quiero hacerte daño!”

Gritaba Óscar desde un peldaño.


Ante esto Manzano salió

y tímidamente sus cachitos asomó.

“¡Qué bueno es tener un amigo!

¿Quieres recorrer el acuario conmigo?”

Manzano preguntó sonriendo,

a lo que ambos se fueron corriendo.


Neko que todo lo veía,

disfrutaba del momento con alegría.

Óscar y Manzano compartían

y ante la vida se reían.

Así, todo volvió a ser felicidad

gracias a una nueva amistad.

The first time I encountered the term “tiger mom” was a couple of weeks ago when I still had a Facebook account. One of my “Facebook friends” posted on her wall saying that she seemed to be a tiger mom because she wasn’t happy getting a 90% on one of her postgraduate evaluations. “Tiger mom” I thought to myself… and quickly went to the pantheon (a.k.a. Google) to get an answer. I was in shock. The media had done an amazing job in covering Amy Chua’s book “Battle Hymn of the Tiger Mom”. ABC, Time and New York Post among others have rated Chua’s memoirs. I started reading the reviews and could only think how was it possible for a human being to be so cruel with her own daughters and have the guts to publish it. I simply wanted to exterminate this woman.

And then, the light. Something had to be wrong with all the reviews. Just as I said before, Chua published her experience raising her daughters. She was making public her life and the life of her family. In the worst-case scenario, if Chua were the complete monster the media was telling me she was, I would have the chance to know the other side and make sure to never enter those boundaries with my own children. Eagerly, I went to my number one bookstore and purchased my e-book copy of “Battle Hymn of the Tiger Mom”.

In the first chapter Chua tries to explain the differences between American and Chinese cultures. In few words, she says that the parenting model followed in America is completely different from the one followed in Asia. In America parents try to establish a dialogue with their kids. They encourage them to take their own decisions. They want to be nurturing and supportive and, above all, never ask more of the kid than what he says he can take. The Chinese, on the other hand, believe that parents are the ones who must decide for their children since they know better. There is really no dialogue between parents and kids and only in adulthood can a son or daughter make his or her own decision. Above all, and maybe here lies one of the biggest differences, Asians are constantly demanding more and more of their kids because they believe they are capable of perfection.

So far, so good.  It is in the subsequent chapters that the nightmare begins. The media are right when they write about the horror stories that Chua made her daughters go through. Practicing their instruments non-stop. Achieving only A’s and A+’s. Never having play dates. Going on family vacations and being forced to practice their instruments even afar. Criticizing most of what they do (and yes, here we can include the famous birthday cards Chua rejected from her daughters) and only on special occasions telling her daughters how great they are. Chua also describes some of the times when she would call names to her daughters in order to make them do what she thought was best for them.  Only with the above, we can easily considered this woman a monster if we don’t take the time to fully read her story.

Many may consider Chua an abusive parent. But, here’s the thing: most abusers exceed their power over their kids in order to control them in a selfish ambition to have complete power over the little ones. What Chua tries to do is control her daughters but not for her own satisfaction but for the benefit of her kids. We even see she has to make huge sacrifices in her personal life in order to attend her daughters and ask of them all she asks. She is a Yale law teacher and has to balance time between her career, her publications, her husband, her dogs, her house and her daughters. She doesn’t have any time for herself and she doesn’t complain about it. Chua simply accepts the choice she has made of raising her daughters the Chinese way even if that means not being understood in the society she lives in and renouncing to her own commodities.

Another point to consider which I didn’t have the chance to see on the on-line reviews and criticisms is Chua’s conclusions of her parenting style. Chua finally admits that the Chinese parenting model sometimes works to perfection. Sophia, her older daughter never questioned her authority and is thankful of what her mother did. Lulu, the youngest, is the opposite. She simply decides to rebel to her mother’s expectations. Although Chua gives a fight during many years, she finally decides to back off and let Lulu take her own path (in a very American way). The author recons that this wasn’t easy for her to do and that somehow she keeps on being a Chinese mother. But at the end she understands that every child is different and that she must learn how to treat them with their differences.

Finally, a little of my own. I could never be a Chinese mother. Being no expert, something in my guts (maybe we could call it my maternal instinct) tells me that kids need to play and value the experience of learning by being fascinated by it and not by force. I want my kids to be happy not only as kids but also as adults. I want them to learn the significance of important things in life and to live according to certain values. And all this, I want them to do it because they are convinced of it and not because it’s a law they must follow. Yet, there are some things I rescue of Chua’s parenting style and that makes me question the American way of raising our kids. For example, the importance of a son or daughter to respect his or her parents. The need for parents to sometimes take the decisions for their kids because, after all, a child is a child and he won’t always have the ability to make the right decisions. Above all, I agree with Chua that being a parent requires dedication, effort, love, persistence, patience and will. Giving up on a child is not an option. Maybe Chua wasn’t the perfect mother (how many of us are?) but she dedicated 100% of herself to raise her kids according to what she considered was the best path and her memoirs are here to demonstrate it. Maybe we shouldn’t condemn Chua, at least not before reading her book.