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Queridos Takashi Benito, Kenzo Agustín y Minoru Francisco:

Estamos a las puertas del día de la madre. Este será mi segundo año de celebración de dicha festividad. Veo a mi alrededor y me llegan bombardeos de avisos para celebrar a la madre: descuentos, nuevos productos, cenas familiares, etc. Sin embargo, no hay nada que refleje lo que guarda mi corazón: y es que ustedes son mi más preciado regalo. Son un milagro, una bendición, una cálida luz del cielo que incluso alumbra mis días más oscuros. Y eso no se encuentra en ninguna tienda, en ningún libro… es tan simple pero maravilloso como perderme en sus ojos, en sentirlos crecer, en ver sus rostros cuando van aprendiendo cosas nuevas, en sus llantos cuando me extrañan o necesitan, en sus sonrisas, en sus abrazos, sus besos y en la fuerza que Dios me permite ver que día a día van adquiriendo.

Cada uno de ustedes son la materialización del amor incalculable que hay entre su padre y yo y entre Dios y nosotros que nos ha permitido tenerlos como parte de nuestras vidas. Dicen por ahí que uno aprende con los golpes de la vida. Y es cierto, pero nadie nunca dice que la belleza también tiene tanto que enseñarnos. Y es que ustedes me han mostrado más de mi misma que nadie. Desde antes de nacer, me han enseñado la paciencia. Primero esperando su llegada la mundo, sintiéndolos dentro de mi cuerpo y dejándome llevar por ustedes. De alguna forma, debo desprenderme de mí para darles espacio a ustedes. Luego de nacer, nuevamente la paciencia para seguirlos amando aún cuando lloran desconsoladamente sin motivo aparente. Para acercarme con amor cuando lo único que quiero es gritar e intentar enseñarles y guiarlos. Aún me falta mucho que aprender sobre dicha virtud, pero ustedes han sido mis más grandes maestros.

El egoísmo ha sido otro obstáculo. Es que no es fácil aceptar que el verdadero amor es la entrega desinteresada hacia otro. Recuerdo cuando recién nació Takashi Benito y yo lloraba desconsoladamente por la vida que había perdido. Me costó trabajo y mucha oración darme cuenta que no había perdido nada, al contrario, había ganado un hijo. Y sí, mi vida cambiaba, pero eso no implicaba que fuera un cambio negativo. Y así, Takashi Benito me enseñó el verdadero significado del amor de una madre. Luego vendría Kenzo Agustín. Me conquistó desde que llegó al mundo. Ya en el trabajo de parto sentía que éramos uno. Y esa misma vitalidad con que llegó a mis brazos, la tiene para expresar sus descontentos. Con un solo grito de este pequeño quedo clavada al techo. Debo admitir que a ratos me molesto… pero luego lo tomo en brazos y con una sola risa entiendo la profundidad de sus emociones. Es que Kenzo me ha mostrado que los hijos no vienen en serie y que la individualidad de cada uno de ellos es lo que los hace tan mágicos. Finalmente, mi pequeño Minoru Francisco, que aún llevo en mi interior. Siendo el tercero, fue el que me mostró el verdadero valor de la vida. Porque si al principio me aterré al pensar que a tan sólo un mes de haber nacido Kenzo estaba esperando otro hijo, cuando existió la posibilidad de perderlo sentí que el mundo se me venía encima. Y me di cuenta de cuánto lo amo y de la grandeza de Dios al permitirnos tener hijos.

Podría seguir para siempre pequeños míos. Es tanto el amor que hacen brotar de mí que me quedo sin aliento. Por todo esto y más, gracias. Gracias por hacerme madre, gracias por ser parte de mi vida y gracias por quererme aún en mis días malos. Y, quizás lo más importante, gracias a Dios por darme esta hermosa familia y permitirme ser mamá en cada minuto de mi vida.

Goodnight Books

My kids have loved books from the moment they were able to put their hands on them. Seeing mom and dad read all day, it’s kind of understandable. Although the youngest of both (9 months old) is still in his discovering stage (basically savoring all the flavors literature can offer), my 2 year old simply loves snuggling in my arms while I read to him. He loves books so much that along with sleeping with his huge bunny, Curious George and a small little monkey he’s had since he was 1, he has to sleep with a book. Hidden behind his door I’ve heard how he goes page by page looking at the pictures of the stories he has so many times heard and only then does he rest his head to sleep.

And the bedtime ritual has, for now, two favorites: “Goodnight Moon” and “Goodnight, Goodnight Construction Site”.

I’ll start with “Goodnight Moon”. Published in 1947 by Harper & Row, this is an all time classic. All who have read the book probably remember with warmth the famous beginning: “In the great green room there was a telephone. And a red balloon. And a picture of – …” Most nights my husband and I read it to our firstborn before he goes to bed. My husband loves the end of the book: “Goodnight noises everywhere.”  It’s easy to imagine why after a hard day at work… The entire story takes place in the great green room. Margaret Wise Brown (author) and Clement Hurd (illustrations) have the ability to get us in the mood with a simple language and plain drawings. We see the little bunny saying goodnight to the world as he knows it at the same time that he tries to postpone the inevitable: going to bed. The light in the room gets dimmer. The noises all around begin to quiet. The bunny tucks in bed as the old lady whispers “hush”. And by the last page, not only my son, but also my husband and I wish we could lay our heads on our pillows and sleep.

I admit I have only read “Goodnight Moon” and “Runaway Bunny” from Wise Brown. But according to her official Website (www.margaretwisebrown.com), although she died quite young (when she was 42) she wrote over a hundred books. I guess I’ll have to check into that. It’s sad to see that someone who wrote so many children’s books came from a broken family and that she never had any child of her own.

“Goodnight, Goodnight Construction Site” (2011) arrived at our house thanks to my husband. Just like me, he loves reading. He’s a philosopher (although he never admits it, he says he’s a philosophy teacher, but the truth is, he’s my renaissance man with a philosophical mind) and he values knowledge with humbleness and greatness (one of the many reasons why I fell in love with him). So he’s always looking into books: books about philosophy, books about Catholicism, books about motherhood and parenting, books about his numerous hobbies, literature books, books about homeschooling and, of course, books for our kids. That’s how one late night he showed me in Amazon “Goodnight, Goodnight Construction Site”. I had never heard of it. But I do know my son and have come to acknowledge the fascination he has with trucks and constructions. It was perfect. We bought it with a click. When the magic little box arrived, it was a lazy Thursday. We had been walking most of the morning with my two kids. The baby was fast asleep and the oldest was eating a cheese sandwich. When the doorbell rang I knew what was coming. So I left my son waiting and answered the door. As soon as the deliveryman was gone, I looked at my son and he looked, well, not at me precisely, but at the box. He didn’t say anything. But my guess is that he knew there was something in there for him. So I opened the box and told him “oooohhhh, look what arrived!” Immediately he saw the pictures and simply had to hold the book in his perfect little hands. Laughing with excitement he stared at the pictures and pointed at all the trucks and machinery he knows so well. Gently he padded the book with his palm indicating me that it was absolutely necessary that I read the book to him. “We’ll read it before your nap”. And we did. And we both fell in love. The drawings are beautiful and the text fits perfectly in all its rhyme. The story complements the illustrations flawlessly to the point that one can feel the atmosphere and imagine how the day comes to an end, the activities stop and the trucks relax their bodies in order to sleep. Sherri Duskey Rinker, the author, wrote an essay for Amazon. In it she explains how she has been a book lover as far as she can remember. It seems that her grandmother had a great deal to do with it. And about “Goodnight, Goodnight Construction Site”, just a few words she wrote: “Inspired by my youngest son’s tireless (literally!) obsession with trucks, I wrote Goodnight, Goodnight Construction Site in stolen moments during the workday and late at night, after the boys were tucked in.” Later on, she refers to how she got to work with Tom Lichtenheld (illustrator): “And there it was: classic, timeless and tender, with just a touch of whimsy. My crane truck, a distant, younger cousin to Mike Mulligan, perhaps? My heart melted. I was won over.

So there it was: nothing like I imagined. But it was better. I’ve come to learn that some of the best things in life–like marriage and motherhood–are like that.” Nothing more to add. Sherri Duskey Rinker has said it all.

 

Carta a Minoru Francisco

Querido Minoru Francisco:

Hoy celebramos el nacimiento del Salvador: Jesucristo. Hoy también cumples 15 semanas de gestación. He decidido escribirte una carta y publicarla porque, contrario a lo que suelo hacer, quise hacer público mis sentimientos.

El 8 de diciembre, día en que se celebra la Asunción de la Virgen María, sangré por primera vez. Palidecí y temblé al ver la sangre brotar entre mis piernas cuando se supone que no debía ver una escena de esa índole hasta después de tu nacimiento. Volamos a urgencia mientras le rogaba a Dios que me diera la fuerza necesaria para aceptar Su voluntad. El día anterior nos habíamos hecho una ecografía exhaustiva. Tanto en aquella como en la que me hicieron en urgencia no se pudo detectar nada. Tu estabas bien y con los días todo debía volver a la normalidad. Pero Dios es sabio y tiene ojos para ver lo que la ciencia no es capaz de percibir. Trece días más tarde, el 21 de diciembre, fui a control ginecológico y todo estaba en orden.  El 22 de diciembre comencé a sangrar nuevamente. Fue ahí cuando entendí que los controles médicos no tienen mayor valor. La medicina tiene sus limitantes y cuando se trata de cosas de vida o muerte, la ciencia es bastante ciega. Finalmente me dijeron que tengo un desprendimiento en las membranas. Son 6 centímetros que fueron totalmente imperceptibles en las ecografías anteriores. Debo admitir que entré en pánico. Comencé a cuestionarme todo lo que había hecho y lo que no había hecho durante el embarazo. Reviví todos mis errores y mis posibles errores. Una y otra vez. Hasta que me permití apoyar la cabeza en los hombros de tu padre y simplemente llorar. Y ahí dejé que corriera todo: el temor, las dudas, la pena, la rabia, la incertidumbre… dejé que todo saliera.

No sé qué irá a pasar contigo hijo mío. Pero sé que me has enseñado más de la vida que mucha gente con la que he compartido durante años. Me has permitido acercarme a Dios, abrazarme a la Virgen y fortalecer mi fe. Gracias a ti hoy creo más que nunca en el milagro y en la belleza de la vida. Y si antes me creían loca por querer tener hijos, hoy me importa un carajo si me encuentran trastornada por abrirme completamente a la vida y dejar que Dios guie mi camino con mis ojos vendados. Los hijos no son sólo personas que merecen ser tratadas con respeto, amor y dignidad. Más importante aún, son regalos, milagros, bendiciones del cielo que Dios pone en nuestras manos para que los acojamos y los formemos con la esperanza de que sus almas sepan recibir y contemplar a Cristo.

Te amo pequeño mío. No te he visto y ya siento un amor inmenso por ti. Por todo lo que me has enseñado y por todo el amor que me has permitido hacer florecer en mi corazón, estaré eternamente agradecida. Dios sabrá si algún día podré mirar tus ojitos y escuchar tus primeros llantos. Mientras tanto te dejo en manos de la Virgen y de San Francisco para que cuiden y velen por ti.

Con amor,

Mamá.

La Luna y el Ocaso

Para Kenzo Agustín: mi carita de luna llena.

Desde hace tres mil años y más que la  Luna y el Ocaso están perdidamente enamorados. Durante numerosas décadas intentaron opacar sus sentimientos ya que en el fondo de sus corazones sabían que, de amarse, el Tiempo siempre les impediría compartir la eternidad. De esa forma, pasaban y pasaban los años. En ese tiempo, tanto la Luna como el Ocaso experimentaron hermosas maravillas de este mundo y del de más allá. A pesar de los cambios que se manifestaban en torno a ellos, algo se mantenía constante e inquebrantable: el amor que se tenían. Cuando cumplieron mil años de amor silencioso, el Ocaso aprovechó los escasos minutos que tenía para hablar con la Luna. En pocas y sinceras palabras le dijo que la amaba y que durante mil años había tratado de sacarla de su mente, pero todo había sido en vano. La Luna, respondiendo con alegría, también confesó su amor por el Ocaso y admitió que de nada servía no estar juntos ya que jamás podría estar con nadie más. Y así, resignados a no tener más tiempo que lo que dura el Ocaso, manifestaron su amor ante Dios pidiéndole al Padre que bendijera su unión.  De esta forma, su amor quedó consagrado.

Durante dos mil años, marido y mujer se veían por algunos minutos antes de la muerte diaria del Ocaso. Luego, la Luna se quedaba sumergida en la noche llorando y transformando cada una de sus lágrimas en estrellas que iban iluminándola por doquier. Esperaba con ansias el próximo día para volver a encontrarse con su amado. El Ocaso, por su parte, entraba en un sueño profundo y recordaba a la Luna en sueños. Habían sido tantas las lágrimas de la Luna que la noche carecía de oscuridad y una estela de estrellas se desprendía del corazón de la Luna. Al ver tan bello y sincero amor, Dios decidió premiar a la Luna y al Ocaso. Cuál sería la sorpresa de ambos al ver que la Luna, que siempre había sido esbelta y alta, repentinamente comenzaba a tener una barriga. Cada día que pasaba la Luna se iba poniendo más redonda. Veinte y ocho días más tarde, la Luna besó a su esposo y esperó que éste entrara en sueño para pedirle a las estrellas que la ayudaran a parir. Ahí estaba la Luna, redonda, rebosante, blanca y brillante. Entre gritos de alegría vio nacer a su hijo, una pequeña estrella fugaz. Pequeña, redondita y ansiosa por ir a recorrer los cielos. Al otro día, cuando el Ocaso apareció, vio a su hijo nadando en los cielos. La pequeña estrella fugaz le confirmaba lo que él sabía: su corazón era y siempre sería de la Luna. Desde ese día la Luna dejó de llorar estrellas. Su hijo le recordaba a diario que el amor que sentía por el Ocaso era una bendición. Y aunque siempre dejaba que el pequeño corriera libremente, cada cierto tiempo la pequeña estrella se acurrucaba con su madre y la Luna se volvía a ver llena.

Mi poeta

Vivo con un poeta que no lee ni escribe.

Vivo con un poeta que no habla.

Vivo con un poeta que le da vida a los objetos con sus manos,

y me muestra lo más puro de sus emociones con sus ojos.

Vivo con un poeta que remece al mundo con una lágrima.

Vivo con un poeta que en su silencio es fuente de inspiración.

Vivo con un poeta que con pequeños pasos me va mostrando cómo caminar con firmeza.

Vivo con un poeta que sin palabras se expresa mejor que los grandes retóricos.

Vivo con un poeta que no esconde sus emociones.

Vivo con un poeta que levanta sus manos al cielo cuando pide amor. Ríe cuando hay que reír y llora cuando su corazón lo dicta.

Vivo con un poeta que jamás ha escrito un poema pero que su vida es más profunda que cualquier poesía.

Vivo con un poeta que me enseña a vivir.

Estoy esperando la llegada de mi segundo hijo. No tengo neuronas para escribir pero sí ansias de leer. Aquí les dejo un poema de San Agustín, esperando que este gran santo cuide a Kenzo Agustín, el hijo quien, Dios mediante, pronto se unirá a la hermosa familia que Dios me ha dado. 

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SI ME AMAS (por San Agustín)

No llores si me amas …

Si conocieras el don de Dios

y lo que es el cielo…

Si pudieras oír el

cántico de los ángeles

y verme en medio de ellos…

Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos

los horizontes, los campos y los nuevos

senderos que atravieso…

Si por un instante pudieras contemplar como yo

la belleza ante la cual las bellezas palidecen…

¡Cómo!… ¡Tú me has visto, me has amado

en el país de las sombras

y no te resignas a verme y amarme

en el país de las inmutables realidades?

Creéme. Cuando la muerte venga

a romper las ligaduras

como ha roto las que a mí me encadenaban;

cuando llegue el día que Dios ha fijado y conoce,

y tu alma venga a este cielo

en el que te ha precedido la mía…

Ese día volverás a verme.

Sentirás que te sigo amando, que te amé,

y encontrarás mi corazón

con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis feliz.

Ya no esperando la muerte,

sino avanzando conmigo,

que te llevaré de la mano por los senderos

nuevos de luz y vida.

Enjuga tu llanto y no llores si me amas.

Hace unos días recordé que en algún momento había leído el decálogo del escritor de Ernest Hemingway. Lamentablemente no pude encontrarlo entre mis papeles, pero lo pude bajar de Internet. Se los dejo, a ver qué piensan de las palabras que nos deja este hombre que sabía que escribir requería esfuerzo, constancia, dedicación y, sobre todo, autocrítica. Lo que es yo, extrapolo estas palabras ya que me parecen un buen consejo para vivir la vida.

El Decálogo del Escritor de Ernest Hemingway:

  1. Permanece enamorado.
  2. Esfuérzate en escribir.
  3. Mézclate estrechamente con la vida.
  4. Frecuenta a escritores consagrados.
  5. No pierdas tiempo.
  6. Lee sin tregua.
  7. Escucha música y mira pintura.
  8. No intentes explicarte.
  9. Sigue el impulso de tu corazón.
  10. Calla: la palabra mata el instinto creador.

*Imagen obtenida de la página Web JFK Presidential Library and Museum.