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Archive for the ‘Reseñas y Ensayos’ Category

My kids have loved books from the moment they were able to put their hands on them. Seeing mom and dad read all day, it’s kind of understandable. Although the youngest of both (9 months old) is still in his discovering stage (basically savoring all the flavors literature can offer), my 2 year old simply loves snuggling in my arms while I read to him. He loves books so much that along with sleeping with his huge bunny, Curious George and a small little monkey he’s had since he was 1, he has to sleep with a book. Hidden behind his door I’ve heard how he goes page by page looking at the pictures of the stories he has so many times heard and only then does he rest his head to sleep.

And the bedtime ritual has, for now, two favorites: “Goodnight Moon” and “Goodnight, Goodnight Construction Site”.

I’ll start with “Goodnight Moon”. Published in 1947 by Harper & Row, this is an all time classic. All who have read the book probably remember with warmth the famous beginning: “In the great green room there was a telephone. And a red balloon. And a picture of – …” Most nights my husband and I read it to our firstborn before he goes to bed. My husband loves the end of the book: “Goodnight noises everywhere.”  It’s easy to imagine why after a hard day at work… The entire story takes place in the great green room. Margaret Wise Brown (author) and Clement Hurd (illustrations) have the ability to get us in the mood with a simple language and plain drawings. We see the little bunny saying goodnight to the world as he knows it at the same time that he tries to postpone the inevitable: going to bed. The light in the room gets dimmer. The noises all around begin to quiet. The bunny tucks in bed as the old lady whispers “hush”. And by the last page, not only my son, but also my husband and I wish we could lay our heads on our pillows and sleep.

I admit I have only read “Goodnight Moon” and “Runaway Bunny” from Wise Brown. But according to her official Website (www.margaretwisebrown.com), although she died quite young (when she was 42) she wrote over a hundred books. I guess I’ll have to check into that. It’s sad to see that someone who wrote so many children’s books came from a broken family and that she never had any child of her own.

“Goodnight, Goodnight Construction Site” (2011) arrived at our house thanks to my husband. Just like me, he loves reading. He’s a philosopher (although he never admits it, he says he’s a philosophy teacher, but the truth is, he’s my renaissance man with a philosophical mind) and he values knowledge with humbleness and greatness (one of the many reasons why I fell in love with him). So he’s always looking into books: books about philosophy, books about Catholicism, books about motherhood and parenting, books about his numerous hobbies, literature books, books about homeschooling and, of course, books for our kids. That’s how one late night he showed me in Amazon “Goodnight, Goodnight Construction Site”. I had never heard of it. But I do know my son and have come to acknowledge the fascination he has with trucks and constructions. It was perfect. We bought it with a click. When the magic little box arrived, it was a lazy Thursday. We had been walking most of the morning with my two kids. The baby was fast asleep and the oldest was eating a cheese sandwich. When the doorbell rang I knew what was coming. So I left my son waiting and answered the door. As soon as the deliveryman was gone, I looked at my son and he looked, well, not at me precisely, but at the box. He didn’t say anything. But my guess is that he knew there was something in there for him. So I opened the box and told him “oooohhhh, look what arrived!” Immediately he saw the pictures and simply had to hold the book in his perfect little hands. Laughing with excitement he stared at the pictures and pointed at all the trucks and machinery he knows so well. Gently he padded the book with his palm indicating me that it was absolutely necessary that I read the book to him. “We’ll read it before your nap”. And we did. And we both fell in love. The drawings are beautiful and the text fits perfectly in all its rhyme. The story complements the illustrations flawlessly to the point that one can feel the atmosphere and imagine how the day comes to an end, the activities stop and the trucks relax their bodies in order to sleep. Sherri Duskey Rinker, the author, wrote an essay for Amazon. In it she explains how she has been a book lover as far as she can remember. It seems that her grandmother had a great deal to do with it. And about “Goodnight, Goodnight Construction Site”, just a few words she wrote: “Inspired by my youngest son’s tireless (literally!) obsession with trucks, I wrote Goodnight, Goodnight Construction Site in stolen moments during the workday and late at night, after the boys were tucked in.” Later on, she refers to how she got to work with Tom Lichtenheld (illustrator): “And there it was: classic, timeless and tender, with just a touch of whimsy. My crane truck, a distant, younger cousin to Mike Mulligan, perhaps? My heart melted. I was won over.

So there it was: nothing like I imagined. But it was better. I’ve come to learn that some of the best things in life–like marriage and motherhood–are like that.” Nothing more to add. Sherri Duskey Rinker has said it all.

 

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Me ha entrado la curiosidad por conocer la vida de Roberto Bolaño. Quizás encontrar alguna biografía digna de ser leída para conocer un poco más de la vida de este grande latinoamericano. Digo latinoamericano y no chileno, porque, como algunos ya sabrán, me cuesta imaginarme a Bolaño siendo chileno. Más bien se me aparece como de habla hispana. Creo que hasta Sudamérica me quedó estrecho para este autor. En todo caso, mi impresión no es de extrañar si consideramos todo lo que viajó este hombre en vida.

Recién he terminado de leer la selección de cuentos y ensayos “El gaucho insufrible”. Antes de ponerme a escribir quise indagar un poco sobre el libro. Para mi sorpresa, éste fue el último libro que Bolaño mandó a publicar en vida. Poco tiempo después se internaría en una clínica en Barcelona en donde fallecería. Eso me hizo pensar en la muerte, tan constante en la obra de Bolaño. ¿Cómo será tener la muerte tan cerca que uno es capaz de saborearla? Me ha tocado sentarme a la mesa con la muerte un par de veces, pero jamás era yo la que comía de su plato. Me tocó ver cómo otros se iban apagando frente a mis ojos. No fue fácil, porque eran personas queridas y no pude, aunque en mi inmadurez lo intenté, ser indiferente al adiós de otro. En los momentos más duros grité con ira y desesperación queriendo ser yo la que se iba de este mundo y no a quien tanto amaba. El que sabe que va a morir, ¿gritará de la misma forma rogando que sea otro y no él el que se va? Dicen que hay estudios que muestran que cuando una persona está cercana a la muerte se elevan los niveles de endorfina en su cuerpo. Esta hormona, muy parecida en su efecto a la morfina, trabaja como analgésico y produce un fuerte sentimiento de bienestar (también se le asocia a actividades como el ejercicio, el consumo de comidas aliñadas, el amor y el orgasmo, entre otros). ¿Será la endorfina una de las tantas ayudas que nos da Dios para irnos en paz? ¿Le habrá ayudado la endorfina a Bolaño?

La muerte es un desprenderse. Es un darse cuenta que el aquí y el ahora no tiene valor porque lo que sigue es lo verdadero y lo eterno. Para quienes no saben bien en qué creer, lo más desgarrador debe ser la incertidumbre. Pero para el que tiene la certeza de no creer en nada, entonces lo más desgarrador es transformarse en nada. ¿Qué habrá pensado Bolaño sobre la muerte? ¿Habrá considerado la inmortalidad del alma a la hora de dejar este mundo? No me atrevo a emitir juicios, lo dejo a criterio de cada uno. Pero lo que sí sorprende es ver cómo los personajes y, finalmente, el propio autor, se van acercando a la muerte. La van buscando o, quizás, más que buscando, la van adaptando a sus necesidades. Y en es baile nos vamos topando con la crudeza del ser humano, con su bestialidad, con su falta de razón y de emoción. Sin embargo, un aliento de esperanza, porque el propio Bolaño dice que lo único que ayuda combatir la enfermedad (o la muerte) son el sexo, la literatura y viajar. Sabe que al final del día igual vencerá la muerte, pero también tiene la certeza de que es necesario, a fin de cuentas, vivir la vida.

Cuando leí estos relatos recordé que alguna vez alguien me preguntó cómo terminaban mis cuentos. Junto con responderle, quise saber el por qué de la pregunta. Ahí me enteré que muchas veces el final que uno le da a sus relatos están ligados a como uno percibe la vida. ¿Qué nos quiso decir Bolaño? Nos topamos con la incertidumbre, la falta de claridad y la muerte. Sin embargo, hay un tono de resignación. Ya no se busca la batalla, simplemente se quiere dejar constancia de lo que se es. Y en ese sentido hay un hilo conductor con los últimos dos relatos que, al parecer, no son ficción. El autor quiso plasmar la realidad de sus pensamientos sin trabas. A muchos les podrá molestar lo que escribió. Para cerrar la idea, rescato un pasaje de “Los mitos de Cthulhu”: “Estoy en contra de la censura y de la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.” No hay que decir más. No quería escribir para agradar. Escribía porque la literatura era su aire, su necesidad vital. Si le quitaba sinceridad a lo que lo mantenía con vida, entonces no podía seguir viviendo.

Desde mi atrevida ignorancia, dudo que estos sean los mejores cuentos de Bolaño. En ocasiones son enredados, se nos pierden las ideas o nos quedamos con un sabor amargo por la escasez de las conclusiones. Los finales son demasiado abiertos, al punto que al lector le cuesta cerrar la idea. Ahora bien, el autor se reiría en mi cara si leyera estas palabras. Claramente Bolaño siente un hastío por la literatura vacía, simplona, apta para todos. En resumen: los famosos bestsellers. Mejor lo dejo en palabras del propio Bolaño al preguntarse por qué hay ciertos autores que venden tanto: “¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos.” Pues bien, ahí está la belleza de esta obra: en su honestidad. Es el adiós del escritor al mundo y a sus hijos. Son sus últimos pensamientos. No tendrá que responder en vida por lo que escribió y ahí está lo liberador. Me quedo con la sensación que en medio de estas páginas está presente el último aliento de Bolaño. Con eso basta y sobra.


*Imagen obtenida de la página Web “Biografías y Vidas”.

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Creo que ya es obvio que, a mi ignorante manera, soy fan de la cultura japonesa. En primer lugar, una parte de mi marido viene de esos confines. Para rematarla, mi hijo y el pequeño que está pronto a nacer llevan como primer nombre uno de descendencia nipona. Hay algo fascinante y a la vez inalcanzable para los occidentales en las costumbres de estos elegantes orientales. Vamos a ver si la vida me alcanza para descubrir un poco los deleites de ese mundo. Por ahora, tomo lo que tengo a mano. En eso, cuando aún no nacía Takashi (mi primogénito) con mi marido andábamos como padres chochos en busca de infinitas opciones literarias para que nuestro pequeño tuviera a su alcance desde el día cero. Fue así como nos encontramos con Satoshi Kitamura y su libro titulado “¿Yo y mi gato?”. Todo encajó desde el comienzo: autor japonés, escribiendo libros para niños y, para colmo, los dos personajes principales eran un niño y su gato (como buena fan de lo japonés, también siento una extraña fascinación por los pequeños felinos).

No contaré la historia tras el libro porque creo que es mejor que cada uno lo lea y simplemente disfrute de la astucia y belleza de la obra. Pero no puedo dejar de comentar un poco sobre los trazos de Kitamura y la originalidad de su pluma. La historia detrás de “¿Yo y mi gato?” quizás no radique en la trama en sí. La idea ya ha sido llevada al cine y por eso no nos extraña ver que los personajes se intercambian de cuerpos. Lo excepcional está en la simpleza con que Kitamura cuenta la historia y cómo con escasas palabras nos recrea el mundo del niño transformado en gato. Los dibujos, no está de más decirlo, juegan un rol preponderante. Con ellos vamos viviendo lo escrito y nos sentimos como un felino más. Las expresiones que logra dar Kitamura a sus personajes están llenas de emociones y sentimientos al punto de darle vida propia a los hermosos dibujos plasmados en el papel.

Hace poco me enteré que Kitamura fue descubierto al azar por la editorial Random House (¿cuántos de nosotros no quisiéramos tener una historia así para contar?). Al ver los dibujos de este artista sin educación formal en el tema, le pidieron que ilustrara el libro “Fernando Furioso” de Hiawyn Oram. De ahí, sólo era cosa de tiempo para que Kitamura comenzara a ganar premios y prestigio con sus ilustraciones. Hoy no sólo escribe e ilustra cuentos para niños, también trabaja para algunos diarios japoneses, haciendo señaléticas para hospitales de niños, etc. En fin, la vida del autor da para mucho. Sólo terminaré diciendo que después de radicarse durante 20 años en Londres, en 2008 decidió volver definitivamente a Japón.

Por supuesto, no puedo dejar de mencionar, algunas de sus obras publicadas en español: “¿Yo y mi gato?”, “Gato tiene sueño”, “Perro tiene sed”, “Pablo el artista”, “¿Qué le pasa a mi cabello”, “En el desván”, “Alex quiere un dinosaurio”, “Pato está sucio”, y “Ardilla tiene hambre”

Ahora bien, para quienes vivimos en Chile, ¡Satoshi Kitamura estará visitando Santiago a fines de mayo! El Fondo de Cultura Económico (FCE) y la Universidad Finis Terrae nos deleitarán trayendo a este reconocido autor infantil. Les copio el itinerario que me ha enviado el FCE:

Miércoles 25 de mayo:
19:30 hrs. Entrevista Pública
Auditorio Fundación Telefónica
Providencia 119, Primer piso, Providencia

Jueves 26 de mayo:
19:00 hrs. Conferencia en Universidad Finis Terrae
Teatro de Casa Central
Av. Pedro de Valdivia 1509, Providencia

Viernes 27 de mayo:
18:00 hrs. Firma en Librería Gonzalo Rojas (FCE)
Paseo Bulnes 152, Santiago

Sábado 28 de mayo:
12:30 hrs. Taller para niños “¿Qué le pasa a mi cabello?”
En 25ª Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil
Parque Bustamante, esquina Bilbao

18:00 hrs. Firma en Librería Contrapunto
Mall Parque Arauco, Piso Diseño, Local 577 B, Las Condes

Para más información, los invito a visitar la página Web de Satoshi Kitamura en Chile: http://www.kitamuraenchile.cl/home.html

Y para quienes quieran indagar aún más, aquí está el link para la página Web (no oficial pero que sí cuenta con el apoyo del autor) de Satoshi Kitamura: http://satoshiland.com/

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The first time I encountered the term “tiger mom” was a couple of weeks ago when I still had a Facebook account. One of my “Facebook friends” posted on her wall saying that she seemed to be a tiger mom because she wasn’t happy getting a 90% on one of her postgraduate evaluations. “Tiger mom” I thought to myself… and quickly went to the pantheon (a.k.a. Google) to get an answer. I was in shock. The media had done an amazing job in covering Amy Chua’s book “Battle Hymn of the Tiger Mom”. ABC, Time and New York Post among others have rated Chua’s memoirs. I started reading the reviews and could only think how was it possible for a human being to be so cruel with her own daughters and have the guts to publish it. I simply wanted to exterminate this woman.

And then, the light. Something had to be wrong with all the reviews. Just as I said before, Chua published her experience raising her daughters. She was making public her life and the life of her family. In the worst-case scenario, if Chua were the complete monster the media was telling me she was, I would have the chance to know the other side and make sure to never enter those boundaries with my own children. Eagerly, I went to my number one bookstore and purchased my e-book copy of “Battle Hymn of the Tiger Mom”.

In the first chapter Chua tries to explain the differences between American and Chinese cultures. In few words, she says that the parenting model followed in America is completely different from the one followed in Asia. In America parents try to establish a dialogue with their kids. They encourage them to take their own decisions. They want to be nurturing and supportive and, above all, never ask more of the kid than what he says he can take. The Chinese, on the other hand, believe that parents are the ones who must decide for their children since they know better. There is really no dialogue between parents and kids and only in adulthood can a son or daughter make his or her own decision. Above all, and maybe here lies one of the biggest differences, Asians are constantly demanding more and more of their kids because they believe they are capable of perfection.

So far, so good.  It is in the subsequent chapters that the nightmare begins. The media are right when they write about the horror stories that Chua made her daughters go through. Practicing their instruments non-stop. Achieving only A’s and A+’s. Never having play dates. Going on family vacations and being forced to practice their instruments even afar. Criticizing most of what they do (and yes, here we can include the famous birthday cards Chua rejected from her daughters) and only on special occasions telling her daughters how great they are. Chua also describes some of the times when she would call names to her daughters in order to make them do what she thought was best for them.  Only with the above, we can easily considered this woman a monster if we don’t take the time to fully read her story.

Many may consider Chua an abusive parent. But, here’s the thing: most abusers exceed their power over their kids in order to control them in a selfish ambition to have complete power over the little ones. What Chua tries to do is control her daughters but not for her own satisfaction but for the benefit of her kids. We even see she has to make huge sacrifices in her personal life in order to attend her daughters and ask of them all she asks. She is a Yale law teacher and has to balance time between her career, her publications, her husband, her dogs, her house and her daughters. She doesn’t have any time for herself and she doesn’t complain about it. Chua simply accepts the choice she has made of raising her daughters the Chinese way even if that means not being understood in the society she lives in and renouncing to her own commodities.

Another point to consider which I didn’t have the chance to see on the on-line reviews and criticisms is Chua’s conclusions of her parenting style. Chua finally admits that the Chinese parenting model sometimes works to perfection. Sophia, her older daughter never questioned her authority and is thankful of what her mother did. Lulu, the youngest, is the opposite. She simply decides to rebel to her mother’s expectations. Although Chua gives a fight during many years, she finally decides to back off and let Lulu take her own path (in a very American way). The author recons that this wasn’t easy for her to do and that somehow she keeps on being a Chinese mother. But at the end she understands that every child is different and that she must learn how to treat them with their differences.

Finally, a little of my own. I could never be a Chinese mother. Being no expert, something in my guts (maybe we could call it my maternal instinct) tells me that kids need to play and value the experience of learning by being fascinated by it and not by force. I want my kids to be happy not only as kids but also as adults. I want them to learn the significance of important things in life and to live according to certain values. And all this, I want them to do it because they are convinced of it and not because it’s a law they must follow. Yet, there are some things I rescue of Chua’s parenting style and that makes me question the American way of raising our kids. For example, the importance of a son or daughter to respect his or her parents. The need for parents to sometimes take the decisions for their kids because, after all, a child is a child and he won’t always have the ability to make the right decisions. Above all, I agree with Chua that being a parent requires dedication, effort, love, persistence, patience and will. Giving up on a child is not an option. Maybe Chua wasn’t the perfect mother (how many of us are?) but she dedicated 100% of herself to raise her kids according to what she considered was the best path and her memoirs are here to demonstrate it. Maybe we shouldn’t condemn Chua, at least not before reading her book.

 

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Todo padre, o al menos todo padre medianamente aceptable, busca lo mejor para sus hijos. Algunos optan por seguir sus instintos, otros agarran consejos de familiares y amigos y los hay quienes buscan encontrar su propio centro. En ese último grupo me encuentro yo y es por eso que en el último tiempo me ha dado por comprar libros sobre enseñanza, educación y crianza. Uno de los últimos que he leído se titula “Between Parent and Child” de la Dra. Haim Ginott. No sé si estará en español, lo traté de googlear pero no lo encontré. De todas formas, decidí escribir unas palabras en torno al tema ya que me doy cuenta que, al menos en Chile, no somos muchos los que leemos y los que sí leemos carecemos de una infinidad de material que simplemente no llega a nuestro país (y cuando llega está a un precio desmesuradamente caro).

Como padre uno busca que sus hijos se desarrollen de la mejor forma posible. Esto implica que crezcan a nivel espiritual y físico. Que cada día sean más “humanos” y que miren la vida con optimismo. Los obstáculos y las dificultades siempre estarán presentes, el cómo llevamos esos terrores es lo que marca la diferencia. Más que evitarle un dolor a un hijo, lo que se busca es que éste sepa asimilarlo, afrontarlo y finalmente vivirlo. Para esto, la Dra. Ginott recalca la importancia que tiene para los padres entender y reconocer los sentimientos de los hijos. Cuando el niño siente ira, no se debe tratar de suprimir ese sentimiento. Al contrario, el padre debe lograr que el hijo se sienta comprendido. Por ejemplo, si el pequeño está enojado con su hermano porque éste le rompió un juguete, el padre no debe decirle algo de la índole “pero si eso no es para enojarse, tu hermano no lo hizo de malo”. Lo que el padre busca aquí es entablar comunicación con frases como: “me imagino que debes sentir mucha rabia con tu hermano porque ha roto algo tuyo”. Ahora bien, una cosa es reconocer que las emociones son válidas y la otra es que éstas dominen al ser humano. Por eso, la autora dice que si bien el niño debe ser libre de sentir, no así de actuar (aquí es donde entrar en juego la razón y la voluntad). Está bien que sienta rabia con su hermano, pero no por eso es válido que le pegue. Es en las acciones donde los padres deben saber poner los límites. Y es precisamente aquí donde tengo mis reparos con la Dra. Ginott. Si bien ella dice que estos límites se pueden entablar por medio del diálogo, creo que todos hemos visto que a veces un niño (o cualquier persona que no sepa controlar sus sentimientos) no escucha razón.  ¿Qué se debe hacer ahí? ¿Se sigue intentando hablar con el niño en un tono calmado o como padre se deben tomar cartas en el asunto y elevar el tono de voz? Lo dejo planteado, al menos para pensarlo.

Otro punto a destacar es el tema de la verdad. Los padres siempre les exigimos a nuestros hijos que no mientan. Sin embargo, muchas veces como adultos les mentimos a nuestros pequeños y nos refugiamos diciendo que los estamos protegiendo. En mi familia esa fue una táctica muy usada. A los niños rara vez se les decía las cosas. Sólo puedo decir que por experiencia personal, los niños igual captan lo que ocurre. Unos padres que están al borde de separarse no podrán jamás ocultárselo a sus hijos. La muerte de un ser querido no se puede tapar con sonrisas y evitando hablar del tema. Así, ocurre lo mismo con todo. Los niños perciben lo que ocurre a su alrededor y no hay máscara que sea suficientemente buena como para engatusarlos. En cuanto a qué aprendí como niña de todo eso: a mentir. Durante años fui una gran mentirosa. Al punto que, para los que conocen la vida del escritor Juan Rulfo, me autodenominaba “rulfiana”. Mi enfermedad llegó a que muchas veces no tenía necesidad de mentir pero seguía haciéndolo porque me había acostumbrado y lo encontraba más cómodo que hablar con la verdad. Claramente aprendí a la perfección lo que los adultos me enseñaron.

En el poco tiempo que llevo indagando sobre el tema de cómo relacionarse con los niños y la crianza y educación de éstos, me he dado cuenta que la cantidad de corrientes que hay dando vueltas es amplia. No todo está en un libro y puede que como padres nos sintamos más cercanos a una línea de pensamiento que a otra.  A veces incluso vamos mezclando lo que aprendemos de distintos autores con lo que la vida y nuestros propios hijos nos van enseñando. La Dra. Ginott es una psiquiatra que buscó el diálogo con los niños ya que para ella un niño se desarrolla en la medida en que es avalado y respetado por sus padres como persona. Si bien comparto con la autora en gran parte de sus argumentos, faltó información relacionadas a la obediencia y el respeto hacia los padres. Lamentablemente me he dado cuenta que palabras como “autoridad”, “respeto” y “obediencia” hoy gozan de mala reputación. No obstante, son cualidades morales que todo ser humano debe tener. Sin ir más lejos, un adulto le debe autoridad, respeto y obediencia a Dios. De la misma forma, un hijo (y aquí no hago distinción de edad aunque por sentido común todos sabemos que los matices cambian con los años), también le debe estas tres cosas a sus padres. Así como los padres debemos ser capaces de permitir que nuestros hijos vayan creciendo y que tomen decisiones acorde a su edad, también es necesario entender que entre más pequeño, más autoridad y obediencia debe tener un niño hacia sus padres ya que aún le falta desarrollar la razón y el uso de la voluntad. Sólo así alcanzará un adecuado desarrollo físico, intelectual, emocional y espiritual.

*Imagen obtenida de la página Web World Geography.

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I know. This blog started out in Spanish. Besides, I live in Chile (S. America) and, yes, my native language is Spanish. Hence, I should keep on writing in Spanish right? Well, no. I’ve given it a lot of thought. I know it can confuse the readers, but, and here’s the important thing, I’m writing because I simply love to do it. And I won’t limit myself to doing it in one language. During my school years, I received an American (and I mean with this a North American) education. That meant I had to learn to read and write in English. Time has past since my High School Senior year, and yet, sometimes I still find myself thinking in English. It’s kind of funny not knowing by hard the alphabet in Spanish, or feeling that it’s easier to count and do basic math in English. But that’s who I’ve become: a phenomenon that mixes up both cultures. I do know “Spanglish”, but more than that, I think my mind simply works both ways. Depending on the mood, the language I choose.

Most of you must know by now that I have a one-year-old son and we are happily expecting our second baby boy. Like many parents who love reading, I also want my kids to enjoy the wonders and magic of the infinite possibilities our imagination gives us when we are able to transform words into worlds. That’s why I try to read to my baby at least one story a day. At first he wouldn’t pay much attention to me. Then he started feeling interested in books: not in the way I intended him to, he simply wanted to eat them. Now a days he’s starting to stand up on his own. So he goes crawling to his shelves, stands up, and begins to slowly take one book at a time. At the end of the day, most of his books are on the floor. I let him do it. I actually enjoy seeing him in this task and I embrace the idea that he’s learning to love books in every possible way (even if that means standing on them). Finally, little by little, we are leaving the gulping phase behind and he’s actually enjoying the words and illustrations in the books.

Something I’ve noticed is that he simply loves rhymes. I wonder how many kids don’t. I remember my own elementary school years in where I would delight myself with authors like Shel Silverstein and, of course I couldn’t leave without mention, Dr. Seuss. My husband and I have made the effort of buying some of Dr. Seuss’ books in order to read to my little one. It’s been a magical experience collecting them since some were bought in the United States and delivered to Chile. But some were mysteriously found in used book stores in Concepción (south of Chile) even before my son was born.

I doubt many of you don’t know Dr. Seuss. Just in case, I mention some of his books: “The Cat in the Hat” (and “The Cat in the Hat Comes Back”), “Green Eggs and Ham” (who could forget Sam I am?), “Horton Catches the Egg” and “One Fish, Two Fish, Red Fish, Blue Fish”. The list could continue since he wrote over 40 books. But I think you get the idea. Dr. Seuss created a literary world. He illustrated his own books and gave life to fantastical places and characters we all thought were alive. And that’s the sparkle I see in my son every time I read him a Dr. Seuss book. He looks at me, at the book, back at me and while he listens, smiles and at times even laughs. That’s all I need to know. I have no idea how much he truly understands of what I’m reading, but just seeing him enjoy it is a blessing and his laughter shines inside me and makes me want to continue reading as long as he wants. Sure, there are times when his attention span is short and doesn’t last the entire story. But if for only one minute I can get him to enjoy the book, then I’m more than happy. It’s amazing how Theodor Seuss Geisel (Dr. Seuss) has the ability to captivate the attention of adults and children. My husband, coming from a German school, never encountered in his youth the writings of the author. Now he’s an academic and yet still marvels with the author’s pen. It’s in those details that you notice the grandiosity of an author. No matter what age or culture, Dr. Seuss is enjoyable by everyone. His writing is fast, funny, dynamic, alive and you simply go singing the words. His illustrations are of another planet and yet we get them, no explanation is required.

So, from this far end of the world, I invite you all to go to a bookstore and look for a book or two of Dr. Seuss. It doesn’t matter if you have kids or if you don’t. Simply grab a book, spend a couple of bucks, and enjoy the moment, the memories, the words and the unique experience of holding in your hands a literary treasure such as Dr. Seuss’ books. Meanwhile, I’ll keep on doing my homework and continue reading and re-reading this fantastic author that my son and I enjoy so much.

 

If you are interested in knowing more about Dr. Seuss or simply in “playing around”, visit his Web page: http://www.seussville.com/#/home. Random House has made a great job in recreating and online world of Dr. Seuss’ characters.

One last tip: there is a book called “Oh Baby the Places You’ll Go” which wasn’t written by Dr. Seuss but respects his style. It’s intended to be read to the unborn baby, but personally I enjoy reading it because it talks a little about most of the author’s creations.

 

The image was taken from the following Web page: http://topuspost.com/2011/03/02/dr-seuss-characters/

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Mi familia es parte imprescindible de mi vida. Mi marido, mi hijo y el nuevo integrante que se gesta hoy en mi interior son los seres más importantes y por ellos daría lo que fuera. Es por eso que también son parte esencial de mi creación y vuelvo reiteradamente a nombrarlos entre líneas ficticias y reales. Son mi chispa, el fuego que me enciende para no dejar que las palabras se escapen.

Mi marido es filósofo. Él prefiere que diga que es profesor de filosofía, pero no me gusta hacerlo porque no se agota en eso. Sí, enseña con pasión y ama lo que hace, pero también se dedica a hacer eso que yo siempre le digo que tan poco hacen las personas: pensar. Y eso es quizás lo más difícil que puede hacer la mente humana. Muchas veces no nos damos el tiempo de sentarnos y reflexionar sobre lo verdaderamente importante y nos dejamos sucumbir por la rutina, lo material y lo inmediato. Pues bien, como él sabe que admiro tanto aquello que hace, ha tratado de diversas maneras de acercarme a su mundo. Sabe que amo la literatura pero que lo mío no es la filosofía. Salvo contadas excepciones, cuando me he sentado frente a un texto filosófico soy como una niña que se pierde en palabras ininteligibles. Pero él, noble compañero de mi vida, siempre encuentra textos para sorprenderme. En nuestra luna de miel me regaló el libro “Estudios sobre el amor” de José Ortega y Gasset (lo admito, mi nivel de ignorancia llega a tales extremos que la primera vez que me nombraron a Ortega y Gasset pensé que eran dos personas). Pero por ahora dejaré esa delicia creativa para otra ocasión.

El libro del cual quiero hablar se titula “Why is there Something Rather than Nothing? Questions from Great Philosophers” de Leszek Kolakowski. No sé si estará publicado en español, pero mi copia la trajo mi caballero andante de Londres. Lo genial de este libro es que está escrito en un lenguaje sencillo apto para todo público. El propósito de Kolakowski fue tomar aquellos que él considera grandes filósofos y tratar la gran interrogante que se hace cada uno. De ahí surgió el deseo de mi marido de otorgarme este libro: uno de los capítulos trata a Leibniz (a quien cariñosamente llamamos en nuestra casa “el pelucón”) y el gran tema sobre por qué existe algo en vez de nada. Curiosamente el capítulo se titula muy parecido al libro: “God and the World: Why is there something rather than nothing?”.

Debo ser sincera, aún no llego a Leibniz. Es más, recién me he leído el primer capítulo. Entonces, ¿cuál es mi apuro para escribir sobre lo leído? Pues bien, no pude contener el deseo de referirme un poco sobre esta adquisición que, como tantas otras, ha estado pacientemente esperándote por meses en una repisa. Quizás vuelva sobre este texto y me referiré a otro capítulo o al libro en su totalidad. Por ahora veremos al primer filósofo tratado por Kolakowski: Sócrates y su interrogante sobre por qué hacemos el mal. Este es uno de los grandes temas de la humanidad. Pensemos un poco en el cine o en la literatura: “La Guerra de las Galaxias”, “Las Crónicas de Narnia” y “El Señor de los Anillos” son claros ejemplos de la eterna lucha a la que se enfrenta el Bien y el Mal. Este dilema nos atrae tanto porque es algo intrínsicamente humano. Como sociedad vemos que siempre existe esta pugna. A nivel más individual también se nos da esta lucha. Según lo que explica Kolakowski, Sócrates decía que cada persona tiene la Verdad en su interior y a esa Verdad se puede acceder por medio de la razón. De esta forma, cuando el hombre hace el mal lo hace por ignorancia. No obstante, el mismo autor da a conocer una corriente contraria a ésta que explica que el hombre comete el mal porque se priva a sí mismo de la razón y se deja llevar por pasiones enfermizas.

Volviendo a la familia, yo digo, miremos a un niño: le roba un lápiz a un compañero. Si no supiera que está mal, no lo escondería, pero su consciencia le ha dicho a gritos que lo que hizo es errado y por eso no quiere que nadie lo descubra. El hecho es que el niño robó y lo hizo sabiendo que no es lo correcto, por lo que hacer el mal por mera ignorancia no me hace sentido. Por otro lado, siendo Católica, el tema queda aún más zanjado. El hombre se siente atraído el mal porque es un ser caído: lleva consigo la herida del pecado original. ¿Esto quiere decir que estamos destinados a pecar y ser malvados? No. Lo que sí, esto implica que nuestra vida es una eterna lucha por acercarnos al Bien y a la Verdad tratando de impedir que el mal nos lleve por caminos errados. A fin de cuentas, no estamos destinados a nada. El hombre se va forjando su propia vida por medio de sus actos. Ahí está la belleza de la libertad y como esta, cuando es bien empleada, nos lleva indudablemente al Bien.

*Imagen: extracto del cuadro original “The Death of Socrates” de Jacques-Louis David.

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